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Domingo, 25 de Octubre de 2009

Democracia económica: se busca discurso

La privatización hace unos años de no pocos kibbutz generó toda una literatura de tópicos (en la que no podía faltar Gary Becker) que lo presentaron como una segunda caída del Muro de Berlín.

El cooperativismo siempre había sido incómodo a derecha y a izquierda. Para el marxismo ortodoxo, la posibilidad de organizar comunidades con otra lógica dentro del sistema minaba la necesidad de la revolución. Para los defensores del capitalismo clásico estas comunidades no podían sino representar un cuestionamiento forzoso de la naturalidad de sus instituciones.

Seguramente por eso el resurgir en esta década de un renovado movimiento kibbutzim (1 y 2), ligado a las nuevas tecnologías y con una concepción de la organización que prima la deliberación frente al asambleismo, practicamente no ha tenido bardos fuera de Israel más allá del silencioso clamor de las cifras.

Algo parecido está pasando con el movimiento cooperativo en Europa: las cifras nos hablan de resiliencia, de cohesión social y de innovación… pero aunque se alzan las voces más diversas reclamando para la organización empresarial justo aquello que la democracia económica significa, nadie toma la bandera de un discurso social global.

Ni siquiera los propios cooperativistas están asumiendo ese discurso, en parte porque escarmentados del rechazo social sufrido durante la etapa anterior les resulta preferible decir aquello de que sólo se trata de una forma jurídica más, tan respetable como cualquier otra. Y aunque las cooperativas crecen precisamente en los ramos vinculados a la tecnología y la sostenibilidad social y medioambiental, la imagen social sigue ligada a la cooperativa agraria o la fábrica decimonónica.

No es de extrañar por tanto que no aparezcan los emprendedores que la sociedad reclama. La sociedad pide y los tiempos ofrecen una nueva ética del trabajo, mientras que la imagen de lo que empresario o emprendedor significan sigue en un mapa de valores que cualquiera asocia a lo peor de cuanto nos ha llevado a la crisis actual.

Toca elaborar un nuevo discurso del emprendedurismo lindante con la lógica artesana de Julen Iturbe-Ormaetxe y no con la épica del tiburón financiero, emprendedores que piensen en hacer cosas útiles y con significado, hermosas, antes que en levantar rondas de financiación, que tengan por objetivo su comunidad y no el patético sueño de fardar con un jet privado, que piensen en aportar, no en especular.

Sí, creo que va siendo hora de convocar un nuevo Encuentro de emprendedores y empresas sobre Democracia Económica. ¿Cómo lo véis?

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Miércoles, 10 de Junio de 2009

¿Por qué las empresas son tan descarnadas?

Nunca las relaciones laborales fueron tan descarnadas como apuntan ahora en mitad de la crisis. Un trabajo (asalariado) parece ser exclusivamente un intercambio de tiempo por dinero. No hay proyecto, objetivo ni sensación de construcción común. Sólo un dinero, una tarea y un tiempo. Sólo que ese tiempo es la mayor parte del tiempo del día útil.

Siempre me llamó la atención que en el lenguaje de la izquierda y los sindicatos a aquellos representantes que se profesionalizaban más o menos temporalmente, dejando sus trabajos habituales se les llamara liberados. ¿Liberados de qué? Obvio: del trabajo asalariado. Y es cierto que trabajar en un partido o en la capa política del estado no deja de ser un empleo con un salario… pero es verdad que si hablas con los que los ejecutan, en comparación con las empresas de donde vienen por lo general se sienten liberados. La diferencia: en política, por definición, existen identidad, contextos y objetivos comunes. Trabajar tiene sentido, hacer genera significado.

Y sin duda es esto lo que busca la mayor parte de la gente que a distintos niveles se dedica profesionalmente a la política en todas sus variantes. Sin duda también es lo que ocurre en las cooperativas que cuajan y en general en las distintas formas de democracia económica.

¿Por qué? ¿Tan terribles son los empresarios que no se dan cuenta de que pueden hacer mucho más y mucho mejor? El problema seguramente -y estoy pensando en buenos amigos empresarios- es otro. Lo que la política da de suyo y hace difícil el éxito y la consolidación de cualquier coop, es precisamente la construcción previa de contextos.

Por muy abierta, democrática e inclusiva que sea cualquier organización humana, si los que la impulsan no forman comunidad, si no comparten unos contextos, conocimiento y sobre todo valores en común, se acabará convirtiendo indefectiblemente de proyecto en terreno de estrategias personales o de subgrupos.

Lo que falla es un sistema de selección de personal que oscila entre el nepotismo y la confianza en los conocidos y la selección por habilidades técnicas. En el segundo caso ya va implícita toda la sordidez del sistema: las personas como piezas indistinguibles e intercambiables, las personas despersonalizadas. En el primero se confunde el afecto o la cuadrilla, con el conocimiento que produce capacidad de innovación y proyecto común.

La gran pregunta al emprender no es el plan de negocio. La gran pregunta es junto a quién.

La gran pregunta al gestionar el crecimiento no es a quién seleccionar, sino cómo integrar.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 6:12 am | (4)

Sábado, 16 de Mayo de 2009

Deliberación, decisión y ejecución

Hablando primero con Julen, luego con nuestros amigos de los kibbutz e incluso a preguntas de dos chicas del público en Tarragona, descubro que nuestra forma de madurar decisiones no es ni mucho menos obvia. Para nosotros lo era, y de hecho ni siquiera las formas están explicadas en la e4pedia.

La idea de base es que las decisiones colectivas no se toman, se maduran. Es decir, para que cada decisión no sea una crisis, es preciso mantener una deliberación permanente.

