Viernes, 12 de Junio de 2009
Sònia, que anima el debate online del CCCB me comenta que tras mi confe del otro día, donde entre otras cosas explicaba cómo Michele Boldrin había refutado la necesidad de ese monopolio llamado propiedad intelectual.
han sido diversas las personas que en el debate se han interesado en las cuasi-rentas (y con razón, ya que si forman gran parte de las remuneraciones de este nuevo mundo, el tema tiene que interesar)
La principal pregunta que hace la gente es conocer casos de personas que “viven” de las cuasi-rentas y/o que gracias a la reputación conseguida al hacer cosas gratis, han conseguido trabajos remunerados.
Lo primero es aclarar que la crítica de la propiedad intelectual no supone que los fontaneros, ni nadie deje de vender y por tanto cobrar por su tiempo de trabajo, como decía en comentarios alguien que, por cierto, confesaba que tampoco había podido asistir.
La idea absurda es pensar que cuando se establece un monopolio sobre las creaciones artísticas, la renta generada por ese monopolio legal es un cobro por el trabajo. Cada cual podrá argumentarlo y vestirlo como quiera, pero el hecho objetivo es que es una renta monopolista y nada más. De hecho nunca nadie había negado esto en Economía.
La pregunta es si son necesarias las rentas de un monopolio que sólo existe merced a la legislación para mantener los incentivos a la creación. Y ahí es donde Boldrin hizo un aporte fundamental que es hoy ya parte del corpus de la Teoría Económica. Aporte que se resume en que no, simplemente no es necesario ese incentivo.
En su demostración son importantísimas las cuasi-rentas. Pero ¿qué son las cuasi-rentas? ¿Significan no cobrar? ¿Ofrecer necesariamente el trabajo gratis? NO.
Un ejemplo claro de cómo las cuasirentas generan incentivos y permiten incluso mantener empresas es el de los creadores de Wordpress, agrupados en la empresa Automattic. Wordpress es software libre que se distribuye además gratuitamente si te lo bajas de internet. Los autores no cobran licencias, patentes ni nada similar relacionado con la potente herramienta que crearon. Es decir, al elegir renunciar a los derechos económicos sobre su creación renunciaron a las rentas monopolistas que la ley les ofrecía. Pero ¿significa eso que trabajen gratis? No, Automattic ofrece personalizaciones, desarrollos a medida, instalaciones, servicios conexos, consultoría… y es rentable y famosa, teniendo un crecimiento constante desde su fundación.
Los ingresos que obtienen, debidos en primer lugar a que son los primeros en conocer sus propias innovaciones y ofrecerlas en el mercado son las cuasi-rentas. Cuando se elimina el monopolio legal con sus largos tiempos de explotación exclusiva, no se elimina un limitado monopolio temporal natural: el que crea algo lo conoce antes que los demás y lo explota durante un tiempo en solitario. Esas son las cuasi-rentas. Y lo que nos demuestra Boldrin es que por si mismas, bajo ciertas condiciones comunes hoy en día, las cuasi-rentas generan incentivos suficientes para la innovación.
Además, si siguiendo a Urrutia, el innovador se dedica a innovar continuamente, dejando de esperar vivir del monopolio otorgado por la patente o el derecho de autor y a una innovación sigue otra y otra y otra… como es el caso de Automattic, mantendrá una posición tal en el mercado (un reconocimiento y unas expectativas) que le permitirán acumular una ventaja creciente sobre sus competidores, dedicados en principio a explotar sus invenciones en competencia con él.
¿Es un caso atípico? No desde luego en el mundo del software libre, donde empresas tan potentes y grandes como Novell siguen ese modelo. En las Indias mismo podemos contar cómo Feed the Ivy, creadora del servicio web feevy.com produjo unos excelentes resultados ya en el primer año.
Como se dice en el mundo del software libre, libre no es necesariamente gratis. Es libre como en libertad de expresión, no como en barra libre. Y las cuasi-rentas no son necesariamente ingresos derivados del prestigio ganado al regalar, como en el modelo del mumi sino también de vender al modo convencional… pero sin cercenar el bricologe o la venta de los demás que quieran utilizar esa innovación en sus productos.
¿Ejemplos de esto último? Algunos muy muy interesantes nos los da la industria farmaceútica: el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D.
El record actual de plagio, está en los dos años, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc. Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado.
Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes. Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados.
Podríamos dar ejemplos en la música, la literatura, la creación de modelos de negocio, el porno y en cualquiera de los campos consagrados como monopolios por la legislación de propiedad intelectual. Lo importante es entencer que no se trata de implantar ningún modelo artificial o utópico, sólo de eliminar el monopolio impuesto unas leyes que se hicieron para unas condiciones que hoy no existen para unos fines para los que ya no son necesarias. En otras palabras, no se trata de dar una alternativa regulatoria en la misma lógica (como sería Creative Commons), sino de emprender aquello que el devolucionismo defiende: el desmantelamiento paulatino de un sistema que es ya contraproducente para los fines que en su día lo justificaron.
Miércoles, 3 de Junio de 2009
Perdonad la falta de posteos. No abandoné este blog. Simplemente llevo unos días harto intensos. El viernes me dió una crisis de agotamiento: fiebres, sudor y letargo hasta el domingo noche. El lunes, lo primero es lo primero: antes de nada posteos en el Ecoperiódico y El Arte de las Cosas. No olvidéis que nos vemos el domingo en Barco 37. No faltéis a la cita
Ayer, día aún más intenso: Sonia acabó su proceso de aprendizaje en e4. Empezamos el día con una pequeña asamblea y ceremonia con la que remarcar que tenemos ya una compañera más. Muy hermoso.
Pero breve, porque rapidamente salimos Nat y yo a una sesión importante de consoltoría. Lo nuevo: por una vez los consultores no éramos nosotros, sino los especialistas en internacionalización de la Comunidad de Madrid. Lo analizado: la internacionalización de las Indias. Fue fantástico. No suelen sobrar momentos para disfrutar de una mirada externa y experta sobre la propia trayectoria, hacer un buen análisis DAFO y verlo todo más claro.
Conclusiones: las Indias es el corazón de e4, sobre ellas tenemos que focalizar nuestro crecimiento y nuestra transnacionalización. El Arte tiene un largo y hermoso recorrido por delante, es divertido, es nuestro nuevo terreno de exploracion… pero no es el centro de nuestro proceso de creación de valor, sino, prácticamente, una pequeña plataforma de productos y servicios para la comunidad indiana. Abierta a todo el mundo, por supuesto, pero fundameltalmente orientada hacia nosotros. El lugar desde donde mirar, crecer y desarrollar sigue y seguirá siendo las Indias. Ese es nuestro centro. Y en ese marco las Indias, todo parece indicarlo, será, tan pronto se convierta formalmente en cooperativa en los próximos días y semanas, una de las empresas seleccionadas para disfrutar de los programas punteros de apoyo a la internacionalización. Interesante ¿verdad?
Ahora, en unos minutos, saldré para Barcelona. Esta tarde a las siete doy una conferencia en el CCCB titulada: Bricolage, significación y propiedad intelectual. Si estáis por Barcelona hoy, os espero:
Tanto desde la crítica de arte como desde la teoría económica, el desarrollo de los conceptos de postproducción y bricolaje están llevando a una crítica radical de la propiedad intelectual. Generar significado y crear valor, resultan en esta convergencia de miradas, dos dimensiones del mismo proceso social.
No es casualidad que este cruce se produzca precisamente en estos años, un cambio profundo en la estructura social de la comunicación, en la topología de las redes sociales, está alentando nuevas prácticas masivas y distribuidas que ponen en cuestión las bases mismas del mundo descentralizado donde nacieron los viejos conceptos sobre la innovación y su supuesta necesidad de protección.
Para lo que queda de semana prometo un nuevo cuentito para el catálogo literario de El Arte de las Cosas. Mientras, el de Sonia hoy seguro que os da un gran rato.
Jueves, 28 de Mayo de 2009
Lo contábamos hoy en el Arte de las Cosas: el devolucionismo también aplica en la hipercelosa, hipercompetitiva, tradicionalmente plagiaria y rapidísima industria de la moda. Al menos, desde ahora.
Miércoles, 28 de Enero de 2009
Todo el mundo parece estar preocupado por el futuro del libro… pero pocos experimentan modelos innovadores y alternativos.
Ya tenemos el resultado del primer balance de la Colección Planta 29 y estamos en números negros. Es una gran noticia. En mitad de una crisis que afecta a todos los sectores, el éxito económico, aunque modesto, convierte una exploración importante en innovación aplicable por otros.
Cuando hace poco más de un año comenzamos con la Colección Planta 29 estábamos testando muchas cosas. La principal: la primera colección del mundo de autores vivos en dominio público. Sonábamos marcianos:
- Para los distribuidores y la mayoría de los editores, que un libro se promocionara regalando su edición pdf era una locura, una manera pura y simple de perder ventas. Hoy sabemos que el número de ejemplares en papel que conseguimos vender es proporcional al número de descargas de la edición pdf. Si quieres vender más ejemplares, haz lo posible por conseguir más descargas.
- Para los partidarios del Some rights reserved, lo suyo era quedarse en non commercial. Nosotros sabíamos del coste social de Creative Commons y apostamos incluso por dar los archivos listos para imprenta a quien nos lo pidiera. Resultado: existen ediciones en papel de libros de la colección en Argentina, Brasil, República Dominicana y pronto, México… y todas ellas han contribuido a que aquí vendiésemos más. Las fronteras de la conversación están en la lengua, no poner trabas económicas a que aparezcan otras ediciones mejora los resultados del mercado local porque amplifica la conversación que genera nuestros clientes
- Para el sector editorial en general, el ensayo es mal negocio. Si es sobre temas que para ellos resultan exóticos, peor aún. Si están escritos por autores de lengua española y no por gurús anglosajones, un suicidio en tirada corta. El caso es que estamos teniendo tiradas mayores que las colecciones de ensayo de los grandes del sector… y vendiendo porcentajes mayores de ejemplares, simplemente porque entendimos que editar ensayos tiene sentido si se hace para aportar al debate social, si conectas con conversaciones y reflexiones reales que están teniendo lugar en la blogsfera, los libros se venden y el carácter local de los autores aporta a las ventas
En fin, que acertamos y podremos seguir adelante un año más, incluso con un poquito más de presupuesto para lanzar nuevos títulos en dominio público. Como direcctor de la colección debo agradecérselo en primer lugar a los socios: BBVA-Planta29, el Cobre y las Indias. Igualmente a los autores, que han apostado y aportado con generosidad y paciencia infinitas. Y sobre todo, a los lectores y en especial a los que habéis comprado ejemplares.
Gracias! De verdad, gracias! Os prometo que cada día seguiremos trabajando para que merezca la pena, para abrir nuevos debates sociales, para ser, vivir y aprender un poquito más libres…
Jueves, 8 de Enero de 2009
Hubo un tiempo en que adoraba las novelas de Alfredo Bryce. Creo que la última que me conmovió fue No me esperen en abril. Luego releí El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Me pasó como con Manhatan de Woody Allen, tras la revisión, cayó desde el altar directamente a las mazmorras reservadas para el machismo rancio con pretensiones de ingenio. Hoy le condenaron por plagio. Y lo siento Martín, pero plagiar a quince, y tan públicitados es exageradamente exagerado. ¿Pensabas que nadie se iba a dar cuenta? ¿Que lo que pasa en Perú queda en Perú? Internet llegó hace rato. Llegó para acabar con las canongías de la la mal llamada propiedad intelectual tanto como para vindicar los derechos morales. Los devolucionistas no llevamos mocasines. Resulta que tú, que tanto los criticabas, llevabas los más cínicos de todos.
Martes, 22 de Julio de 2008
En estos días estoy acompañando a Nat a las tradicionales comidas de fin de curso con nuestros clientes. No son sólo celebraciones, son una pequeña pausa en la lógica de trabajo en la que se intercambian ideas y se habla con libertad de ideas en bruto.
El otro día, estábamos con Fernando Summers, Enrique González y Manuel Castro, de BBVA. Hablábamos del libro electrónico y de las posibilidades de dispositivos como el Iliad o el pequeño Hanlin y de las dificultades de colaboración con la anquilosada industria editorial.
Visto lo visto y con la experiencia de la Colección Planta 29, para abrir y fundamentar debates, para impulsar la generación de inteligencia organizativa, la clave está en una combinación de libro electrónico y Dominio Público.
Y ahí Manuel Castro tiró una pelota genial.
Según el CIS, del 33.1% de personas que, en España, afirman leer diariamente, sólo el 33.7% lee libros y de estos sólo el 6.8% lee ensayos. Es decir, el mercado establecido, el alcance de lo que los editores ofrecen, es inferior al 1% de la población en lo que hace a ensayo y, en el mejor de los casos, ronda el 15% en la narrativa.
¿Por qué no pensar productos en la lógica del otro público, la de los que ya no juegan al juego de una industria que quedó en el siglo pasado y cuyo sueño de futuro es hacer la agonía de su actual modelo de negocio lo más larga posible? Desde luego, no faltan voces en la red en este sentido, pero la pregunta es cómo.
Y la idea de Manolo tocaba el centro: cambiar formatos, YouTubizar la lectura. En Europa se considera que una publicación no periódica es un libro si excede de 49 páginas. ¿Pero quien puede leer de un tirón 49 páginas con la vida de hoy?
