
Si en diciembre un mix de juego sucio parlamentario y mandato judicial, sirvieron para echar al primer ministro tahilandés Thaksin Shinawatra,
las elecciones del pasado domingo refrendaron popularmente la jugada. No parece, en cualquier caso, que
vaya a frenar la
descomposición política y el aumento de la violencia. Y mucho menos la cada vez más encarnizada guerra contra los separatitas musulmanes (e islamistas) del Sur que gozan con la simpatía de los vecinos musulmanes como Malasia y que se ven reforzados por la
política de represión y torturas masivas del ejército y la policía tahilandesas en la región.
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