La deliberación se articula a varios niveles:

  1. Mediante un grupo de news propio y restringido a los miembros del demos donde se abren conversaciones sobre los temas más diversos continuamente.
  2. Mediante un grupo de news que incorpora a todo nuestro Consejo de panadería donde se discuten posibilidades y oportunidades de futuro con el contraste de otros miembros de la comunidad indiana.
  3. A través de las reflexiones y debates en nuestros propios blogs (que son públicas y abiertas)
  4. A través de la conversación informal de mesa (de trabajo o de almuerzo). Si en ellas se dice algo que alguien considera valioso o que debería incorporarse al debate basta que lo diga para que se traslade al grupo de news inmediatamente.

La deliberación no se produce en el vacío. Se da en el contexto de un juego de valores y en un acerbo de discusiones pasadas que están en repaso y crítica continuas. De hecho el proceso de integración de un nuevo miembro al demos consiste en buena parte y precisamente en revivir y criticar todas esas discusiones.

La deliberación es una máquina social de creación de contextos comunes que genera por si misma muchos consensos y elimina buena parte del riesgo inhibidor de la toma de decisiones en escasez.

Pero no debemos equivocarnos: aunque un proceso deliberativo permanente genera muchos consensos y hace más fácil y compartidas las decisiones sobre la escasez, la deliberación atiende a la lógica de la abundancia y produce diversidad, no homogeneidad. Es decir se delibera en común sobre todo, sobre cualquier cosa sin esperanza ni necesidad de consenso sobre la mayoría de ellas. Sólo se decide en común sobre lo escaso -fundamentalmente lo económico- que por lo mismo exige una deliberación aún más documentada y potente.

Se delibera juntos como signo y materialización de ese gusto por estar juntos entre los que comparten una identidad que llamamos fraternidad y que delimita una comunidad.

No se delibera para no tener que decidir, se delibera para reducir el ámbito de la decisión democrática -y por tanto de la imposición en la gestión de lo económico- al mínimo, manteniendo lo más amplias posibles las fronteras de la decisión individual, fomentando la diversidad y al mismo tiempo fomentando la cohesión. Es a este equilibrio que llamamos política.

Las instituciones de la decisión

Los Exploradores Electrónicos pensamos que han cambiado muchas cosas desde los orígenes del cooperativismo hasta hoy. Si en un momento histórico determinado pudo parecer sensato separar la administración de una empresa de su control político, hoy ya no.

El nivel cultural, las posibilidades de interacción y los sistemas de gestión han evolucionado y se han abierto tanto que no cabe pensar en que los gestores sean una casta especializada y separada a la que los trabajadores controlen democraticamente desde fuera porque no pueden compartir sus conocimientos especializados.

Por el contrario, pensamos que la condición para ser socio, para entrar en el demos, ha de ser precisamente que quien se una sea sentido como un igual y que por tanto nos resulte indiferente si es quién queda encargado de la administración económica o no. Es a esto que llamamos principio de indiferencia. Si pensamos de alguien que está bien pero que no querríamos verle como representante de nuestro nodo o que simplemente no confiamos en él para tomar decisiones ejecutivas, es o bien porque no comparte nuestros valores o bien porque aún precisa ganar conocimientos. En el primer caso hay poco que hacer, en el segundo es claro que hay que invertir en herramientas de conocimiento. Pero en ninguno de los dos deberíamos admitirle por el momento en el demos.

Al volver a unir demos y gestión económica por un lado y al sostener la vida comunitaria sobre un continuo esfuerzo deliberativo las instituciones para la toma de decisiones se vuelven más sencillas y líquidas:

  1. Asambleas de metales: se convocan para coordinar tareas prácticas como proyectos, eventos, etc. y en general distribuir trabajo. Están abiertas a no socios y sirven también para plantear ideas nuevas y comenzar su deliberación.
  2. Asambleas de plata: son las asambleas propias de los socios, están en principio restringidas al demos y en ellas se consolidan los grandes consensos y decisiones; desde las inversiones o las estrategias de largo plazo (como convertirnos en grupo cooperativo) al estatuto del aprendiz pasando por la estructura financiera o la aceptación de nuevos miembros.
  3. Las gobernadoras. Administran la cotidianidad y su función específica consiste en dar coherencia a la gestión en una estrategia de desarrollo que es sana e inevitablemente personal. Tienen autonomía para decidir gastos corrientes, aceptar aprendices o contratar colaboradores y empresas externas. Juegan además el papel de una voz de comando en situaciones de crisis: sus decisiones no se discuten cuando son necesarias respuestas rápidas, sino en todo caso después e iniciando un proceso de deliberación sobre aquello que puede haber generado diferencias.

Un balance

En toda mi vida como indiano sólo recuerdo haber votado una vez. Y el resultado fue la unanimidad. La deliberación está muy bien. Recuerdo también más de una ocasión de desacuerdo con mi gobernadora, algunas muy documentadas y otras con reacciones tal vez más emocionales de lo que hubiera sido óptimo. Creo, visto desde ahora, que seguramente ella tuvo más visión que yo la mayoría de las veces. Supongo que tiene que ver con que cuando no estás como gobernador tienes menos aversión al riesgo.

En conjunto creo que el éxito de todos estos años se ha basado en un 90% en mantener y alimentar un buen proceso deliberativo, cuyos resultados y riqueza se ven bastante bien en la e4pedia y que estamos ampliando a amigos y colaboradores. El 10% restante requiere confianza en aquello que el dicho indiano resume muy bien como la mano de Dios y la cabeza de nuestras gobernadoras. Confianza que personalmente, cada día refuerzo más. De hecho más que confianza es ya agradecimiento.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 9:08 am | (2)

Lunes, 13 de Abril de 2009

El hacker en la empresa democrática

En un conocido documento titulado How to become a hacker, Eric S. Raymond enumera las cinco características que serían definitorias de la actitud hacker.

1. El mundo está lleno de problemas fascinantes por resolver.
2. Ningún problema debería tener que ser resuelto dos veces.
3. El aburrimiento y la rutina son el mal.
4. La libertad es buena.
5. La actitud no es sustitutiva de la aptitud.