Creemos repositorios en Dominio Público con formatos optimizados para libro electrónico y, digamos
23 páginas como máximo para los ensayos y 42 para los relatos. Dejemos que se organicen comunidades de lectura, creación y ensayo. Descubramos y promocionemos nuevos autores que se desarrollen ya en los nuevos formatos. Organicemos alrededor de estas comunidades debates presenciales y en la red e introduzcamos todo esto en la vida corporativa (sólo el 10.5% de los lectores lee fundamentalmente en el trabajo) para que fertilice la generación de conocimiento con nuevas ideas y valores.
Sí, serán menos que libros. Pero estaremos impulsando mucho más que la lectura.
Domingo, 23 de Diciembre de 2007
En estos días hemos podido leer cientos, tal vez miles de posts airados, en especial con la izquierda, escritos por jóvenes que se consideran paradójicamente parte de la izquierda. El post más significativo en este sentido me ha parecido el de Versvs. Versvs, un activista conocido, ligado al software libre, pide el boicot electoral a los principales partidos en marzo. Como tantos otros, se considera defraudado por una izquierda que defiende a muerte la propiedad intelectual y lo denuncia como una incoherencia inexplicable si no es por motivos espurios.
Se equivoca: la izquierda es coherente votando a favor de la LISI. Tan coherente que lo hace en vísperas de unas elecciones donde esos votos le resultarán clave. Tan coherente que no le importa perderlos. Fue la izquierda de la revolución francesa la que inventó la propiedad intelectual. Fue la II internacional la que más presión hizo para que se incluyera como derecho y hasta la tercera internacional (salvo los ultraizquierdistas de Bordiga enfrentados con Gramsci) la defendió hasta la extenuación como base material de lo que luego sería ese horror de la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura que inventó el PCE de Carrillo y que hasta hoy sigue sirviendo de subtexto en la eterna luna de miel entre la izquierda y la SGAE.
El problema es otro: las categorías tanto de la derecha y la izquierda como del nacionalismo que les da base a ambos, no son operativas ya para enfrentar los problemas propios de una sociedad de redes distribuidas. No es una novedad, hace mucho que venimos hablando de ello por esta red. En especial sobre los límites del pensamiento político actual para replantear la propiedad intelectual.
Versvs me responde a su vez que siempre habrá divisorias. Es cierto. Pero recapitulemos. Con los defraudados de la izquierda hoy que ya viven buena parte de su vida en entornos distribuidos hay un diagnóstico común:
- durante el siglo XIX y XX el eje derecha/izquierda sustituyó a otros ejes anteriores (ilustrados/escolásticos por ejemplo)
- ese eje explicaba y representaba los problemas centrales de la época de las redes descentralizadas. Intentar explicar los siglos XIX y XX en los términos del debate entre Salamanca y la Real Sociedad Económica de amigos del País, entre los últimos escolásticos y Jovellanos, hubiera sido una simple marcianada, por mucho que muchos temas abiertos por ellos siguieran pendientes en el debate derecha izquierda de los siglos posteriores
- Ese debate entre derecha e izquierda, hoy no representa ni puede categorizar los problemas nuevos, propios de una sociedad de redes distribuidas. Son útiles todavía para problemas heredados, para las cosas pendientes del mundo que se está cerrando. Cosas como la extensión de ciertos derechos civiles -que deberían haberse generalizado hace tiempo- o la igualdad de oportunidades. Y aún con problemas y con una cierta confusión de discursos y roles. Pero desde luego esa divisoria no sirve para explicar los problemas genuinos de este tiempo.
Habrá pues una nueva divisoria, un nuevo eje o nuevos ejes de explicación/representación, nos dice Versvs. Pero la cuestión es si esos ejes nuevos se podrán enmarcar en la lógica derecha-izquierda, convirtiéndose en una simple evolución, o se producirá una ruptura conceptual similar a que siguió a la revolución francesa.
Y sinceramente, yo creo que todo apunta a la necesidad de la aparición de un conjunto de categorías completamente nuevas. Izquierda y derecha se relacionan con el estado nacional de una manera en la que es casi imposible que alguna vez puedan absorver movimientos como la Devolución que serán fundamentales en el nuevo mundo.
Por eso, mi tema central de estudio durante el próximo año será jústamente el cambio que está en la base de todo esto. El salto de las naciones a las redes, de pensar desde naciones y estados a pensar desde las redes y comunidades reales. Los nuevos ejes sólo pueden pensarse desde ahí, desde donde ahora se sienten e intentan hacerse oir por una lógica de representación que tiene unas fronteras en las que símplemente no encajan.
Sábado, 17 de Noviembre de 2007
¿Por qué los economistas ya no defienden el copyright y las patentes?
El argumento convencional a favor de la existencia de un monopolio legal sobre la invención o la creación artística e intelectual en favor del autor (que eso y no otra cosa es lo que llamamos propiedad intelectual) tiene dos partes.
- La actividad creativa o inventiva exige una inversión inicial fuerte que redunda en existencia de rendimientos crecientes a escala que hacen inviable la competencia.
- Segundo, el correspondiente monopolio natural tampoco resulta viable si el producto es reproducible a bajo coste.
En consecuencia, decía la argumentación convencional, si queremos que exista la actividad creativa de que se trate es necesario hacer viable el monopolio incrementando artificialmente el coste de la reproducción del producto que incorpora la invención.
Hasta hace 5 años casi todos los economistas tenían este argumento convencional grabado en su disco duro
pero ya había experiencias que señalaban que la realidad, merced al desarrollo de las tecnologías de comunicación distribuida, estaba cambiando. La música era tal vez el ejemplo más popular, pero la industria que más llamaba la atención de los economistas era otra. Una industria que se adaptó antes que ninguna otra a Internet y donde la propiedad iintelectual tenía difícil reclamo, pero que, sin ninguna duda era de las más innovadoras del nuevo entorno: el porno.
El cambio de paradigma comenzó en Mayo de 2002, cuando los profesores en UCLA Michele Boldrin y David Levine publicaron en la American Economic Review el primero de una serie de artículos y papers que demostraban la no necesidad de la existencia de propiedad intelectual para la existencia de incentivos a la innovación en un marco como el actual.
Los resultados dejaban claro que si la invención o idea creativa está incorporada en un producto (lo que es siempre el caso); si la reproducción o imitación o copia exige una cierta formación intelectual ó técnica que hace que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos), el valor descontado presente de las cuasi-rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights o patentes, es positivo y crece a medida que se reducen los costes de reproducir el producto en el cual la idea se incorpora.
Es decir, la disponibilidad de ordenadores e internet informáticas que abaratan el coste de reproducir y transmitir informacion hará crecer, no disminuir, los beneficios que pueden obtener los autores en ausencia de la protecion ofrecida por el copyright. En consecuencia y de forma general, el autor no necesita el monopolio para tener incentivos y no sería necesario el copyright para encarecer artificialmente el coste de la reproducción o copia.
Pero, en la práctica, ¿no son necesarias las patentes?
En poco tiempo, el modelo de Boldrin y Levine se incorporó al corpus de la teoría económica y hoy es ya tan convencional como en su día fue la argumentación favorable al copyright.
Otra cosa son las ideas socialmente aceptadas. De hecho, algunos sectores industriales han conseguido afianzar en la población la falacia de la necesidad de un monopolio. Paradójicamente, el de mayores costes sociales, la industria farmaceútica, sea el que más éxito ha tenido aunque los propios Michele Boldrin y David K. Levine en su ya famoso libro que continúa el paper del 2002 no sólo no hagan ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, den como ejemplo a las farmaceúticas de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación.
En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista.
Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
el gasto en marketing es un elevado coste fijo que, al igual que la investigación, dificulta la entrada de nuevas empresas en el sector y facilita el monopolio. Así, el marketing es muchas veces un área de colaboración y alianzas estratégicas entre las empresas farmacéuticas. De hecho, los gastos de marketing son cada vez mayores. En 2000, las empresas farmacéuticas innovadoras de Estados Unidos empleaban un 81% más de personal en marketing que en investigación y desarrollo (I+D). Y ésta es una proporción creciente, puesto que en 1995 el personal dedicado al marketing sólo era un 12% mayor que el ocupado en I+D, que incluso ha descendido ligeramente desde entonces (Sager y Socolar, 2001).
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia.
El impacto de la devolución en esta industria reduciría el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc.
Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado.
Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado.
Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas.
Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes.
Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados.
En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente.
Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias. La única solución a medio plazo es la devolución.
La práctica social de la innovación y la creación en la sociedad digital
Pero Internet no sólo está transformando la generación de incentivos. También está modificando los entornos donde se genera la innovación. Durante los últimos dos años se han escrito miles de artículos, libros y posts sobre el concepto web 2.0.
Todos los analistas y teóricos, desde Juan Urrutia que fue seguramente el primero en teorizar el tema allá por 2003 ([1], [2 y sobre todo [3]) hasta hoy, pasando por Tim OReilly que acuñó el término un par de años más tarde, coinciden en que la novedad fundamental aportada por esta fase de la evolución de los servicios de Internet es la confusión de papeles entre consumidor, productor e intermediario.
La esencia de la web 2.0 al fin es la aparición de repositorios masivos como YouTube o Flickr que son el resultado de la puesta en disposición de materiales por una gran masa de usuarios distintos que generan un poderoso efecto red que periclita el atractivo de hacer valer los derechos legales monopolísticos: el valor de lo que pongo a disposición de la red siempre será menor que lo que pertenecer a la red me ofrece. Es más, dada la lógica de las comunidades distribuidas, cuanto más uso se haga de aquello que yo comparto y ofrezco mayor será el valor presente que la sociedad adjudique a mis creaciones futurasa.
Pero la web 2.0 es sólo un primer apunte del modo de innovación y creación que está cuajando. En los últimos meses han ido cobrando relevancia una serie de herramientas que van un paso más allá y generan un entorno que ya empieza a conocerse como web 2.1.
La esencia de este nuevo modelo social y comunitario es fomentar la creación individual a partir de un repositorio colectivo, el bricolage digital.
Si YouTube es simplemente un gran repositorio audiovisual, Jumpcut, su alternativa 2.1, no sólo permite descargar los vídeos de otros, sino remontarlos, mezclarlos con contenidos de cualquier usuario y volver a poner el resultado, como un objet trouvé, a disposión de quien quiera seguir con la gran digestión social.
La web 2.1 escenifíca de manera radical lo que es una referencia común en el mundo del arte y la ciencia: no hay tanto creación, como postproducción. Aportes y propuestas individuales que generan capas de sentido a partir de un gran almacen social preexistente. Un bricolage individual sobre el acerbo social. Continua propuesta. El mito del autor como creador, trasposición moderna de la figura divina, portadora de la gracia, se revela definitivamente como un rey desnudo.
Creative Commons
Creative Commons es un sistema de licencias de propiedad intelectual y una organización dedicada a dar soporte a su uso publicadas originalmente por el jurista norteamericano Lawrence Lessig el 16 de diciembre de 2002.
En 2003 Lessig defendió ante la Corte Suprema de EEUU la inconstitucionalidad de la Sonny Bono Copyright Term Extension Act (CTEA), una ley que extendía temporalmente los derechos de propiedad intelectual. El juicio, que perdió finalmente quedó para la jurisprudencia como Eldred contra Ashcroft. Lessig argumentó que la reducción legal del procomún bajo Dominio público significaría una pérdida económica para la comunidad en su conjunto y que lejos de aumentar los incentivos a la innovación los reduciría.
El cliente bajo cuyo nombre actuaba era Eric Eldred, un editor con diversas empresas on y off line dedicadas a la difusión de obras bajo dominio público. Con Creative Commons, Lessig pretendía mostrar como la extensión temporal del monopolio legal sobre las creaciones podía equilibrarse mediante un sistema de licencias que permitiera a los autores reducir en determinados casos el alcance de sus derechos exclusivos mediante su cesión al público.
El sistema de licencias Creative Commons plantea la propiedad intelectual como un continuo entre el todos los derechos reservados y el dominio público donde los autores pueden elegir distintos grados de protección atendiendo a cuestiones somo si permiten el uso comercial por terceros, la utilización para la creación de obras derivadas o si incorporan o no una clausula viral que obligue a que las obras derivadas tengan que tener una licencia igual.
Como plantea la organización CC en su sitio oficial, su objetivo es animar a los autores a colocarse en algún lugar intermedio, declarando some rights reserved, algunos derechos reservados:
Too often the debate over creative control tends to the extremes. At one pole is a vision of total control a world in which every last use of a work is regulated and in which all rights reserved (and then some) is the norm. At the other end is a vision of anarchy a world in which creators enjoy a wide range of freedom but are left vulnerable to exploitation. (
) We work to offer creators a best-of-both-worlds way to protect their works while encouraging certain uses of them to declare some rights reserved. (
) Thus, a single goal unites Creative Commons current and future projects: to build a layer of reasonable, flexible copyright in the face of increasingly restrictive default rules.
Según declaraciones del propio Lessig, más del 90% de las licencias Creative Commons en funcionamiento en contenidos online implican un grado de protección monopolista mayor que el dominio público y más de la mitad de ellas impiden la generación de obras derivadas.
¿CC o Devolución?
Como hemos visto, Creative Commons plantea la propiedad intelectual como un contínuo entre el dominio público y el todos los derechos reservados donde el autor puede elegir y graduar el nivel de protección de su obra.