Aunque se incorporó pronto a las nuevas ediciones de su famoso libro The Cathedral and the Bazaar1 este artículo fue originalmente escrito en 2005, ocho años después de la primera edición. En ese momento, los modos y valores de la cultura hacker ya han excedido con mucho el ámbito de los programadores de élite. Linux es ya entonces un movimiento social masivo con un discurso que desde el underground ha conseguido permear instituciones de todo tipo; la blogsfera -heredera de la ética del hacker descrita por Himanen2 en el ámbito de la comunicación- es ya el primer gran medio de comunicación social distribuido3.

Dicho de otro modo, este texto de Raymond es más un epitafio que un programa del viejo hackerismo estrictamente anglófono e informático, hijo del sesenta y ocho americano y de las subvenciones militares a las universidades de la Ivy League.

Y precisamente por eso el quinto punto es especialmente llamativo: La actitud no es sustitutiva de la aptitud. O dicho en los términos que usamos en este libro: las identidades no se adoptan, se desarrollan como una demostración continua. Como demuestra la experiencia de las comunidades conversacionales, un entorno de red donde el coste de cambiar de nodo o crear uno nuevo es relativamente bajo, genera un continuo bullir de comunidades e iniciativas. Un ecosistema que en expresión de William Gibson se comporta como

Un perverso experimento de darwinismo social, ideado por un investigador aburrido que mantuviese el dedo permanentemente apretado en el botón de avance rápido4.

Cuando el nivel de interacción social es tan alto, la permanencia de un nodo en el tiempo es algo valioso en si mismo. Permite afrontar proyectos a medio plazo y enmarcar el trabajo en una perspectiva vital. Y sin embargo no cabe la ilusión del puesto de trabajo. Con la información fluyendo de todos a todos, con un demos que asume la gestión colectiva, no hay lugar en la empresa que permita la invisibilidad ni que genere dependencia a la organización. Los cuellos de botella duran tanto como lo que el email que lo relata tarde en ser leido y asumido por los demás. El mundo del capitalismo que viene, es un mundo en el que, en palabras de Juan Urrutia, las rentas se disipan5.

El éxito es una proporción estadística. Cuanto más juegues, cuanto más explores, más seguro es que un aporte tuyo se una a la historia de la comunidad como parte de su identidad. No es sólo la actitud (aprender, experimentar, perseverar, hacer cosas nuevas con viejas herramientas). Se trata de tirar tantas veces los dados de tu ingenio y tu perseverancia como para que no pase una estación sin resultados, sin un nuevo concepto, un nuevo producto o una nueva mejora organizativa o administrativa. Aptitud es conocimiento. Conocimiento es interacción e inteligencia desde un contexto. Las aptitudes técnicas se subcontratan. Las aptitudes que se persiguen son aquellas que parten de mirar las herramientas disponibles de una manera nueva. Por eso se comparten porque sin compartirlas no pueden integrarse.

En este sentido, las características definitorias de la ética hacker (concepción del trabajo, valoración del dinero, liberación de la información y el conocimiento) se proyectan por agregación como parte de la identidad política de la empresa democrática. La empresa democrática pone el modo de organización técnica de la empresa al servicio del compartir información y saberes. Se deja permear por su comunidad, se promociona compartiendo y liberando ideas, herramientas y técnicas.

De ese modo el ethos del hacker se convierte en la política de la filé.


1. Eric S. Raymond, The Cathedral and the Bazaar , Oreilly, 2001.
2. Pekka Himanen, La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, Ediciones Destino, Barcelona, 2002.
3. Véase El poder de las redes
4. William Gibson, Quemando Cromo, Editorial Minotauro.
5. Juan Urrutia, El capitalismo que viene, El Cobre 2008

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Viernes, 10 de Abril de 2009

Filés: Crecer en red

Mondragón es un caso de éxito intercooperativo atípico. Basta con hacer una cata informal en cualquier federación de cooperativas de trabajo asociado para darnos cuenta de que no es el sector industrial el medio donde es más previsible la emergencia de la intercooperación.

Por el contrario, son las industrias socio-culturales (integración e intervención social, actividades culturales y de tiempo libre, formación y educación, etc.) y más recientemente el mundo vinculado al software libre, donde es más frecuente que surjan redes de cooperativas o estas lleguen a acuerdos estables entre si. Son, al fin, actividades ideológicas, con una fuerte tradición de reflexión teórica sobre su propio significado que a su vez suele enmarcarse en cosmovisiones sociales y políticas más amplias.

No deja de ser significativo que a diez años de la aparición en la ley española de la figura jurídica del grupo cooperativo, pensada para facilitar la intercooperación de una manera sencilla y flexible, este tipo de asociación haya ofrecido tan pocos resultados que ni siquiera aparezca en los informes institucionales sobre el tema1.

Donde existe comunidad, donde hay una cierta identidad común previa, la intercooperación se hace factible. O dicho de otro modo, si queremos explicar por qué no surgen comunidades de PYMEs y cooperativas en las grandes ciudades tenemos que mirar hacia cómo se socializa en ellas.

La causa última de que Mondragón sea una anomalía estaría entonces en la escasa coherencia y el pequeño tamaño de las comunidades reales en un mundo urbano cada vez menos articulado sobre espacios de socialización pública presencial. Mondragón, con su vida comarcal y vecinal, simplemente no es replicable en Madrid, Buenos Aires, Sao Paulo o Porto porque en estas ciudades el espacio físico no forma un entorno de interacción que genere identidad y conocimiento diferenciado. No es casualidad que haya más intercooperación en entornos rurales, sean agrarios o industriales, que en las grandes ciudades.

Pero volvamos una vez más, al mundo de las redes conversacionales distribuidas. La socialización en Internet toma la forma de un gran mar de flores2 cumunitarias. La misma blogsfera es un océano de identidades y conversaciones en continuo mestizaje y cambio de entre las cuales, la gran digestión social destila cada cierto tiempo grupos estables con contextos propios y conocimientos particulares.

Estas comunidades conversacionales que cristalizan, son, a partir de cierto momento de su desarrollo, protagonistas de lo que llamamos sionismo digital3: empiezan a precipitarse hacia la realidad, a generar un conocimiento mutuo entre sus miembros que las hace más importantes identitariamente para ellos que los imaginarios tradicionales de las comunidades imaginadas a las cuales se supone pertenecen (nación, clase, comunidad de fieles…), como si se tratara de una comunidad real (cuadrilla de amigos, familia, cofradía…).

De entre estas redes conversacionales, identitarias y densas, algunas empiezan a generar un metabolismo económico propio y con él un demos diferenciado -tal vez varios- que hacen suyo el objetivo de alimentar la autonomía de la comunidad misma. Son aquellas que llamamos neovenecianistas. Nacidas de la blogsfera, son herederas de la ética hacker del trabajo4 y se mueven en el mundo conceptual, tendente a la democracia económica, de la primera parte de este libro.

A diferencia del cooperativismo tradicional, al no nacer de comunidades reales basadas en la cercanía, su ligazón con lo local no es generadora de identidad. En la fundación de Exploradores Electrónicos, por ejemplo, hay residentes en dos países y tres comunidades autónomas que parten con dos empresas fundadas a cientos de kilómetros una de otra.

En la comunidad conversacional surgida del Encuentro sobre Democracia Económica que citábamos antes, se estableció y continua hoy un debate virtual entre una treintena de personas que parten de pequeños demos-empresa cuyas sedes están repartidas entre cinco comunidades autónomas españolas diferentes, eso sin desdeñar que en el grupo también participa el líder de una pequeña empresa de Concepción, en Chile.

Aún es pronto para saber si esta conversación en concreto servirá para formar una red de intercooperación, pero parece claro que se orienta conscientemente según un patrón que ya está inculturado: el establecimiento de comunidades conversacionales en las que la experimentación, el juego, la teorización y las oportunidades comerciales se mezclan en una única idea de comunidad que es ajena a fronteras territoriales y que incluso valora ese tipo de diversidad como parte de lo que la red aporta a cada cual.

A través de este tipo de experiencias podemos entrever el escenario de las filés del futuro: comunidades identitarias con un metabolismo económico propio, basadas en un sistema democrático interno y envueltas por una red de otras comunidades similares en metaidentidades conversacionales que son a la vez, espacios de comercio, innovación y generación de conocimiento.

Nuevas venecias tejiendo nuevas hansas. Nuevos mapas para un mundo relacional ajeno a los territorios. Si al viejo mundo del telégrafo y la nación correspondía el microcosmos de la empresa jerárquica, la filé, una forma de democracia económica, emerge con naturalidad de este mundo de redes distribuidas e Internet.

Su superioridad surge precisamente de no necesitar ser la forma hegemónica de ningún mercado tanto como de ese saber cómo no crecer que reclamaba Julen Iturbe. Lógica de la abundancia: con que sea bueno para nosotros, basta, aseguraba en la lista de correo de la red de empresas por la democracia económica uno de sus miembros.

El futuro no es de nadie, pero seguramente tenga un espacio para las redes de democracias económicas, para los magmas comunitarios, más cómodo, más en sintonía con el entorno social, histórico y tecnológico que el de las grandes corporaciones.


1. Por ejemplo el reciente Estudio Diagnóstico sobre la Intercooperación empresarial y fortalecimiento del liderazgo de mujeres en la Economía Social, ejecutado por AMECOOP, correspondiente al Plan Avanza del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio y cofinanciado por el Fondo Social Europeo. Disponible en http://amecoop.es/article102.html

2. http://exploradoreselectronicos.net/e4pedia/Mar_de_flores

3. Véase De las naciones a las redes, op. cit.

4. Véase El poder de las redes, op. cit.

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Jueves, 9 de Abril de 2009

Mondragón: Crecer desde la tierra

En Historia de una experiencia1, un libro electrónico publicado por Mondragón Corporación Cooperativa contando su propia evolución, llama la atención descubrir como desde 1956 a 1970 hubo decenas de cooperativas, pero no realmente un grupo industrial articulado.

En 1970, 14 años después de arrancar, eran ya 40 cooperativas que en conjunto empleaban a 8.743 personas y facturaban 7.059 millones de pesetas de la época. Se habla ya sin embargo de Mondragón y el Alto Deba como un modelo social y económico propio, impulsado desde la División Empresarial de Caja Laboral, fundada a sugerencia de Arizmendarrieta en1959. Esta división estaba dedicada impulsar y financiar nuevas cooperativas, muchas de ellas encabezadas por alumnos de la escuela politécnica fundada en 1943 como Escuela profesional.

A esta urdimbre primitiva se había sumado, también en 1959, Lagun-Aro, el fondo de pensiones -de hecho todo un sistema de Seguridad Social alternativo- con el que los cooperativistas responden a la negativa del estado a reconocerles la cobertura reservada a los trabajadores por cuenta ajena.

En conjunto, el sistema creado por Arizmendarrieta estaba formado por una serie de nodos independientes coordinados por una estructura formativa común y un sistema financiero propio que captaba recursos del ahorro no sólo de los cooperativistas sino de la propia zona. Esta relación con el territorio determinara la forma misma de crecimiento de la estructura.

Merece la pena destacar la proliferación de grupos de personas preocupados por el desarrollo de su pueblo o comarca que se acercan a la organización con objeto de estudiar la búsqueda de productos que, tras el correspondiente estudio de viabilidad, concluyen en la constitución de una cooperativa.

En los términos que hemos definido en los capítulos anteriores estaríamos ante una comunidad definida o al menos limitada territorialmente, con distintos demos cooperativos que compartían referencias comunes y sobre todo un itinerario de formación común. El demos y la comunidad están tan definidos en términos territoriales, que las primeras formas de intercooperación serán los grupos comarcales, demostrando una tendencia al crecimiento y la intercooperación espontánea basada en la proximidad física.