Creative Commons se plantea por tanto la misma cuestión que el Movimiento por la Devolución: ¿¿Qué hacer con el régimen de propiedad intelectual??
Pero CC responde que no es necesaria la reforma legal, que puede solucionarse en términos de elección individual y no en términos políticos
lo cual es un mensaje político en si mismo, dado que si no es necesaria la reforma, el sistema de propiedad intelectual se legitima y refuerza con el uso de Creative Commons en vez de cuestionarse.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación
y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste el movimiento por la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5
Eso es la Devolución como movimiento.
Además,desde el punto de vista del movimiento por la Devolución, son preferibles patentes y derechos intensos pero breves y cláramente delimitados en el tiempo a sistemas de derechos eternos que controlen sin embargo el rango de aplicación. Y esa es jústamente la lógica que opone al devolucionismo y a Creative Commons: el gran menú de opciones CC no sólo confunde sobre la naturaleza de los problemas derivados de la propiedad intelectual sino que genera en si mismo un coste impresionante de gestión y uso de cualquier repositorio que lo adopte, al obligar a mirar la etiqueta antes de reciclar o usar para una nueva obra cualquier creación anterior.
¿Complementarios u opuestos?
En conjunto, el planteamiento político de Creative Commons es en realidad el opuesto del del Movimiento por la Devolución:
- Para CC los problemas y costes sociales del monopolio que legalmente sostiene la propiedad intelectual pueden ser corregidos por los propios autores mediante un sistema flexible de liciencias. El sistema no es cuestionado, tan sólo sus extremos. La propiedad intelectual es una opción individual.
- Para los devolucionistas, la propiedad intelectual es un monopolio legal contraproducente y socialmente costosísimo, un problema político al que sólo la reforma legal y la reducción progresiva de los tiempos de explotación ofrece un horizonte de solución razonable.
- Para CC la restricción sobre obras derivadas y uso comercial son opciones equilibradas recomendadas a los autores como protección
- Los devolucionistas licencian sus obras bajo Dominio Público y critican el complejo sistema de licencias de Lessig por suponer un coste extra para la gestión y uso de cualquier repositorio colaborativo en el que bajo CC hay que mirar la etiqueta de cada pequeña pieza antes de utilizarla.
Conclusiones
Sólo la Devolución nos permite un horizonte en el que el par diversidad~innovación no sea alternativo al par cohesión~extensión del conocimiento. Sólo la Devolución genera un verdadero procomún: el viejo y estupendo dominio público de la tradición jurídica continental, el gran contenedor del que durante siglos los comunes hemos sacado las piezas con las que participar de la innovación en las Artes, las ciencias y el cambio tecnológico.
Su restauración, refresco y actualización mediante una restricción temporal progresiva de las patentes y derechos de exclusividad otorgados por el estado a las creaciones, es el camino a seguir.
Nota: Este texto está escrito desde la lógica del bricoleur a base de enlazar, copiar, pegar y modificar textos de Juan Urrutia, Michele Boldrin y una multitud de otros autores, incluído yo mismo.
Jueves, 19 de Julio de 2007
Cuenta David Gil que el otro día coincidió con Belén Gopegui, que está a punto de publicar una novela con CC-by-nc-nd, es decir, sin permitir ni uso comercial ni que otros reciclen el contenido haciendo obras derivadas. A éso le llamaba Copyleft. Lo mejor, según el relato de David es que la sra Gopegui:
dijo que los autores (no los aficionados que escriben en sus ratos libres) necesitan los derechos de explotación. Que una cosa es escribir después del trabajo y otra dedicarse en exclusiva a escribir. Para esto último se necesitarían ingresos seguros.
Lo curioso es que, como otra gente en el público, está en contra de la comercialización de la cultura. Es comunista y, según entendí, estaría de acuerdo con un sistema en el que el Estado publicaría las obras, sin derechos de explotación por parte de los autores, y a cambio estos recibirían un sueldo.
Cultura: origen y significado
La idea de cultura y su irreparable origen en el nacionalismo alemán ha sido deconstruida muchas veces en todo tipo de formatos. Seguramente la arqueología más popular en los últimos años haya sido la de Gustavo Bueno:
Al final del siglo XX la idea de Cultura, que había comenzado a elevarse a principios del siglo XIX a la condición de idea constitutiva de la cúpula ideológica de las sociedades modernas de tradición cristiana (junto con las ideas de Hombre, Libertad o Nación), ha alcanzado la posición privilegiada de clave de bóveda de esa cúpula.
Podría decirse que, en nuestros días, y en las sociedades de tradición cristiana más diversas, la idea de Cultura desempeña los papeles de Idea suprema, de Idea fuerza primordial, en función de la cual se definen las realidades prácticas o espirituales, tales como Hombre, Libertad o Nación: el Hombre será «animal cultural»; la verdadera libertad se alcanzará a través de la Cultura, y la Nación no se definirá tanto por la raza cuanto por la cultura: por ello cada Nación exigirá «darse a sí misma» la forma de un Estado, de un «Estado de Cultura». En cualquier caso, se definirá como misión esencial del Estado la de promover la Cultura Nacional y hacer posible el acceso de todos los ciudadanos a la cultura (artículo 44 de la Constitución Española de 1978).
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar.
Merece la pena leer a Bueno para hacer una arqueología del concepto y su ascenso desde Herder a nuestros días. Bueno remarca que
Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el «mito del siglo XX», el mito de la Raza, en la primera mitad de ese siglo. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin del siglo, muchas de las funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la segunda guerra mundial.
Porque Cultura, así con mayúsculas, es todo aquello -desde las obras artísticas de prestigio a la gastronomía más o menos reinventada y tradicional- que contribuye a la formación de una identidad colectiva derivada de los mitos constitutivos del estado nacional.
La cultura como función estatal
En países como España, Nigeria o Marruecos donde el estado no ha podido imponer de una forma clara y homogénea estos mitos -es decir, donde el estado ha fracasado como proyecto nacional- estos se dan fragmentados en la forma de nacionalismos alternativos y un cierto protagonismo de las identidades y pertenencias pre-modernas como la familia, la cuadrilla, la religión o el linaje. Y precisamente por eso en estos países la Cultura es parte central del debate más que en ningún otro lado.
Pero vayan a Francia donde hace aguas por la presión migratoria. O a Brasil, Argentina, México, Cuba o Bielorrusia, donde el proyecto moderno, en su dimensión nacional vive con pujanza. En estos países hasta la alteridad, hasta el presunto antagonismo al estado nacional lo es por el estado, a cuyos gobiernos o dirección social se les reprocha, en todo caso, su falta de sentido nacional. Imaginarios sociales y mediáticos que viven en la excepción permanente de la realidad nacional. Excepción que impermeabiliza de la interacción frente al foráneo (por definición ajeno) y destruye al tiempo el sentido de los nacionales fuera del terreno nacional (si todo cuanto atiende a esta realidad es excepcional y tiene causas endógenas, cuanto sé y pienso tampoco tiene validez fuera). El nacional es un huérfano o un autista que tiene dificultades para crear sentido fuera de la relación con su estado-territorio-nación. Por eso los estados nacionales se dotan de ese folkror de animales nacionales que mueren al salir por la frontera estatal, desde el coquí portorriqueño al lince ibérico, modelo disneyzado de la principal virtud nacional, no poder existir fuera de las fronteras del estado y su imaginario.
¿Qué quiere decir liberar la Cultura?
En este marco el artista, el creador, no puede ser sino una figura central de la construcción nacional. Un trabajador especializado de la reproducción identitaria del nacionalismo. Una labor digna de ser separada de la vida. Una figura que no debe ser confundida con los aficionados que escriben en sus ratos libres del mismo modo que un ciudadano que intenta esclarecer las causas del aumento de la criminalidad no debe confundirse con un policía o un Ministro del Interior.
Y ahí de nuevo la oposición izquierda-derecha tan de matiz como siempre, tan en la misma línea: el debate es como se asegura la manutención, no si tiene sentido la función.
Manutención que es más sensato asegurar, nos dicen los más liberales, mediante un monopolio artificial llamado propiedad intelectual. Manutención que habría que asegurar mediante un salario público, nos asegura Gopegui en la cita de arriba, para asegurar la viabilidad de la profesionalización. Esto, significaría además liberar la Cultura, es decir, asegurar su gratuidad para todos y su universalidad. En una palabra, extender de forma más efectiva los modelos identitarios de la construcción nacional.
Perdónenme pero no es este el problema que me preocupa. No me interesa liberar la Cultura ni creo que deba ser un problema asegurar formas de remuneración para mantener a sus ejecutantes distintas a las del resto de los mortales.
La cuestión es tan simple como saber si el monopolio económico excepcional sobre las propias creaciones es necesario ya o no para asegurar que haya personas que sigan haciendo propuestas que lleven parejas cierta innovación y diversidad. Poco importa si es como profesionales full time o no, ingresando más por venta de objetos (libros, discos, etc) o por shows (conciertos, conferencias
).
Y mucho me temo que esta respuesta ya está bien respondida por la práctica y la teoría económica. Lo demás son debates sobre la optimización del estado por y para el nacionalismo. Y simplemente, no me interesan.
Jueves, 14 de Diciembre de 2006
Como señalaba certeramente Juan Freire esta mañana:
La era digital no es una revolución. Sólo rompe la anomalía en que se había instalado una parte de la humanidad y recupera una forma de trabajar, participar y compartir que creíamos olvidada.
¿Pero cuál era esa manera?
El mercado moderno es anterior al capitalismo industrial, si historiásemos sus orígenes, tal vez poniendo al día al viejo Sombart, nos daríamos cuenta de que es el mercado el que prepara el terreno que la hace posible. El mercado, esa maravillosa máquina, es la principal institución que provee a la sociedad de cohesión organizando la cooperación en un momento de extensión constante de la división del trabajo. Pero también es el gran impulsor, mediante la competencia, de la innovación lampante que desde entonces se instalará en nuestras vidas.
Sin embargo el nuevo mundo pagará caro el apoyo de una capa social de la que requirió para imponerse y adecuar el sistema político y cultural: los intelectuales. Estos ampliarán el sistema de monopolios sobre la creación/invención que habían arañado de las viejas monarquías absolutistas para convertirse en la nueva baja nobleza de la sociedad liberal, en los nuevos rentistas.
Sin embargo el mercado distorsionado por la mal llamada propiedad intelectual ya no será lo mismo.
Patentes y propiedad intelectual son sistemas que incentivan la competencia a costa de la cooperación ofrecida por el mercado. Lo nuevo no se hará extensivo durante un periodo determinado (75 años en según que casos), no porque los demás no quieran seguirlo, sino porque legalmente estará garantizado que no se extienda, que ningún otro distinto del patentador podrán hacer uso de ese avance sin pagarle una renta extra directa. Al no poder extenderse la innovación de forma inmediata, las restructuraciones generadas por la incorporación de nuevas tecnologías producirán desajustes prolongados en el tiempo. Este es el origen de lógica ludita según la cual toda nueva tecnología aumenta la productividad a costa de paro.
¿Por qué se rompe ahora la anomalía? Por dos fenómenos ligados a la aparición de redes distribuidas masivas con posibilidad de distribuir a coste marginal nulo: es decir Internet, la web, etc.
El primer fenómeno es simplemente la erosión que sobre el sistema de propiedad intelectual impulsa el nuevo contexto, requerido de nuevos incentivos (la ética del hacker), genera nuevas demandas y prácticas que exigen renunciar al monopolio al modo del software libre.
El segundo es la emergencia de los grandes mumis, que al estar interesados en la extensión de la innovación para poder seguir compitiendo, redefinen el juego haciendo que las restricciones posibles por el monopolio legal no se apliquen.
En conjunto estamos hablando de la lógica de la abundancia que no es otra que la de los mercados que tienden a la competencia perfecta, un modelo incompatible con la distorsión generada por la mal llamada propiedad intelectual.
Miércoles, 18 de Octubre de 2006
Fijense en el cuadro de la derecha o pinchen sobre él para ampliarlo. Es obvio por los datos que estamos ante un cambio estructural: si los ingresos debidos a exportación de propiedad intelectual crecieron en EEUU un 487% en el periodo estudiado (1987-2003), el PIB creció tan sólo un 232,18% (menos de la mitad).
No es una cantidad nimia, baste comparar los 48.277 millones de dólares de la serie en 2003 con el PIB boliviano de ese año: 7.855 millones de dólares. El gráfico también muestra bastante claramente quien protagoniza la tendencia: el 74,4% de estas entradas se ha producido a través de filiales de grandes multinacionales norteamericanas (Microsoft, farmaceúticas, etc.)
Para mi que todo esto tiene un nombre: tecnoimperialismo. Y luego la Interpol se rasga las vestiduras citando a la OCDE
claro que ni hablemos de la metodología de las evaluaciones que utilizan…
Viernes, 30 de Junio de 2006
En todas las páginas tanto de este blog como la contextopedia que le acompaña podéis encontrar el siguiente pie:
Salvo indicación o advertencia en contrario, el autor de todas las entradas de este blog es David de Ugarte, quien las escribe y hace devolución expresa de ellas al Dominio Público
Lo he hecho así tras constatar la terrible confusión conceptual en la que ha ido degenerando la réplica en España de la lógica anglosajona del sistema de licencias.