En los primeros 20 años de Mondragón, la cooperativa representaba casi exactamente lo que el demos en la democracia griega: una comunidad real de iguales a la hora de decidir, ligada a un territorio físico a través de la coordinación con los otros pequeños demos que lo ocupaban y a cuyos miembros se conocía de toda la vida pues eran también vecinos, cuando no familiares más o menos cercanos.

Esta forma de crecimiento resultaba tremendamente cohesiva, con formas informales de coordinación rápidas y efectivas. Así, aunque invisible institucionalmente, el tejido impulsado por Arizmendarrieta sería capaz de reaccionar con tanta decisión como capacidad innovadora a los estragos de la crisis de principios de los ochenta, convirtiendo el conjunto de nodos independientes en una gran confederación que tomará por primera vez una forma institucional global en 1984.

Pero este movimiento resultará contradictorio, pues la racionalización corporativa no podía acabar sino imponiendo su propia lógica. Cuando en los 90 se encare la corporativización del grupo, organizándolo sectorial en vez de comarcalmente, las resistencias serán extremadamente duras:

La lógica de la organización sectorial encontró fuertes resistencias, porque la propuesta implicaba una evidente dureza al modificar relaciones personales y societarias fuertemente arraigadas a lo largo de los años. La peor de las consecuencias fue la separación de algunas cooperativas que consideraron insatisfactorio el nuevo modelo organizativo.

En el Encuentro sobre Democracia Económica que mantuvimos en Madrid en marzo de 2009, Julen Iturbe, un conocido consultor y tecnólogo ex-socio de Mondragón nos sorprendió a todos con la frase

La clave es aprender a no crecer

Expresaba seguramente con ella buena parte de la insatisfacción que generó históricamente la pérdida del criterio de proximidad y la angustia de compartir un demos más amplio con gente a la que no se conocía y que de hecho estaba cada vez más lejos físicamente, cuando no culturalmente.

La salida de la corporación en 2008 de Ampo e Irizar, la segunda empresa europea del sector de autocares, ha sido entendida por muchos como una pérdida de solidaridad o cuando menos como producto de la erosión de la fraternidad dentro del grupo2. Pero en realidad, si se escucha a los protagonistas3 lo que se percibe es más profundo: ausencia de comunidad. La organización sectorializada no ha conseguido suplir la cercanía de los orígenes comarcales y los modelos de gestión y de vida se han separado. Comentaba un cooperativista de Irizar:

A mí me ha costado mucho porque hace años, cuando la crisis, me llevaron a trabajar a una cooperativa de Mondragón. Pero ahora su forma de funcionamiento es muy diferente a la nuestra, muy piramidal, y nosotros necesitamos ser rápidos.

Aunque MCC había creado una división específica para lrizar, Ampo y Ugola -las tres cooperativas que seguían el modelo de liderazgo compartido- la ruptura de la comunidad y por tanto de la identidad que sostiene la intercooperación tenía que acabar como partitogénesis empresarial. En palabras del gestor actual de Irizar:

Nosotros lo que hacemos es desarrollar las ideas de abajo a arriba, desde las personas hacia los que tenemos que liderar, y no imponernos. Este modelo hace que seamos más rápidos y flexibles. Siempre que estamos fuera de nuestro modelo, nos sentimos incómodos

El conjunto de cooperativas de Mondragón, dentro o fuera de MCC, ha sido el primero en enfrentarse a muchos nuevos problemas derivados del crecimiento: desde la superación del modelo de identidad territorial a la formación de culturas organizativas -esto es, identidades- diferentes en el seno de la actual corporación.

Al fin, la clave de la intercooperación y del desarrollo de tejidos societarios de soporte mutuo es gestionar el crecimiento comunitario y la multiplicidad de demos sin que la interacción se degrade. Si la interacción intra e intercomunitaria se desgasta, la identidad se desvanezcerá o la comunidad se romperá.


1. http://www.mcc.es/esp/quienessomos/historiaMCC_esp.pdf
2. All in this together: How is the co-operative model coping with the recession?, The Economist 26 de marzo de 2009. Disponible en http://www.economist.com/business/displaystory.cfm?story_id=13381546
3. Irizar decide desligarse del Grupo Mondragón con el 75% de los votos, Diario Vasco, 30.05.08

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Miércoles, 8 de Abril de 2009

Dentro y fuera, arriba y abajo

Separación entre el demos y la comunidad, entre la comunidad y el mercado. Distinción entre aprendices, colaboradores y socios. Reapropiación del gusto por las ceremonias, por la separación de espacios de los viejos gremios, artes y cofradías… Tras haber partido del rechazo a las jerarquías ¿no estaremos reinventándolas?

La respuesta es fácil y compleja a un tiempo: no es lo mismo arriba que dentro, abajo que fuera. Definir los límites de la comunidad con claridad es el mejor antídoto contra su jerarquización. Separar y distinguir el entorno de decisión del de deliberación -que puede ser mucho más amplio- y establecer claramente los cauces que permiten transitar de uno a otro, es la única manera sensata de evitar los destrozos de un falso igualitarismo. No todo el mundo tiene por qué estar en el demos de la misma comunidad. Al contrario, la dispersión, el desarrollo de la diversidad en forma de múltiples comunidades y aún más demos, es la única garantía final de la existencia y pervivencia de un espacio de libertad sostenible en el tiempo.

Es curioso que esto ocurriera también en el choque del mundo de los gremios y el emergente universo intelectual de la burguesía. En la enseñanza básica nos enseñaron ya que los gremios eran odiosos por su jerarquización, un viejo discurso de la fábrica contra el el taller artesanal que hoy nos parece cuando menos, cínico.

Incluso cuando los valores de la Modernidad se reapropiaron de las formas gremiales a través de sociedades especulativas como la masonería o la carbonería, los interesados respondieron con naturalidad que:

Los Grados de Aprendiz, Compañero y Maestro representan el avance en el conocimiento y no una jerarquía de imposición de ordenes y autoridad como en un ejército.

De hecho, como hemos visto, es la confusión de los espacios de fraternidad e igualdad lo que convierte a la libertad en utopía en vez de en derecho garantizable. En el demos, donde la libertad es un derecho real y está garantizada sobre el principio de indiferencia, que es la definición tangible de la igualdad política y económica, no sólo la libertad sino la propia igualdad se profundiza.

Aparece la figura que Juan Urrutia1 ha llamado el pluriespecialista, un miembro típico del demos de una democracia económica en el mundo de las redes distribuidas. Un profesional que contaminado desde muchos lados, en comunicación con muchas fuentes, rechaza el desarrollo personal como especialización y entiende su propio itinerario vital como un aprender continuo no limitado a un campo. En la práctica como una sucesión de saberes, de aprendizajes en el seno de la comunidad. Porque siguiendo una vieja profecía utópica marxiana, la igualdad real del demos en realidad consiste en la asunción de que:

cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos

A los que sólo han conociddo la experiencia de las empresas tradicionales les seguirá sonando como pura lírica, sin materialidad. En cambio, a los que han podido experimentar la puesta en marcha de un grupo cooperativo o de una empresa tecnológica de base democrática les evocará situaciones cotidianas. De hecho, con las productividades y el grado de formación medio actual, es casi la tendencia espontánea… si no existieran las rigideces corporativas habituales. Juan Manuel Almodovar, un joven emprendedor y cabeza de una cooperativa tecnológica con sede en Alicante, comenta:

Cuando la empresa es de todos, cada uno se siente mejor cuando los demás le dejan de aplicar el corsé de “ingeniero”, “diseñador” o lo que toque. Parece que el desarrollo personal entonces es libre de “eso que se espera de ti”… y nos empezamos a permitir flirteos con otras disciplinas, entonces intuimos que tarde o temprano las habilidades en abanico del ingeniero-poeta y la diseñadora-programadora nos serán más útiles a la comunidad que las del que sabe cada vez más, de cada vez menos. ¡La especialización es para los insectos!

La clave está en pensar desde la abundancia, desde la diversidad: cualquier cosa que hoy parece un juego, un experimento, un hobby, mañana puede ser un producto rentable para la comunidad si la comunidad está acostumbrada a digerir la innovación como parte de su metabolismo.

Como Bruce Sterling relata en un inspirador diálogo de Islas en la red2:

-¿… una especie de directora de hotel?
-En Rizome no tenemos trabajos, doctor Razak. Sólo cosas que hacer y personas que las hacen.
-Mis estimados colegas del Partido de Innovación Popular podría llamar a esto ineficiente.
-Bueno, nuestra idea de la eficiencia tiene más que ver con la realización personal que con, hum, las posesiones materiales
-Tengo entendido que un amplio número de empleados de Rizome no trabajan en absoluto.
-Bueno, nos oocupamos de los nuestros. Por supuesto mucha parte de esta actividad se haya fuera de la economía del dinero. Una ecnomía invisible que no es cuantificable en dólares.
-En ecus, querrá decir
-Sí, lo siento. Como el trabajo del hogar: ustedes no pagan ningún dinero por hacerlo, pero así es como sobrevive la familia, ¿no? Sólo porque no sea un banco no quiere decir que no exista. Un inciso, no somos empleados de, sino asociados.
-En otras palabras, su línea de fondo es alegría lúdica antes que beneficio. Han reemplazado ustedes el trabajo, el humillante espectro de la producción forzada, por una serie de variados pasatiempos como juegos. Y reemplazado la motivación de la codicia con una red de lazos sociales, reforzados por una estructura electiva de poder.
-Sí, creo que sí…, si comprendo sus definiciones.
-¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que eliminen enteramente el trabajo?

Basta con tomarnos en serio a nosotros mismos, con aprovechar el poder de las redes sociales. Basta con parar por un minuto y preguntarse si viejos implícitos como la jerarquía o su reverso -la especialización- son de verdad indispensables hoy con el inmenso potencial, la sorprendente productividad, de la cooperación en en red.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 5:34 pm | (4)

Martes, 7 de Abril de 2009

La libertad en el demos

Por eso, una consecuencia directa del principio de indiferencia es que el demos es un entorno óptimo para la toma de decisiones. Si nos paramos a pensar, un entorno en el que consideramos a los demás como mínimo igual de capaces o cuando menos igual de fiables que nosotros, daría a las discusiones que preceden a una toma de decisión más oportunidades a la sinceridad y menos hueco al prejuicio.

El demos es el núcleo de la comunidad que se proyecta en el mercado. Está definido por la igualdad, pero también por la fraternidad de la comunidad en la que se incluye. Para mantenerse, sin embargo, requiere una profundización de la libertad personal. O al menos eso es lo que piensan los Exploradores Electrónicos, que han hecho del derecho de segregación una de sus señas de identidad.

Una de las ideas fuerza de la teorización de la filé nacía de la crítica de las comunidades conversacionales. Estas, al no integrarse en el metabolismo económico cotidiano, no podían generar identidades que explicaran la relación entre las personas y el espacio económico que sustentaba su vida. Las comunidades conversacionales tendrían por tanto siempre, identidades delegadas, subsumidas en el viejo mundo y serían desgarradas por sus conflictos.

Por otro lado, arguían los Exploradores, cualquier relación de dependencia económica esteriliza el debate y la conversación. Empleador y empleado no pueden formar parte del mismo demos. Para llegar a la democracia económica la propiedad de la empresa tiene que residir en el demos. Pero por otro lado, si salir o separarnos de una comunidad nos lleva nuestro bienestar por delante, ¿cabe el debate libre?

Se trataba de tirar el agua sucia de la bañera, salvando al niño. Se trataba de imaginar cómo nuestra comunidad podía generar una economía sin que esa misma economía la sometiera. Y así llegamos al derecho a segregación como eslabón fundamental entre los dos planos: comunidad y economía democrática.