Desde el punto de vista de cualquier economista esta confusión no es en absoluto inocua. Impone unos costes crecientes de transacción que inhiben precisamente aquello que se pretendía alcanzar.
Objetivos
Desde un punto de vista general, como sabéis, no creo que un sistema individualizado de licencias, ni siquiera el acogimiento al dominio público, pueda solventar el problema social derivado de la actual normativa de la propiedad intelectual. Creo que es necesario reducir los tiempos de explotación monopolística que la ley concede a los autores de patentes y obras, es decir, me adscribo al Movimiento por la devolución.
Pero mientras la solución política llega, es lógico buscar una salida para el régimen de la propia obra. Tanto en la idea de facilitar su difusión y utilización por terceros dentro del marco legal existente, como en la de poco a poco crear un procomún, un ámbito de creación libre capaz de competir con la cultura industrial privativa de un modo similar al del software libre frente al propietario. Esa es la idea que vengo defendiendo desde hace años.
La clave: los costes del bricoleur
Entre los que renunciamos al monopolio que la LPI nos ofrece sobre nuestras creaciones, hay un consenso general que parte de la renuncia a utilizar en mayor o menor medida los derechos de explotación sobre la obra con contenido económico. Esto en si mismo no es demasiado novedoso ni implica un cambio conceptual importante. Es perfectamente convencional que un autor pretenda facilitar la difusión no comercial de su obra y que anime a otros a colaborar con él de esa manera en su promoción.
La clave, sin embargo, está en las obras derivadas, en la posibilidad del bricolage
El bricolage consiste en crear cosas nuevas a partir de trozos de otras que fueron creadas para fines distintos de los que cumplen en la nueva obra.
La variedad de protecciones otorgadas para cada una de esas piezas por sus autores bajo Creative Commons, Coloriuris, etc. incluso por las licencias libres del estilo de la GFDL, genera una traba, un coste de transacción innecesario y probablemente insalvable.
No es sólo que la mayoría de estas licencias no sean libres y no aporten el equivalente de las 4 libertades del software libre. No es sólo que la idea de otorgar más derechos de propiedad, más control al autor de los posibles usos, al estilo de Creative Commons, sea una mala idea, que lo es porque el bricolage, consiste precisamente en descubrir usos no esperados, no imaginados previamente.
Lo que se hace evidente cuando hablas con tu editor o cuando alguien te pide permiso para usar una obra tuya es que el mero hecho de tener tal maraña contractual (una licencia es un contrato) aumenta los costes de información necesarios a cualquiera que quiera utilizar la obra.
El resultado social es que la diversidad de CCs, licencias de colorines y demás artefactos jurídico declarativos, está imposibilitando la aparición de ese procomún que pretenden propiciar. La heterogeneidad legal que promueven tiene el mismo efecto que el que tendría tener que firmar un contrato cada vez que compramos algo distinto en el supermercado. Menudo procomún éste en el que antes de usar algo tenemos que leer cuidadosamente los términos de licencia y constatar si ese ingrediente es compatible con los otros que pensamos usar y con el collage que andamos preparando.
La alternativa del dominio público
Sin embargo ya existe un procomún con sustento legal y tradicional claro: el dominio público. Todos, hasta el último editor, saben en qué consiste y en qué términos puede utilizarse sin necesidad de leer nada. Todos saben el carácter inalienable que en nuestra legislación tienen los derechos morales y una visión bastante clara sobre en qué consisten.
Es decir, ya existe ese espacio libre, definido con claridad, conocido por todos y amparado legalmente. Socialmente de lo que se trata es de ampliarlo con obra reciente. No hace falta ni una licencia más ni un marco legal nuevo para ello.
¿Y cómo esperas explotar tu obra si es del dominio público?
Realmente es muy difícil escapar de los contratos modelo en una editorial precisamente por los gastos de transacción que implica acogerse a una licencia: conseguir que el editor lo entienda, que el abogado recoja la licencia X en el contrato, pasar luego por el notario y hasta cambiar las plantillas de copyright.
En mi primer libro nos limitamos a dejar fuera de contrato la edición electrónica del libro. En este segundo espero poder llegar más lejos gracias precisamente a la facilidad que supone la extensión y tradición del concepto de dominio público. Basta con que el editor pague los costes de la declaración ante notario para que quede establecido de forma sencilla y clara el carácter de la obra. Total del coste: una cita con el notario y unos 60 euros.
Yo no le pido a mi editor que se dedique al marketing ni que me pague por utilizar lo que he escrito para hacer libros
a no ser, claro está, que los escribiera por su encargo. Lo que le pido es que aparezcan al precio más asequible posible en el mercado y con la mejor distribución posible. Y por supuesto que ayude a la calidad y comercialidad de la obra con criterio y consejo editorial.
Como profesional, en general pretendo cobrar por los servicios que presto a otros. Por eso espero que mis ensayos y trabajos renten no sólo en imagen y posicionamiento, generándome contratos para cursos y conferencias, sino que abran una relación comercial con los editores basada en que estos contraten, más allá del uso del texto de la obra, servicios profesionales. ¿Cuales? Pues desde participar en la promoción de la edición dando conferencias, hasta aportar por encargo a una eventual contextopedia de la coleccióncreada por los propios autores, pasando por ayudar en la edición de la obra de otros. El abanico es amplísimo. Eso sí, depende de la voluntad de las partes y de la evaluación que cada cual haga de la relación y no de la imposición del monopolio legal sobre el uso de las propias creaciones.
Lunes, 12 de Diciembre de 2005
Max Barry, el lúcido autor de Jeniffer Gobierno, escribía en un reciente post:
Aha! Sir, you have been exposed! You say it would be a good thing for copyright to be ten years, yet when given the option, you wont do it yourself!
Exactly. My argument is not that shorter copyright would be good for artists. Im pretty sure it would be bad: not terrible, but definitely worse, at least for people like me who create (arguably) wholly original content. My argument is that it would be good for society, and thats more important than whats good for authors
Más claro agua: la reforma legal que reduzca el tiempo de explotación de los derechos de autor es necesaria porque las licencias no bastan ni pueden bastar. El régimen de autoría legal a día de hoy en Europa asegura un monopolio de por vida al autor y de 70 años tras su muerte a los descencientes. Por mucho que la alternativa asegure los incentivos, siempre serán menores que las rentas generadas por el monopolio.
Es cierto que licencias abiertas e incluso libres pueden ser útiles para abrir mercado a ciertos autores. Al fin, no dejan de ser una cierta forma de dumping, de conquista de la audiencia por guerra de precios, pero claro, eso no es equitativo, no sirve a todos los autores igual y por tanto no todos los autores lo acogeran del mismo modo:
When it comes to my career, I plan on doing what I think will help it best. There is a reasonable argument that releasing your work for free helps your career, and I partly agree with this, which is why my short stuff is available for anyone to copy, print, and even sell. But Im not quite at the Cory Doctorow level, which involves putting your entire novel up for free download. If I thought it would be good for me, Id do it. But I dont, and theres no ethical reason why I should. Thats why we need a change in the law: without it, artists and companies will act in their own best interest, and generally that means grabbing as many rights as possible and hanging onto them forever.
Y evidentemente también el otro lado, autores como Doctorow, con bases mediáticas globales, podrán utilizar y graduar el monopolio al modo Creative Commons de acuerdo con sus intereses para reducir el ámbito del mercado de los autores emergentes lo más posible.
La alternativa parece ser Devolución -esto es, reforma legal que reduzca los tiempos de explotación en monopolio- o privilegio. Los sistemas de licencias son, según avanzo y estudio, cada vez menos alternativos.
Lunes, 17 de Octubre de 2005
De entrada en ninguna industria los argumentos convencionales de la Teoría Económica contra el copyright, los derechos de autor y las patentes son tan válidos como en la industria farmaceútica.
Sin embargo, pocos sectores industriales han conseguido afianzar mejor en la población la falacia de la necesidad de su monopolio -seguramente el de mayores costes sociales.
La realidad sin embargo es bien distinta. El último libro de los profesores en UCLA Michele Boldrin y David K. Levine no sólo no hace ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, la dan como ejemplo de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación.
En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista:
Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
el gasto en marketing es un elevado coste fijo que, al igual que la investigación, dificulta la entrada de nuevas empresas en el sector y facilita el monopolio. Así, el marketing es muchas veces un área de colaboración y alianzas estratégicas entre las empresas farmacéuticas. De hecho, los gastos de marketing son cada vez mayores. En 2000, las empresas farmacéuticas innovadoras de Estados Unidos empleaban un 81% más de personal en marketing que en investigación y desarrollo (I+D). Y ésta es una proporción creciente, puesto que en 1995 el personal dedicado al marketing sólo era un 12% mayor que el ocupado en I+D, que incluso ha descendido ligeramente desde entonces (Sager y Socolar, 2001).
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia.
Una industria farmaceútica sin patentes significa que el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos se reduciría por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc.
Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado.
Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado.
Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas.
Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes.
Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados.
En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente.
Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias.
La única solución a medio plazo, como siempre, es la devolución.
Martes, 11 de Octubre de 2005
La economía del reciclaje, la épica del bricoleur del espíritu hacker, es tal vez el vector identitario mas constante del ciberpunk político, la base material de nuestro no esperar, de la posibilidad de construir y vivir otro mundo aquí y ahora. Como escribía Bruce Sterling en Green Days in Brunei:
Eres un bricoleur. Puedes apañártelas, puedes aprovechar. Eso es el bricolage
usar los recortes para hacer algo que merezca la pena. Brunei es ahora demasiado pobre para empezar con planes nuevos. No tenemos más que la basura que Occidente nos hizo comprar, botellas de Cocacola y garages para dos coches. Y ahora tenemos que vivir entre los desechos y convertirlos en una comunidad.
Pero para poder reciclar, para poder construir y distribuir al modo bricoleur, necesitamos poder hurgar libremente en la basura del viejo mundo. Necesitamos no tener que ponernos a buscar la etiqueta del Creative Commons, todo lo más, mirar la fecha de caducidad.
El bricolage consiste en crear cosas nuevas a partir de trozos de otras que fueron creadas para fines distintos de los que cumplen en la nueva obra. La variedad de protecciones otorgadas para cada una de esas piezas por sus autores bajo Creative Commons genera una traba, un coste innecesario y probablemente insalvable. La idea de otorgar más derechos de propiedad, más control de los posibles usos, es una mala idea, siquiera aparezca como una flexibilización del sistema de copyright. Precisamente porque el bricolage, consiste en descubrir usos no esperados, no imaginados previamente. Como argumentaba Hal Varian, uno de los padres de la Economía de la Información, en el NYT :
Demasiado control puede ser malo, particularmente cuando la innovación es una fuente crítica para la ventaja competitiva
Lo que se precisa para que la innovación se extienda y sea factor de cohesión social en vez de parte de un proceso de dualización, es la libertad que genera diversidad en los usos. Se trata de pensar en nuevas aplicaciones, en reciclajes inimaginados del conocimiento social acumulado.
Creative Commons extiende los poderes de los autores sobre los usos hechos por otros de sus creaciones. Por éso es incompatible con el bricolaje tecnológico que la extensión de la cohesión social exige. Son preferibles patentes y derechos intensos pero breves y cláramente delimitados en el tiempo a sistemas de derechos eternos que controlen sin embargo el rango de aplicación. Y esa es jústamente la lógica de la Devolución:
No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita generosas donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación
y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5
Eso es la Devolución.
No se trata tan sólo de evitar los sustos y las trampas del viejo sistema de patentes y Derechos, se trata de no abortar en su origen ni limitar en su alcance ese bricolage, ese reciclaje tecnológico y creativo que es la principal vía de extensión y aplicación social del conocimiento y la innovación
Sólo la Devolución nos permite un horizonte en el que el par diversidad~innovación no sea alternativo al par cohesión~extensión del conocimiento. Sólo la Devolución genera un verdadero procomún: el viejo y estupendo dominio público de la tradición jurídica continental, el gran contenedor del que durante siglos los comunes hemos sacado las piezas con las que participar de las Artes, las ciencias y el cambio tecnológico. Su restauración, refresco y actualización mediante una restricción temporal progresiva de las patentes y derechos de exclusividad otorgados por el estado a las creaciones, es el camino a seguir. Para que el tríptico Libertad, diversidad, impatentabilidad tenga opciones de futuro, el grito de combate hoy no puede ser más que uno: Devolución.
Lunes, 10 de Octubre de 2005
Acabo de leer unas citas de Viñals que recogía en su último post Daniel Bellón y no puedo sustraerme a dar una respuesta y hacer una reflexión en caliente. Cita Daniel a Viñals:
Por duro que parezca, la llamada propiedad intelectual de las obras de arte es un concepto cuestionable y que debe desaparecer, así como todo concepto de propiedad individual a favor de la propiedad social de los bienes artísticos de toda índole. Hoy esos derechos de propiedad intelectual son transmisibles incluso a los herederos, lo cual es otra de las aberraciones del sistema capitalista. Pero ojo, propiedad social no equivale a propiedad nacional. Debería crearse un Fondo Internacional de obras de arte que incluya a las obras literarias y de pensamiento, por supuesto, y cuyos recursos sirvieran para la promoción, también internacional, de la cultura
Pues bueno, ese fondo común ya existe, es el patrimonio Copyleft, el conjunto de obras libres distribuidas bajo una licencia que obliga a que toda obra derivada sea libre también.