En realidad, el derecho de segregación en el ordenamiento de Exploradores Electrónicos tiene dos significados concretos distintos:

  1. El derecho a la segregación interna, creando una nueva empresa dentro del grupo que participe de la misma comunidad
  2. El derecho a la segregación hacia fuera, que garantiza a cada miembro del demos, en caso de abandonar la comunidad, un capital suficiente para poder establecerse como empresario independiente.

Para ello, instituyeron un fondo anual, alimentado por las empresas y destinado a generar nuevos nodos.

Si no sientes que lo que haces como trabajo te hace aprender cosas nuevas o simplemente sientes la presión homogeneizadora de tu entorno directo -tu nodo- siempre puedes emprender la formación de un nuevo nodo acorde con tus necesidades; eso sí, tienes que encontrar al menos a dos personas más que quieran emprender contigo porque si no la ley no te deja formar cooperativa

De este modo, la segregación hacia dentro estaría garantizada -e incluso fomentada- por el conjunto de comunidad, consciente de que cuanto mayor sea la diversidad de nuestras actividades económicas mayores serán las posibilidades de la red en su conjunto En otras palabras: el conjunto de nodos ahorra en el grupo cooperativo para garantizar la libertad de segregación que dará lugar a nuevas iniciativas.

Por otro lado, al ser las empresas del grupo cooperativas, fijan una aportación individual mensual suficiente como para que cuando alguien quiera marchar de la red en su conjunto, se vaya con un pequeño capital suficiente como para establecerse. El derecho de llevarte tu participación original cuando abandonas una coperativa es un derecho legal reconocido en practicamente todo el mundo. En España además, esta aportación no tiene por qué ser hecha de una vez, el cooperativista puede ir pagándola a lo largo del tiempo con lo que cobra de la propia cooperativa. Es decir, los miembros ahorran en sus nodos como forma de asegurar de forma efectiva su derecho a la segregación hacia fuera de la red.

La segregación hacia dentro, la formación de nuevos nodos, se convierte en el hecho articulador de nuestros nodos, y por tanto del conjunto de nuestra vida económica. Segregarse para formar otra empresa del grupo no sólo no está mal visto, sino que está incentivado y es visto como un aporte. Segregarse es una forma de construir y aumentar la diversidad.

No se trata tan sólo de una forma de incentivar la innovación y la diversificación de actividades. Es una expresión interesante de cómo conforme nos movemos del entorno de mercado hacia el demos -el corazón de la comunidad- reclama ser profundizada haciéndose cada vez más efectiva, pasando de una libertad personal (a marchar, a crear una nueva empresa o comunidad) a un derecho garantizado por la propia ordenación de la democracia económica.

Es la máxima libertad la que cuenta con garantías económicas para poder materializarse, la que consolida el demos. Si alguien se sintiera atrapado, siquiera por su propio bienestar, no podría considerarse plenamente un igual. Al revés que las sectas, el demos es exigente para entrar pero tiene las puertas abiertas para salir.

Sin embargo esto quiere decir que un demos no pueda ser abierto si por abierto no queremos decir que se puede ser miembro sin haber existido una interacción prolongada en el tiempo, que asegure contextos comunes y sustente un cierto conocimiento mutuo. Como decíamos, una comunidad no es sólo un conjunto de elegibles ni sólo un grupo de toma de decisiones. Una comunidad es sobre todo y ante todo deliberación.

¿Cómo se pasa de la fraternidad de un entorno de deliberación a la igualdad de un entorno de decisión? Los viejos gremios y artes, desde la época romana al siglo XVIII, sus rituales y sistema de aprendizaje tenían precisamente como fin institucionalizar el tránsito de lo fraterno a lo igualitario en la trayectoria de sus miembros.

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Lunes, 6 de Abril de 2009

Las pilares de la comunidad (actualizado)

La e4pedia define comunidad como:

cualquier cluster o red social perfectamente distribuida, es decir donde todos los miembros se relacionan con todos los demás, en un ámbito no jerárquico, que comparta una interacción sostenida en el tiempo sobre la cual se desarrolla una identidad

Como comentábamos, aunque las comunidades puedan articularse en torno a un tema, una empresa o una persona, ni se crean artificialmente ni, en principio, han de tener una finalidad. Las comunidades son redes distribuidas y por tanto están definidas sobre la interacción, no sobre la participación (se participa en lo de otros se interactúa con otros).

Lo esencial para la existencia de una comunidad no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), que en las comunidades conversacionales implican generalmente o la ausencia de comunidad o la generación artificial de escasez, sino una interacción lo suficientemente potente como para que emerja espontánea y sostenidamente una identidad.

A partir de ahí, la comunidad se estratifica por si misma en dos niveles: los que participan de la identidad comunitaria en un ámbito de fraternidad y los que definen esa identidad desde una igualdad previa, el demos comunitario.

Es decir, toda comunidad se definirá en un espacio social (Internet en las comunidades conversacionales o el mercado en las empresas) que vendrá definido para cada uno de nosotros por el grado de libertad existente para saltar de un nodo a otro o para crear nuevos nodos.

La comunidad se sostiene sobre la fraternidad que distingue a los que estan juntos en una interacción social y comparten una identidad común, que parte de la idea de que somos compañeros porque participamos en la misma conversación.

Dentro de la comunidad, existe un subconjunto definido sobre la igualdad, el demos, que se basa en la idea de que no somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que formamos una asamblea específica porque nos reconocemos previamente como iguales

En la práctica de la democracia económica esta estratificación implica distinguir con claridad espacios y conceptos. Una empresa ha de estar en propiedad y ser gestionada por su demos, porque es el núcleo de la comunidad quién al consolidarse la interacción definirá los límites y el crecimiento de la identidad común.

Hacer crecer el número de miembros sin que los socios realmente se consideren iguales entre si, sin que se sientan indiferentes respecto a quién ejerce la gestión de entre ellos, no fortalece, sino que debilita.