Lo que me molesta tanto de Creative Commons como del planteamiento de Viñals es que piensan que es posible un uso reformista del privilegio de propiedad intelectual.
El error está pensar en que el arte, el conocimiento o las creaciones inmateriales son un bien de capital, es decir fuente de rentas. El conocimiento no es una fuente de rentas, sino su uso. Gravar y por tanto frenar, aunque sea con noble causa la transmisión del conocimiento, no equivale a poner un impuesto sobre el capital, sino a evitar o frenar que las personas puedan llegar a tenerlo, no digamos ya usarlo para generar más conocimiento. Y como todo freno, lógicamente frena más a quien menos conocimiento acumula previamente.
En consecuencia: aceptar la propiedad intelectual, sea del tipo q sea (la de la Creative Commons más q la de la SGAE q al menos nos queda la esperanza de restringirla en tiempo de explotación) no puede sino hacer que la distribución del conocimiento y sus rentas -que es per se una función potencial- sea cada vez más dual.
Es lo que tienen los privilegios acumulativos, que tienden a producir distribuciones cada vez mas duales (todos tienden a no tener nada y un grupo exiguo tiende a tener todo). En ese marco CC significa que los pocos q tienen mucho se dan cuenta de que mejor permiten acceder a parte a la mayoría o el público no tendrá el conocimiento suficiente ni para poder disfrutar del consumo de sus obras.
No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita generosas donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación
y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5
Eso es la Devolución, que lo que ha sido construido partiendo del patrimonio cultural y científico de la Humanidad y que fue raptado por el Estado a principios del siglo XX sea devuelto a la Humanidad. Porque es con sus piezas con las que el artista , el ingeniero o el científico hizo su nueva obra.
La clave: la propiedad intelectual es un privilegio que el estado creó para que al patentar o registrar -es decir, al hacer pública la innovación- se generaran rentas inmediatas que incentivaran al autor a hacer pública su creación, la idea es que pasara al dominio público mientras todavía tuviera valor social. Y cualquier economista que sigue los journals sabe hoy que ya no es necesario el privilegio para permitir que las innovaciones se difundan o sus creadores tengan incentivos para desarrollarlas.
Es más, históricamente estuvo supeditada en la práctica a las necesidades sociales de innovación. Cuando Eli Whitney inventó la desmotadora del algodón a nadie -y mucho menos a él mismo- se le ocurrió plantear demandas por pirateo a pesar de que la hubiera patentado. La desmotadora era un invento sencillo, genial, que permitía reducir el precio del algodón dramáticamente y convirtió a EEUU en el gran proveedor de las nacientes manufacturas textiles británicas. Y el algodón -hasta entonces equivalente al lino en precio y limitado por tanto a las clases altas- en un bien de consumo de masas de precio asequible. El uso de prendas de origen vegetal se considera por cierto, una de las causas de la mejora de la higiene pública a principios del XIX y del aumento de la esperanza de vida. EEUU y Gran Bretaña pasaron, gracias a la industria de la manufactura algodonera, de ser países en desarrollo a ser países desarrollados. En el Reino Unido las escenas manchesterianas que todavía hoy nos ponen malos empezaron a ser cada vez menos frecuentes en los años 30 de ese siglo. Como escribe Paul Johnson, cuando Dickens escribe Oliver Twist describe un mundo que real en su juventud estaba ya desapareciendo.
Lo que hacemos hoy gravando con patentes y derechos de autor la transmisión del conocimiento es, entre otras cosas, hacer que los países que no dieron entonces el salto lo tengan casi imposible ahora. Las desmotadoras de hoy exigen royalties y sus países de origen amenazan con sanciones en la OMC a los estados que no ofrecen garantías para su cobro, evitando que alcancen la masa crítica que hace posible ese salto cualitativo que llamamos desarrollo.
Y dentro de cada país favorecer la concentración del conocimiento por un lado en los monopolios y en las grandes corporaciones (véase la campaña contra las patentes de software) y por otro dualizar el acceso a las artes produciendo un modelo social en el que las nuevas generaciones cada vez parten de un acervo menor que les permite disfrutar de menos cosas en un terrible círculo vicioso. No es casual que los museos se hagan cada vez más incompresibles mientras la gramática audiovisual o el léxico del arte de masas se hacen mucho más simples que cuando las tasas de alfabetización y los niveles formativos medios eran muchísimo menores.
Y esos círculos no se rompen con Creative Commons ni -basta un pequeño ejercicio microeconómico- invirtiendo en formación el dinero ganado con el sistema de derechos de autor. Eso sólo se puede romper por dos caminos, la devolución progresiva y el copyleft, es decir, aumentando el volumen del dominio público y su frescura por un lado y haciendo más potente y amplio el catálogo de obras libres cuyos derivados son obligatoriamente libres también.
Viernes, 9 de Septiembre de 2005
Sigo dándole vueltas a la lógica de la diversidad y los nuevos ejes ideológicos que ya trataran Lobo y Enrique. Y me gustaría apuntar tan sólo unas notas a raiz de una conversación que he tenido esta mañana, en Toledo, con Iñigo Medina. Unos ejes que acaban mezclando la escuela, el software libre, la llamada piratería y otras cosas
- Lo estatal deja de ser público, por ejemplo, la escuela
Contaba Iñigo que había quedado asombrado en una reunión familiar de que todos sus primos, como nosotros criados en colegios públicos, todos con un basamento educativo de ideas supuestamente avanzadas, osea los valores éticos que nos inculcaron nuestros padres, los de la generación de centro izquierda de los 70
todos, llevaban a sus hijos a colegios privados. Concertados sí, pero privados, de esos que cuestan unos 250 euros al mes, lo cual no es un esfuerzo económico pequeño, sobre todo si se tienen un par de hijos. Esto no lo digo por nada sino porque cuando uno decide gastarse 500 euros al mes durante años es porque realmente tiene claro que es lo mejor que puede hacer por sus hijos.¿Por qué piensan así? Pues porque tienen un concepto asistencial de la escuela pública: en esa perspectiva cada cual lleva y paga lo mejor que encuentra y puede pagar para sus hijos. Y el que no puede nada tiene asegurada la escuela pública.
No son los únicos. Al menos en Madrid es una concepción cada vez más extendida que durante los últimos años ha ido permeando la conciencia de las clases medias. Y es que es uno de esos planteamientos que dan lugar a una profecía autocumplida. Si todos los que pueden pagar, aún en distintas medidas, pagan, al final la escuela pública acaba siendo para quien no puede pagar. Un mínimo asistencial y probablemente insuficiente, no un lugar de formación de ciudadanía, sino un producto de la atomización y un agente de la descomposición social. Por eso la subvención a las escuelas privadas, el cheque escolar y otras medidas
llevan necesariamente a la pérdida de las bases que hacen que realmente podamos formar una comunidad sobre la que construir la convivencia. Las concertadas privatizan el uso del dinero público y destruyen la igualdad de oportunidades de partida que es la base, además, de la existencia de la comunidad política y del propio estado democrático que se sostiene sobre ella.
Por eso no deja de parecerme sorprendente que la derecha nacionalista española empuje a su desaparición. Si de verdad creen en el discurso españolista deberían querer más escuela pública, no menos. Las concertadas son el dinero del estado pero sin el estado. Son uno de esos puntos donde el estado deja de ser público y pasa a ser privado.
Pero no nos engañemos, cada vez hay más
- Los nuevos bienes públicos no son estatales, por ejemplo, el software libre
Con el título queda dicho casi todo. Conforme el conocimiento y las herramientas tecnológicas se hacen más importantes y valiosas para todo, nos damos cuenta del increible potencial que ofrecen las creaciones intelectuales de dominio público y en concreto el software libre.Potencial de desarrollo y también de soberanía e independencia a todos los niveles: personal, colectivo, empresarial y nacional.
Nos queda reclamar al estado que use herramientas públicas -que además son en su mayoría gratuítas- que invierta en el procomún universal que representa por ejemplo GNU-Linux
pero el caso es que el estado hace tiempo renunció a lo público también en este aspecto y apostó por el sistema de licencias, es decir, porque el dinero de todos sirviera no para usos e innovación universales sino particulares. Básicamente de Microsoft y media docena de empresas que siguen en esa lógica.
Es decir, la triste verdad a la que nos enfrentamos es a que el estado renuncia no ya a desarrollar lo público sino incluso a utilizarlo.
- La hipocresía de lo privativo debilita a lo público y mina las bases de la convivencia, por ejemplo, la mal llamada pirateríaIñigo comentaba que su padre defendía usar el software privativo y de hecho lo usaba. Y que, asumiendo la metáfora por la que la ley llama propiedad al derecho legal sobre el uso de las creaciones intelectuales, no utilizaba software crackeado, no compraba CDs o DVDs pirata ni los bajaba de redes P2P. Es un hombre con los valores de la vieja generación. Para bien (respeta la ley y lo que ha sido establecido por ella como propiedad) y para mal (no opta por el software libre).
Pero ¿y nuestra generación? Pues Iñigo se asombraba una vez más de los primos y aledaños. Todos defensores de Windows, del Photoshop, de todos los programas privativos que el el mundo son, serán y han sido
y cuyas licencias nunca se les ocurrió pagar. ¿Para qué si podían tener copias? Poco les importaba que estas copias no fueran legales, cuando, y esto es lo que asombraba a nuestro compañero, nunca hubieran actuado así con bienes materiales privados, comprando por ejemplo ropa o electrodomésticos robados.
Porque una cosa es que pensemos que hay que cambiar la ley y otra que mientras tanto estemos exonerados de cumplirla
y si nos permitirmos hacerlo o apoyarlo es como acto de desobediencia civil, es decir como un acto de protesta que busca y pide la aplicación de la ley como forma de denunciar su carácter y apremiar a su reforma. No hace falta que diga que pienso que la propiedad intelectual no es tal propiedad sino tan sólo un monopolio inutil y a estas alturas incluso contraproducente para lo que se otorgó, fomentar la innovación.
El caso es que tenemos a una generación que no sólo utiliza software privativo sino que lo utiliza ilegalmente. Y no sólo no se plantea la necesidad de cambiar la ley, es que piensa que la ley es justa. El resultado hipócrita es el peor resultado. Porque
¿dónde caen los costes?
Desde luego no en las grandes empresas de software privativo (ni en las multinacionales de la música). Durante mucho tiempo las empresas de software han mantenido una actitud sumamente hipócrita respecto a las copias ilegales hechas por individuos. No se puede decir que las fomentaran, pero las consentían. Para ellas era un negocio redondo. ¿Recordáis como se impuso el Word? Era símplemente el procesador de texto más fácil de copiar y encontrar gratis. Los trabajadores llegaban a las empresas, que en aquella época, empezaban a tirar las últimas máquinas de escribir, acostumbrados a usarlo. Es decir venían con la formación hecha. Las empresas -y Microsoft- ahorraban costes de formación que recaían sobre los usuarios
Microsoft nunca estuvo realmente interesado en el mercado doméstico para Office, sino en el de empresas, y una cierta tolerancia con la copia personal ilegal, era su mejor ariete para imponerse en ellas.
Es el juego al que juega el entorno de Iñigo ¿Quien paga el coste? El software libre, el bien público, al que si que se le computan los costes de formación a la hora de introducirlo en la empresa.
Resumiendo: la hipocresía de utilizar copias piratas y consentidas de software, daña al software libre de paso que permite que la gente siga sin cuestionarse el sistema -cada vez más duro- de propiedad intelectual mientras ha convertido la ilegalidad en una parte normal y aceptada de sus vidas. Y llamadme exagerado, pero creo que el que dos generaciones enteras vivan en algo tan importante como su consumo cultural (software, música, películas
) al margen de la ley, es una gimnasia social nada recomendable.
La relativización de la ley, sentir que no va contigo es una parte importante de todo ese proceso en el que lo estatal aparece como privado y se socaban las bases mismas de la convivencia colectiva y de la comunidad política
Llevar a los hijos a la escuela pública, utilizar software libre, hacer del dominio público las propias creaciones, son hoy opciones personales con verdadero significado político. Y hoy en día van en pack. Un pack que no hay manera de asociarlo a las viejas etiquetas.
Cuando iu y PSOE siguen en la lógica de endurecer la Ley de Propiedad Intelectual dudo que lo progresista tenga que ver con los progresistas. Cuando la nacionalista presidenta de la Comunidad de Madrid horada una y otra vez la escuela pública para convertirla en un complemento asistencial, dudo que la defensa de la comunidad política tenga que ver con el nacionalismo.
Y de un modo más amplio, mientras unos y otros discuten sobre lo estatal, a mi me interesa lo público, pero lo público, de estatal, tiene cada vez menos. El estado, cuyas acciones entran y se orientan cada vez más a lo privado, se va convirtiendo en un agente más.
Así, que tras esta nueva vuelta, creo que no, que definitivamente los viejos ejes ideológicos no tienen actualización posible. Los nuevos no se si tienen nombre, pero los tenemos ahí, delante de las narices. Y es sobre ellos sobre los que urge aprender.
Lunes, 15 de Agosto de 2005
A lo largo de los anteriores entregas de esta serie de posts nos hemos aproximado a entender el significado social de la diversidad. Intuitivamente entendemos que la aceptación de un mayor grado de diversidad supone una mayor libertad efectiva para el individuo, es mayor el campo de alternativas que se le abre a la hora de crear y ordenar su vida. La diversidad, o al menos la consecución social del grado de diversidad que le permitiría ser aceptado, aparece para el individuo como un fin en si mismo, como un sinónimo de libertad real.
Sin embargo, la diversidad tiene un coste, en la medida en que tolerarla supone aceptar que recursos sociales valiosos sean destinados a objetivos que no son los determinantes en el sistema en un momento dado. Y si una sociedad, una cultura, acepta un determinado grado de diversidad es porque ese grado, ese nivel de coste, es compatible con sus fines. El fin de toda cultura en realidad no es otro que maximizar la supervivencia del medio social para un entorno históricamente definido. La cultura entiende la diversidad como una herramienta.
Como veíamos todos los sistemas económicos buscan mantener de forma más o menos automática un cierto equilibrio entre una cosa y otra, entre innovación y desarrollo de lo existente. Lo hacen orientando a los innovadores hacia sus propios fines (la supervivencia del sistema). Por ejemplo, en nuestro sistema económico el sistema de patentes y derechos de autor asegura -mediante un monopolio temporal de la explotación de las creaciones- un premio automático para aquellas obras que conocen el éxito, que son valoradas por la comunidad mediante el propio mercado ya existente. La finalidad es doble: por un lado se incentiva así a los innovadores, pero no a todos, sino sólo a aquellos cuyos resultados son explotables, útiles dentro del marco aceptable en un momento dado.
Ese premio selectivo (no a la innovación, sino a aquella que tiene sentido para la comunidad) tiene a su vez un coste: la extensión de la innovación, su repercusión social, se retrasa artificialmente. La mal llamada propiedad intelectual supone un pacto implícito: La comunidad acepta el coste del retraso a cambio de que la innovación dominante sea la que se produce dentro del sistema de valores imperante.
Por eso, las dos veces en que históricamente los derechos de autor y el copyright han aparecido legalmente coinciden con periodos en los que se parecía estar viviendo el fin de la Historia. Primero, aunque de manera tentativa y más como declaración que como realidad, aparecieron en la Revolución Francesa, que soñaba con estar reestableciendo el orden natural de la sociedad de una vez y para siempre. Después, de forma ya sólida, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la revolución industrial había tocado a su fin y parecía que el sistema social se había estabilizado, que el progreso sería definitivamente cuantitativo y no cualitativo (por cierto que los que pensaban que jústamente lo que tocaba era un cambio cualitativo -anarquistas y comunistas, pero no sólo- chocaban sobre todo con el sistema de propiedad).
De hecho el sistema de propiedad intelectual, limitado eso sí a los aspectos industriales y vedado a la ciencia (a la que hubiera paralizado), pareció funcionar bastante bien hasta ya avanzada la segunda postguerra mundial.
Ocurren entonces dos fenómenos relacionados que cambiarán todo: por un lado el valor de la producción se traslada hacia los componentes creativos y científicos. Por otro, la misma organización de la producción se torma más compleja, incentivando el desarrollo de tecnologías de la información y la comunicación. A finales de los 60 empezará a verse como el sistema de incentivos (que es la forma económico-institucional de un sistema de valores) hace aguas y deja de generar competencia.
Pero es a mediados de los 80, con Internet en pleno desarrollo y con el software como una de las grandes industrias mundiales, cuando los llamados efectos red empiezen a señalar a los economistas que las cosas están cambiando. El efecto red incentiva a los autores a poner las menores trabas posibles a la extensión de sus creaciones minando el concepto mismo de monopolio temporal en el que está basada la propiedad intelectual. Por ejemplo, la clave del triunfo del html y el protocolo http de Tim Berners-Lee sobre Goopher residió en que el británico aseguró su caracter libre, de dominio público, dando certeza a los desarrolladores de productos derivados (como los navegadores o los editores web) de que podrían innovar partiendo del punto en que lo había dejado Berners-Lee en libertad, sin restricciones, derechos morales ni pagos de patentes.
Al mismo tiempo, la propia tecnología de Internet facilita la reproducción de cualquier contenido digital, hace que el coste de descarga de una unidad extra de un programa, canción o libro electrónico sea cero
y cuando el coste marginal es cero, el precio competitivo también lo es. Los autores (de software, de libros, de música
) irán descubriendo poco a poco (aún están en ello), que su interés pasa por la distribución gratuita de los formatos electrónicos de sus creaciones a través de Internet.
Resumiendo: La propia lógica económica de los efectos de red unida al desarrollo de Internet da incentivos para que los autores renuncien tanto a los llamados derechos económicos (el copyright) como a los morales (control de las obras derivadas).
Volviendo a nuestros términos: el sistema económico generado por las redes de comunicación distribuidas como Internet, empuja hacia el fin del dilema innovación/ cohesión, ya que la cohesión (la extensión de la innovación) es una condición pareja al triunfo de la innovación.
Para triunfar hay que convertirse en estándar, aunque sea por un breve periodo de tiempo. Para hacerlo es conveniente renunciar a los derechos generados por ese monopolio concedido por la ley que llamamos propiedad intelectual. Y lo más sorprendente: los grandes triunfadores de la innovación lo hacen precisamente porque renuncian a medir su éxito según el sistema de incentivos dominante: Diffie en la matemática aplicada, Tim Berners Lee, Richard Stalman o Linus Thorvalds en el software, o el colectivo Wu-Ming en la literatura, representan una nueva ética del triunfo y del trabajo que resulta mucho más dinámica e innovadora. Imponen estándares (es decir son competitivos) precísamente porque facilitan su extensión a todos (ampliando la cohesión social) y gracias precisamente a permanecer al margen del sistema de incentivos bajo el que la lógica de la patentabilidad, el copyright y el derecho de autor fueron creados.
Estamos en un momento de transición, de confusión. Las viejas organizaciones empiezan por mera supervivencia a absorver la nueva lógica en su interior, aparecen nuevos tipos de organización que intentan formas nuevas, al tiempo que contínuamente se extienden los campos en los que el viejo sistema de falsa propiedad es puesto en cuestión: matemática aplicada, software, música, literatura
Los economistas elaboran modelos que nos demuestran que el sistema de derechos de autor, patentes y copyright ya no es necesario para incentivar la innovación en ninguno de sus respectivos campos
Pero lo que es claro es que lo que la tecnología nos ha abierto como posibilidad es un mundo nuevo. Un mundo donde el dilema entre cohesión social y diversidad ya no existe o es muchísimo menos dramático. Y que para que ese mundo se acerque, como el propio sistema económico parece reclamar más allá de las numantinas resistencias de los actuales beneficiarios del privilegio, la propiedad del conocimiento y la creación debe ser devuelta a la comunidad que los hace posible. Lo que hace un siglo era un avance es hoy un freno. El futuro no tiene copyright.
Lunes, 1 de Agosto de 2005
Aunque con mucha menos violencia, el mundo del libro también vive síntomas de estar trasladando a la distribución problemas surgidos de la artificialidad del monopolio. En este caso el monopolio no es otro que la mal llamada propiedad intelectual. Las tensiones se producen porque siendo el precio competitivo (=coste marginal) de la copia electrónica cero, las editoriales evitan que esto exista aunque está comprobado que fomentaría sus ventas en papel. Y la respuesta es lo que llaman piratería. Ultimo ejemplo: Harry Potter, del papel a Internet en 12 horas.
A simple vista la situación del mercado del libro y el de la música son idénticas. Pero no es así.
Cuando en 2002 empezamos a estudiar el libro electrónico, constatamos dos diferencias:
- La experiencia de usuario del libro en papel es claramente superior a la del libro electrónico. Mientras los formatos musicales electrónicos pueden competir cada vez más con el CD, orientando la la futura industria hacia la música en vivo (como el cine hacia el cambio de salas), el libro de papel es una tecnología tan netamente superior al libro electrónico que no es previsible un cambio de formato industrial en el futuro. Las editoriales seguirán editando libros en papel.
- El coste de conversión individual de formato electrónico a papel (imprimir, encuadernar) sigue y seguirá siendo más alto que el precio del libro (al menos para libros de más de 100 páginas). Los libros de papel podrán seguir siendo como hasta ahora (sin incluir extras distintos del contenido en texto) y ser preferibles a la autoedición.
Trazar un cuadro de cómo serían las editoriales de futuro, o mejor dicho, de cómo deberían a empezar a ser las del presente es relatívamente sencillo: un gran repositorio online de obras en formato electrónico para descargar, una pequeña máquina de marketing y una buena red de distribución en papel.
¿Y de qué vivirían los autores? En realidad lo primero que hay que decir es que muy pocos autores pueden vivir hoy de sus creaciones bajo el sistema de monopolio. La literatura y el ensayo son fundamentalmente economías del prestigio, que generan ingresos indiréctamente a los autores vía conferencias, cursos, tertulias, etc. Y eso probablemente se acentuaría, facilitando a un mayor número de autores entrar en el círculo que hoy se beneficia de la repercusión de sus obras en mayor medida que de su explotación económica.
Pero además, en un mundo sin copyright, las editoriales deberían competir aún más por los autores y sus servicios que ahora. En primer lugar por tener la primicia, salir primero con el libro y ganar más mercado. En segundo lugar, si otras editoriales reeditan después la misma obra, el autor previsiblemente venderá a una u otra autenticidad, un sello de autor que posicione como preferible frente al lector, la copia de unas editoriales frente a otras. Es decir, como pasa ya en Alemania por ejemplo, los autores percibirán el grueso de sus ingresos directos de participar en la promoción de las ediciones.
Las obras derivadas: de los juglares a Borges pasando por el Quijote de Avellaneda
Otro hecho constatado es que curiosamente la cultura del Derecho de Autor está más arraigada respecto a los textos que respecto a la música. Nadie se escandaliza porque la derogación de la mal llamada propiedad intelectual permita que un músico electrónico o un rapper tomen una canción de un músico melódico y la transformen. Sin embargo, lo mismo causa recelo en caso de una novela o un ensayo.
Como hemos visto, esta posibilidad, diferenciar el producto original de un fan pic (tan comunes en manga o ciencia ficción), será probablemente una de las principales fuentes de ingresos de los autores, presionando a las editoriales a remunerar directamente a los autores (cosa que rara vez hacen ahora).
Por otro lado, estas obras, que toman obras derivadas (como si las otras no lo fueran), son la base de la evolución cultural. Es lógico que al aumentar el número de contactos sociales, al tender la gran red social cada vez más a tomar la forma de una red distribuida, aumenten en número e influencia. Como escribía William Gibson en Pattern Recognition (2003):
Es como si el proceso creativo ya no estuviera contenido en el interior de un cráneo individual, si es que alguna vez lo estuvo. Hoy en día todo es reflejo de otra cosa
Porque una de las consencuencias de la cultura de la mal llamada propiedad intelectual es el espejismo individualización de la creación cuando si cada vez podemos tomar parte con mayor facilidad en el proceso creativo es precisamente porque este es menos individual que nunca, porque la tecnología nos da un mayor acceso a fuentes y fuentes más diversas. Y es que el discurso que da pie a la -falsa- metáfora de la propiedad intelectual, conecta con topicos no cuestionados en nuestra cabeza porque se basa en un viejo mito renacentista: la creación. Uno de los primeros mitos individualistas, nacido en el Renacimiento y originalmente ligado a las artes plásticas. Como escribíamos en un librito de 1997:
Las nuevas formas de reproducción gráfica, del grabado a la imprenta y finalmente a la litografía, fueron convirtiendo la imagen bidimensional en un cotizado bien de lujo, pero en último término normal, y despojándole de su carácter místico. Carácter que sin embargo encontró refugio en el concepto humanista del artista como creador, al fin como émulo o discípulo de la divinidad, de la cual de algún modo participaba a través de la inspiración.
Aquí nació la idea del creador individual, como pequeño y autoproclamado dios, su obra, su creación, comenzaba y terminaba en si mismo.
Sin embargo, no se acaba con algo tan acendrado de un golpe. La epopeya de Gilgamesh, la Iliada, la Odisea, los romances del mester de juglaría o las Mil y una noches
es decir, todo el basamento cultural occidental, estaba formado por obras derivadas, nacidas de un verdadero proceso de creación colectiva. Los dos principales literatos renacentistas europeos, Cervantes y Shakespeare, no rompen de hecho esta tradición. Shakespeare, como Lope de Vega o Tirso de Molina, toman, parchean, modifican, obras preexistentes hasta convertirlas en las obras maestras que hoy se les asocian. Lope, es de hecho, autor al modo de Rembrandt o los grandes pintores flamencos, director de un taller de creación que sólo introduce directamente su pluma en partes concretas de las obras.
Pero en la paranoia generada por la individualización, los expertos siguen a día de hoy discutiendo qué parrafos de cada obra son atribuibles diréctamente a Shakespeare y cuales son anteriores o nacieron de la pluma de Marlowe o de actores de su propia compañía.
La historia del Quijote de Avellaneda, una obra derivada contra la voluntad de Cervantes, de hecho nacida con ánimo de contrapropaganda reaccionaria, es verdaderamente ilustrativa, pues al final Cervantes se sirvió ampliamente de ella para elaborar la segunda parte de su novela
que seguramente ni siquiera hubiera existido de no haber aparecido el tal Avellaneda, animado por un prólogo de Lope de Vega que es una verdadera encarnación de los malos sentimientos que albergó siempre la reacción española.
Y si pensamos en los grandes mítos literarios del siglo XX en nuestro entorno cultural, sean Lampedusa, Macondo, Bearn o Sinera, veremos que son también, hasta cierto punto, una creación colectiva. Tan colectiva que cuando Borges quiere crear el más personal de los mundos no puede sino impostar su amplitud, citando autores imaginarios, poniendo en cuestión los orígenes mismos, la presunta individualidad de su propia obra.
Por la devolución de la cultura
Y es que la literatura siempre fue libre en el sentido de las cuatro libertades del software libre. El mismo sentido en el que como argumentan Pere Quintana y Benjamin Mako Hill debería restringirse el significado de Cultura Libre, pues lo que llamamos el acerbo cultural occidental existe porque los autores han tenido, respecto a ese mismo acerbo y hasta hace un siglo:
- Libertad para acceder a la obra
- Libertad para transformarla
- Libertad para distribuir la obra original
- Libertad para distribuir las obras derivadas
El derecho de autor y las entidades de gestión colectiva se instituyeron entre nosotros hace un siglo. Se trató de la imposición legal de un monopolio con el objeto de asegurar incentivos a la creación artística. Nada quedaba ya fuera de la mal llamada propiedad intelectual. La ley elevó no el derecho, sino el privilegio de una parte, a obligación de la totalidad, a derecho natural del creador. Es decir, se hizo totalitario. El coste hoy, cuando ya no es necesaria para asegurar tales incentivos porque la tecnología ha cambiado, es brutal.
Pretender hoy volver a la situación anterior, restaurar la libertad de todos y cada uno para crear cómo y a partir de lo que se quiera, con lo que supondría con los nuevos medios, es todo menos una imposición. Ni siquiera es, propiamente, una liberación. Es una devolución. El sujeto no es la cultura, el sujeto somos todos. Y ya es hora de que nos devuelvan las cuatro libertades que nos niega el monopolio legal y que necesitamos para poder dejar de estar divididos en categorías industriales (autor /consumidor /industria) y dejar que la creatividad explote cuando las obras culturales estén, real y totalmente, a disposición de todos. Así, de paso, la cultura dejará de ser algo a lo que supuestamente pertenecemos y pasará a ser algo que, colectivamente, nos pertenezca. Un verdadero procomún.
Jueves, 28 de Julio de 2005
Ayer por la noche vimos Los increíbles. Por razones que no vienen al caso, usamos una copia DivX hecha por mi madre. En la pantalla panorámica del ordenador de Imán la calidad era notable y la cuidada estética sesentera, inspirada en aquellas maravillosas aunque machistas pelis de James Bond, se disfrutaba sin echar de menos las carísimas palomitas del cine.
Otro día tendremos que hablar de la semiótica de todas estas nuevas pelis de superhéroes. Para mi reflejan un cambio histórico tan profundo en la consideración de los enemigos del estado, como el que desde los 90 reflejó los nuevos miedos al sexo en la vuelta de los vampiros a las pantallas.
Pero hoy, lo que quiero plantear es otra cosa. Cuando uno ve una de estas películas, como Los Increíbles o Sky Captain and the world of tomorrow, percibe inmediatamente que tras ellas hay innovación. Innovación de la que requiere grandes inversiones. Y la pregunta inmediata es ¿sería posible algo así en un mundo sin copyright?. ¿Cómo recuperarían su inversión los estudios si no existieran leyes que defendieran la mal llamada propiedad intelectual?
Existen, al margen del conjunto de privilegios otorgados y garantizados por el estado (que es lo que erróneamente se llama propiedad intelectual), dos mecanismos tradicionales para defender la rentabilidad de una creación asegurando la exclusión de los competidores: el secreto y la diferenciación de experiencia de usuario.
Cuando pensamos en secreto pensamos en la famosa fórmula de la CocaCola. CocaCola nunca la ha patentado, tampoco la ha publicado. Con el tiempo, otras empresas desarrollaron productos parecidos (que no iguales) algunos de los cuales han conseguido, incluso, mayor cuota de mercado que el original. Aunque sin duda la innovación que supuso en su día la invención de la cola, ha obtenido, sobradamente, su incentivo.
En realidad, este método ya no sirve de mucho hoy. La tecnología ha evolucionado de modo que es relativamente sencillo saber qué componentes tiene un producto y como sintetizarlos. Pero este será uno de los temas principales de nuestra aproximación a cómo serían las farmaceúticas en un mundo sin patentes. En el mundo audiovisual equivaldría a lanzar DVDs incopiables. Algo que han intentado ya un millón de veces
lógicamente, sin éxito.
El otro camino es apostar por la diferenciación en la experiencia del usuario. Me explico: en los productos musicales, por ejemplo, existe una gama de experiencias ligadas a distintos formatos: MP3, CD y música en vivo. Creo que es cada vez más común pensar que el futuro el mundo de la música, como negocio, vivirá de los conciertos en directo, una experiencia no reproducible y mucho más rica que la que surge de escuchar la música en soporte físico o electrónico. En un futuro cada vez más presente, la música circulará libremente y serán los propios autores los que lancen al dominio público los registros de sus creaciones
entre otras cosas porque eso les facilitará ganar clientes para sus conciertos.
¿Es posible algo similar en el mundo del cine?. A día de hoy, realmente no. La cadena de experiencia sería DivX, DVD, sala de cine. Y obviamente la experiencia provista por las salas de cine no es tan impresionante como para que, teniendo un equipo medio decente en casa, un DVD o incluso un buen DivX no sean competitivos.
Y es que mientras la tecnología doméstica de reproducción ha evolucionado trepidantemente desde los vídeos beta hasta el home cinema, la tecnología de reproducción publica sigue siendo básicamente la misma que en 1932 cuando se comenzó a incorporar el sonido al cine. ¿Por qué?
Hoy en día alrededor del 70% de los ingresos de una película provienen de canales de explotación ligados a la reproducción doméstica (vídeo, satélite, derechos de antena). Por otro lado la verticalización de la industria, el control por los grupos multimedia de toda la cadena productiva (desde la producción a las salas) es sólo comparable al del sistema de estudios, con el que acabara el 1948 el Tribunal Supremo norteamericano por vulneración del Acta antiTrust.
Es decir, las salas no han cambiado, no han evolucionado, porque están supeditadas a los estudios y estos viven de los privilegios otorgados por el copyright, no de las salas. Es difícil encontrar un ejemplo mejor de cómo el copyright ha frenado el desarrollo de la innovación que pretendía fomentar con su implantación. Pensemos en el IMAX por ejemplo y en la causa de que no haya películas comerciales, dramáticas, para este formato.
Porque el futuro del audiovisual tiene que pasar, en un previsible mundo sin copyright, por un cambio de las salas que hagan la experiencia incomparable a la doméstica. Tal vez, en el futuro, los estudios lanzen versiones DivX a través de la red de sus películas como promocionales. Y nosotros las veremos y, al igual que en la música, en vez de servir de sustitutivo de la experiencia en vivo, nos den ganas de ir a disfrutarlo de verdad.
Esto no necesariamente pasa por algo similar al IMAX, aunque parece el camino natural para el cine espectáculo de efectos especiales e imágenes digitales. El modelo también vale para el llamado cine de autor, quien seguramente no tenga que desarrollar circuitos basados en la espectacularidad, sino en los complementos, acompañando la reproducción de charlas del autor, debates, puestas en contexto
Quién sabe, a lo mejor, el futuro del cine pasa por una vuelta a los orígenes, a aquellos maravillosos años veinte en los que el cine (mudo y universal) se proyectaba en salas de variedades (para algo estaba la orquesta) dentro de un programa más amplio con espectáculos en vivo.
En cualquier caso, es intuitivamente aceptable que el cine podría mantener e incluso se vería obligado a desarrollar aún más la innovación artística y tecnológica en un mundo sin copyright
. si cambiara su modelo de negocio, como la música.
Porque a fin de cuentas, el modelo industrial que tenemos ahora no es hijo del mercado, de la evolución de los gustos y demandas de los consumidores y del desarrollo tecnológico de las empresas, sino de una estructura en trust y un sistema de protección legal que ha conseguido jústamente lo contrario de lo que pretendía: frenar la evolución del negocio original.
Jueves, 21 de Julio de 2005
Estos días he estado reflexionando sobre un debate abierto por Pere y continuado por Diego (Minid), sobre la pretendida incompatibilidad filosófica entre Creative Commons y el software propietario.
Hace poco comentaba en el foro para socios de Ciberpunk que a mi las CC me parecían peligrosas, un atraso respecto a la FDL (el equivalente GNU para libros y música creado originalmente para la documentación del software). La FDL es más difícil de entender porque representa un paradigma completamente diferente de modelo de negocio y trabajo del creador, de su propia forma de vida
CC tiene la virtud de poder ser entendido dentro del viejo mundo, de ser compatible con los viejos monstruos corporativos y la vieja concepción del autor
Y precisamente por eso me hacía dudar. Mucho. Porque lo que a corto puede ser un avance, una aparente relajación de la asfixiante legislación monopolística, a medio y largo puede convertirse en una barricada del viejo mundo, por mejor hecha casi infranqueable. Mira que yo soy reformista, que creo que hay que avanzar y que ningún avance es despreciable, que es aceptable casarse con el demonio con tal de dar aunque sea un pasito adelante
pero justo en esto no podía evitar el resquemor. Seguramente porque además de todos los peros teóricos conozco la industria de la cultura por dentro y sé que cuando se transformen, el CC se convertirá en algo muy muy distinto de como lo vemos ahora. Y sé que no me gusta.
¿Cual es el objetivo?
Otra cosa es Lessig y el conjunto de sus aportaciones. Pero a fin de cuentas, hay un sitio donde él no ha llegado cuando ya ha llegado esa parte de la Teoría Económica que configura los consensos básicos de la profesión: no hay razón ni tiene sentido ya ninguna forma de propiedad intelectual. Ni siquiera CC.
La idea de un mayor control del autor sobre la propiedad de su obra, que eso es y no otra cosa CC, genera una imagen falsa: porque la verdad es que no existe propiedad intelectual. Existe un monopolio legal que busca incentivar la innovación, sobre la explotación de las obras científicas y culturales durante un tiempo determinado. Un monopolio innecesario para lo que pretende. [Un resumen en español del Estado del Arte y por qué tal monopolio no es ya necesario puede descargarse aquí]
Como escribían Juan Urrutia y Michele Boldrin en 2002:
Empecemos por las perplejidades teóricas que son las más sorprendentes. Los lectores suficientemente interesados, o que acostumbran a preocuparse por los detalles, pueden consultar un artículo de Michele Boldrin y David Levine en la American Economic Review de Mayo 2002. El argumento genérico es como sigue. Si la invención o idea creativa está incorporada en un producto (lo que es siempre el caso); si la reproducción o imitación o copia exige una cierta formación intelectual ó técnica que hace que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos), el valor descontado presente de las cuasi-rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights o patentes, es positivo. Pero es que, además, no solamente es positivo, sino que crece a medida que se reducen los costes de reproducir el producto en el cual la idea se incorpora. Es decir, la disponibilidad de tecnologias informáticas que abaratan el coste de reproducir y transmitir informacion hará crecer, no disminuir, los beneficios que pueden obtener los creadores de informacion en ausencia de la protecion ofrecida por el copyright.
Resumiendo: la llamada propiedad intelectual es un monopolio legal, establecido en su momento para algo para lo que hoy ya no es necesario
Es más, todo apunta a que la tendencia al desarrollo legal de derechos de autor de todo tipo, puede ser negativa, particularmente cuando la innovación es una fuente crítica para la ventaja competitiva, como argumentaba el profesor Varian, uno de los referentes en Economía de la Información, en un artículo en el NYT.
Y es que monopolio no es propiedad. En el mercado del siglo XXI, con los medios del siglo XXI, resulta que ese monopolio ya no es necesario para lo que se pretendía pero que genera todos los costes sociales propios de un monopolio. Costes ante todo frente aquello que pretendía incentivar: la innovación.
CC no está en el camino de la abolición de la falsamente llamada propiedad intelectual sino en su reforzamiento. De hecho genera un discurso contraproducente.
Pero si lo que está caduco, lo q no tiene ningún sentido y es el enemigo hoy es el concepto de propiedad intelectual, la idea de un mayor control de esta por parte del autor, supone un refuerzo del concepto original.
Aparentemente las CC ponen en cuestión los excesos de SGAE y otras entidades de gestión, permitiendo dentro de la legalidad actual que el autor generósamente comparta parte o todo de las rentas de un monopolio dañino para el común y creado artificialmente por el estado sobre su propia creación. Pero por lo mismo refuerza una metáfora falsa que equipara un privilegio establecido por el estado con la propiedad, porque CC se plantea como una opción o como un abanico de opciones que desarrollan el sistema actual.
La propiedad intelectual no es propiedad
Son conocidos los argumentos contra las patentes de software. Pero lo mismo que aplica a las patentes de software aplica a todo lo demás: si de verdad nos creemos que existe propiedad intelectual tendría que poner en todos mis escritos una claúsula con todas las fuentes usadas directa e indirectamente para llegar a las ideas que las sostienen
o tal vez incluso pagarles derechos. Y lo peor es que
hay muchas que ni siquiera son conscientes!!!
Si no existe posibilidad de exclusión, si algo no puedo evitar que sea utilizado por otros, no existe propiedad.
En todo lo creativo y científico en el momento en que admitimos q dos personas pueden llegar al mismo resultado, a la misma idea
excluye toda posibilidad de la mera existencia de propiedad.
Dos coches iguales son dos coches y pueden tener dos propietarios distintos con iguales derechos y con igual capacidad de exclusión del otro sobre su propiedad. Por el contrario, dos ideas iguales son la misma idea. No hay propiedad posible.
Si todo el software es reducible a algoritmos matemáticos (un argumento fuerte contra las patentes de software), todo poema de un numero finito de sonidos puede componerse con un ordenador haciendo combinaciones en un tiempo también finito.
Resumiendo: la expresión propiedad intelectual es una metáfora
incorrecta, que lleva a conclusiones erróneas, porque la propiedad física, la propiedad de un bien es defendible en si misma, delimitable, ni siquiera requiere de estado.. [Si esta última aseveración causa sorpresa, es importante leer este artículo clásico del profesor Avner Greif, de Standford]
La así llamada propiedad intelectual es un monopolio artificial creado por el estado
y que no se sostiene por si misma. No es propiedad, es privilegio. Reforzando la idea equivocada de que existe propiedad intelectual y reivindicándola para el autor frente a las sociedades de gestión, Creative Commons, refuerza las bases del privilegio.
Porque lo esencial, lo que ha cambiado según los economistas es el hecho de que ya no hace falta un monopolio temporal sobre la creación o la invención para que esta, por si misma, generen rentas positivas a los creadores. Esto aplica entre otras cosas a las farmaceúticas, a las editoriales, al sector audiovisual, al software
El camino es el abierto por el software libre, no el de Creative Commons. No hay un camino para el software y otro para la creación literaria o musical. El modelo GNU-Linux es el exportable en la música y el generador de un verdadero procomún, no ese repositorio de freeware literario y musical disfrazado de jaque cool a la propiedad intelectual que es a la hora de la verdad el pretendido procomún de Lessig.
Creative Commons significa más propiedad intelectual y más fuerte. Por eso es perfectamente compatible con lo fashion, el software privativo y hasta con la industria farmaceútica. No digamos con la cultura de libre distribución. Ahora, Cultura Libre es otra cosa. Y a ella CC no ayuda, al contrario, construye las futuras barricadas ideológicas y legales de sus enemigos.
Actualización. Me recuerda Juan Urrutia que Hayek ya estaba en la lógica de no considerar propiedad a las patentes y derechos de autor:
en lo que está ya colgado sobre Camino de Servidumbre tienes una pequeña cita sobre su posición sobre patentes: las odia precisamente por generar monopolios generadores de rentas no merecidas. Y esto lo dice quien cree que la propiedad es un bien es sí mismo sin que sea necesario justificarlo por sus efectos (
) Puede ser importante porque alguien puede decirte que tu eres consecuencialista y crees poder mostrar que la ausencia de propiedad intelectual facilita la innovación. Pero esto es irrelevante porque alguien como Hayek que no es consecuencialista, sino iusnaturalista -que diría Termes- tampoco es favorable a eso que llaman hoy propiedad intelectual y que no es sino otra manera de rent-seeking. Y hace 61 años y cuatro meses.
Charlaba con Elena Cabrera en su blog. Ella comentaba:
La verdad es que pensaba que había alguna licencia CC que no reservaba ningún derecho, pero ya veo que no.
¿Qué derechos me estoy reservando con el tipo de licencia CC que yo tengo aplicada a mi weblog? ¿Qué cambiaría si usara una licencia del tipo FDL?
Creo que son importantes sus cuestiones. Aquí mi respuesta
la trampa está en que con ese menú tan simpático CC te da a entender que tú tienes propiedad sobre tu obra (en principio total, para poder ceder más o menos) y que tú eliges. Y no. No hay propiedad, ni derechos. Hay privilegios otorgados por el estado. Privilegios que son hoy peligrosos para la innovación, para compartir libremente, para crear.
Y que si los perpetuamos, siquiera al modelo CC, es decir ampliando la gama de decisión del creador, nos hacen daño a todos, porque aceptada la propiedad intelectual como concepto, cuando la industria utilice CC te permitirán intercambiar versiones inferiores de canciones (promo gratis) pero freirán al dj que remezcle, a la banda del pueblo que toque el tema, al periodista que se pase en la longitud de la cita
¿Como hacen ahora? Si. Sólo que entonces habremos renunciado, a base de los divertidos menús de Lessig, al principal argumento: El emperador iba desnudo, la propiedad intelectual no existe
Jueves, 23 de Junio de 2005
Los dos últimos posts son un pequeño tour intelectual a partir de John Stuart Mill. En el último, llegamos a algo interesante, la conexión entre diversidad y cooperación social. Antes, en el artículo cuya lectura me puso en marcha, Juan Urrutia abordaba esta relación por otro lado, como resultado de la complementariedad de factores a corto plazo.
La idea, desde el punto de vista evolucionista es que ni siquiera importa la complementariedad ahora. Puede que el otro, el diferente o minoritario, el freaky, no aporte ningún factor que sea complementario al nuestro en este momento. Pero puede que sí que lo sea mañana porque no sabemos como será entonces el entorno en el que nos movamos.
Si no sabemos cuales van a ser los factores que serán necesarios mañana para seguir vivo, la diversidad se convierte en una forma de cooperación necesaria para la supervivencia (no sólo colectiva, sino propia) a medio y largo plazo, tanto o más que la competencia a corto.
En este marco podemos definir la competencia como la lucha por obtener más recursos más eficientemente. Esa lucha es fundamentalmente un proceso de aprendizaje y superación por parte de cada individuo y por cada grupo en su forma de organización. Normalmente está basada en un sistema de incentivos que premia la innovación exitosa con una parte mayor de lo mismo que se ha producido. Los resultados para los individuos se miden en % de producción apropiada y para el conjunto en eficiencia paretiana, productividad, etc.
La cooperación en cambio se mediría como porcentaje de la producción redistribuida. La lógica es que una vez obtenidos los recursos, una vez mejorada la máquina social, toca hacer extensivos también las consecuciones a los que protagonizaron innovaciones no triunfadoras o simplemente siguieron como hasta ahora. La medida de esa redistribución, cuánto viene a caer en manos del que no participó de la apuesta, vendría a representar en cuanto valoramos la diversidad. Dicho en otras palabras, cuanto valor damos hoy a la posibilidad de que nos sean útiles mañana.
Todos los sistemas sociales desarrollan formas de competencia y cooperación, aunque no siempre bajo el mismo sistema de incentivos. El denostado mercado también distribuye los incrementos de riqueza generados entre aquellos que no participaron de su generación. Por ejemplo, una mejora tecnológica que aumente la productividad. Aunque se localice en un sólo sector y en una sola empresa, todos los agentes acaban viéndose beneficiados por ella. Otra cosa es que esa redistribución se considere insuficiente o que los mecanismos a través de los cuales hace extensiva sus ventajas al resto de la población puedan parecer contradictorios a corto plazo. En este ejemplo es muy probable que el cambio tecnológico produzca paro a corto aunque mejore el poder de compra a largo. Lo corto que sea el corto plazo y lo largo que sea el largo plazo dependerán de la estructura del mercado de trabajo, de las regulaciones generales, del grado de concentración industrial, del grado de internacionalización de la economía y de otros factores
Pero el caso es que, se pinte como se pinte, existe redistribución y cooperación cohesiva en el mercado.
Ahora, la extensión del conocimiento, la redistribución de las ventajas obtenidas por la innovación triunfadora, dependen sobre todo de la extensión social de lo aprendido.
Patentes y propiedad intelectual son sistemas que buscan incentivar la competencia a costa de la cooperación. Lo nuevo no se hará extensivo durante un periodo determinado (75 años en según que casos), no porque los demás no quieran seguirlo, sino porque legalmente estará garantizado que no se extienda, que ningún otro distinto del patentador podrán hacer uso de ese avance sin pagarle una renta extra directa.
¿Es esto erróneo? Pues depende, a fin de cuentas, si sabemos que los factores de supervivencia y éxito de la comunidad son estables ¿de qué me valdría la diversidad? ¿por qué dejar que el mercado redistribuya y desarrolle la cooperación? ¿Por qué no ir más rápido hacia donde sabemos se irá indefectiblemente, favoreciendo la competencia a costa de la cooperación y más allá del mercado mediante un monopolio temporal sobre la invención asegurado legalmente?
Lo que parece claro es que si bien un mundo donde esto fuera así, donde las claves de todos los futuros posibles fueran conocidas, es imaginable, es seguro de que no es nuestro mundo. Ni el que conociera Mill.
Y ahora volvamos a traducirlo a términos teológicos: ¿cuando tiene sentido el desprecio de la diversidad? Cuando conozco los designios de Dios, cuando sé que es manifestación de la voluntad divina y qué no. Por eso, la batalla por la diversidad es al fin una batalla entre los que parten de la incognocibilidad de Dios y los que parten de su conocimiento completo, de los que creen saber que hay teleología, que toda la Historia se encamina hacia un punto, hacia un final, y los que asumen que seguramente no sea así y que si en todo caso fuera de ese modo, sería imposible saber cual es el destino deseado.
No vivimos una guerra de civilizaciones ni entre religiones, vivimos una guerra entre los distintos avatares de un Ozymandias iluminado e integrista y los demás, seamos devotos, deicidas, politeistas, agnósticos o simple y modéstamente, humanos.
Pero, entonces ¿qué hay de rigurosamente nuevo en nuestros días? Mucho. Empezando porque a lo mejor, la sustituibilidad entre cooperación y competencia, entre fomento de la superación y valoración de la diversidad se está extinguiendo. Y con ella de algún modo muere Darwin y vuelve Blake
Domingo, 8 de Mayo de 2005
Celebramos el fin del segundo fin de semana del curso de análisis de redes en el Kaishii (Alegría). Es el cumpleaños de Cris y viene al café. Pienso que es imperdonable lo mío. Cris merecería un mundo, ¿por qué soy tan desastre que no enteré hasta ayer? Mañana habrá que celebrar de verdad, descansado y bien, con ideas nuevas tras el sueño. Con una mañana de sol para buscar un regalo alegre y luminoso como ella que tanta luz y calor me dió en los peores momentos de estos años.
De vuelta a la ofi voy pensando en un trozo de conversación que salió en la comida. María comentó que en Ikea usan linux. Yo bromeé que era coherente con que los usuarios andaran montándolo todo. “¿Te imaginas que regalaran una llave allen con las distros?“. Y la lucecita se encendió.
De repente recordé:
Estaba febril de agitación. Había arrancado su vida del programa por fin. Todo era diferente. Veía todo desde un angulo fresco y nuevo: con ojos de bricoleur. Su vida entera había estado esperando esta retroalimentación. El conocimiento no era el poder. Pero el don es real. Esa es la razón para programar, para crear, No por dinero, hay más dinero en recoger cartones. No por el poder, eso está en el management. Por el propio don. Pero es un todavía un buen trabajo. Un hombre no se convierte en un ludita por trabajar para las personas en vez de por abstracciones. Las tecnologías verdes requieren más inteligencia, más sensatez, más del verdadero don de un ingeniero.
Porque son una revuelta contra el momento ciego de un siglo muerto con todos sus monumentos oxidados de arrogancia y asco
Eso es
Linux, la devolución, ubuntu
son las llaves allen de una nueva forma bricoleur de ver el mundo, verde en el sentido que usa Sterling, esto es hacker o chapuzas como decía mi maestro Juan Urrutia. Se trata de entender que lo que se trata no es tanto de avanzar como de abrir mientras se avanza. De lo que se trata no es de atraer riqueza, inversiones, velocidad
Porque, como bien cuenta Juan explicando por qué no invertimos en Africa, jugar hoy las esperanzas del desarrollo en las capacidades espontáneas del capitalismo para generar riqueza es poco menos que ilusorio si limitamos el capitalismo a sus formas de propiedad pública y privada clásicas. Simplemente porque a lo mejor los incentivos no van en el sentido que querríamos y las viejas políticas y herramientas del estado nacional no pueden cambiarlos.
La alternativa verde que esboza Sterling, la chapuza que elogia Juan Urrutia no es otra cosa que reinventar y crear nuevas tecnologías con los desechos que nos legó el siglo muerto.
Lo decía hoy en clase Miguel Querol, un interesante alumno del curso de redes: los microcréditos, las radios de cuerda, el permanente reciclaje de conocimiento colectivo y abierto que es Linux
todo eso son las nuevas tecnologías que están revolucionando el mundo. Tecnologías como el software libre que llevan asociado un nuevo concepto de propiedad en el que la cooperación y la competencia no son antagónicas y en el que por tanto el avance económico y técnico no ponen en jaque la cohesión en y entre las sociedades sino que la fomentan. Tecnologías que nacen de la lógica del bricoleur y que hacen que las viejas dicotomías crecimiento/reparto que alimentaban la lógica política tengan cada vez menos realidad.
Pero la ética y la épica del bricoleur van mucho más allá. Hasta la vida cotidiana, al disfrute, el trabajo y los afectos. Vivimos en un tiempo de construir. Un tiempo que nos ha dado una llave allen a cada uno. Usémosla.
“Triunfo de lo pequeño“, ese es el I-ching del siglo.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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