Por eso no es que la democracia económica tienda al igualitarismo o muera, es que o parte de la asunción de una igualdad previa en su núcleo original o colapsará abriendo un ciclo de luchas internas por la definición identitaria. Son las bien conocidas guerras internas que sacuden a tantas iniciativas sociales, proyectos y cooperativas en su juventud y que acaban, por cierto, con la mayoría de ellas, bien por explosión y salida de sus miembros, bien por jerarquización artificial.

Tanto un caso como el otro son producto de una definición insuficiente del demos, normalmente producto del pudor que produce reconocer que no todos somos iguales para todo y menos aún en la gestión de la convivencia que supone una identidad compartida. Cuando una comunidad emerge, si esto no es clarificado, los resultados acaban indefectiblemente siendo dramáticos: el demos intentará separarse bajo la forma de una jerarquía -con lo que se matará a su entorno como comunidad- o diferentes demos intentarán imponerse como definitorios de la identidad colectiva deslegitimando al resto. En cambio, cuando el demos está bien establecido esa igualdad interna se proyectará como fraternidad en la vida y el entorno de participación de la comunidad.

Alrededor de ese demos se extiende el resto de la comunidad: aprendices, colaboradores externos e incluso aquellos que participan de su conversación desde una identidad común, ya sean inspiradores intelectuales o amigos que aportan capital e ideas al modo de los miembros colaboradores de una cooperativa.

Con ellos acaba la frontera de la comunidad que no es otra que la frontera del nosotros, todos aquellos que hablan desde una identidad común. Por eso, en la lógica de la intercooperación empresas o grupos cooperativos de valores similares podrían compartir comunidad y participar de un lenguaje, identidad e intereses comunes. Este es un espacio de fraternidad, articulado por lo que Juan Urrutia llamaba el gusto por estar juntos y cimentado sobre el reconocimiento mutuo, esto es, por la identidad.

Más allá, clientes y proveedores no forman parte de la comunidad, sino parte de un espacio social común, en principio el mercado. Ese espacio está definido para cada uno de los nodos por el grado de libertad que tiene a la hora de vender y comprar, pero también para cada persona por la libertad efectiva de la que disfruta a la hora de abandonar un nodo, sumarse a otro o crear uno nuevo.

Separar claramente los espacios de libertad, fraternidad e igualdad y quienes participan de cada uno de ellos es la clave del funcionamiento comunitario.

Demos: el espacio de la igualdad

Originalmente el demos era algo relativamente similar a lo que una parroquia es en la ordenación territorial gallega, pero con la reforma democrática de Clístenes el δῆμος, se convirtió en la división básica de la organización social, una micropolis formada por la comunidad real que rodeaba a cada persona.

El demos entregaba a sus miembros una Pinakia, una pieza de bronce con su nombre y el del demos. La Pinakia, una pequeña placa de bronce, era señal de pertenencia y garantizaba el reconocimiento del portador como ciudadano por el resto de los demos, es decir, por la polis como un todo.

Sin la Pinakia no se podía ser elegido para cargo alguno, por eso, el demos es utilizado hoy como sinónimo del grupo de personas que en una organización tienen ciudadanía plena. Pero lo realmente interesante es el cómo. El demos es algo mucho más profundo que una lista de elegibles.

El sistema democrático ateniense no estaba basado en la representación y la votación sino en la elección por azar: para poder desempeñar un cargo público un ciudadano debía introducir su Pinakia en la ranura que eligiera de una matriz llamada kleroterion. El kleroterion dejaba salir bolas blancas o negras en función de la casilla elegida. Si al introducir la tarjeta se obtenía una bola negra, el ciudadano recibía el cargo o la tarea como encomienda.

Pertenecer a un demos era pues sinónimo de alcanzar los derechos -y deberes- plenos de ciudadanía, pero lo que es más importante, al aceptar a alguien en nuestro demos, aceptábamos que en cualquier momento podía acceder a cualquier cargo por importante que fuera con independencia de que la mayoría de los miembros de la comunidad prefiriesen a otra persona para él.

Es decir, aceptar la incorporación de otro ciudadano al demos suponía aceptar su igualdad efectiva con nosotros, pues implicaba declarar que, con independencia de sus posiciones políticas concretas, a cualquier ciudadano le resultaba indiferente que ejerciera cualquier posición pública.

El demos implica un altro grado de identidad porque se basa en realidad en el principio de indiferencia: considerarme parte de un demos significa que soy indiferente sobre quién de los otros miembros realice cualquier tarea de representación o administración de la comunidad aunque afecte a mi seguridad o bienestar. Por eso originalmente democracia evocaba sorteo y no elección.

El demos por tanto implica no sólo identidad sino confianza, entendida como la expectativa de que, por haber unos contextos comunes, experiencias comunes generen conocimiento similar. Por ello no puede existir un auténtico demos fuera de la comunidad real. En la comunidad imaginada el conocimiento que tenemos de los otros es abstracto y realmente no aplica el principio de indiferencia, por eso la democracia en el estado nacional está basada en la elección y el proceso de determinación de mayorías.

¿Tiene sentido funcionar con la lógica y limitaciones de la comunidad imaginada en comunidades reales? Si lo pensamos, una empresa que funcione como democracia económica debería estar basada en el principio de indiferencia: todo irá bien si dentro del demos de los socios en principio soy indiferente respecto a quién se encargue de la representación o la administración de las cuentas de la comunidad.

(Continuará)

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Viernes, 3 de Abril de 2009

Empresas con comunidad, comunidad con empresas

Una empresa es una gran máquina social. No fueron diseñadas ni organizadas para adaptarse, sino para ejecutar eficazmente un programa. Un programa que nos convertía en banco o en consultora, en suministradora eléctrica u organizadora de sorteos.

En el límite el modelo de las franquicias: el conocimiento es externo, se licencia y cuanto queda a las personas es cumplir su papel tal cual es descrito en los manuales, instrucciones y protocolos enviados desde la central. Empresa-hardware, conocimiento-software, personas-energía.

Como en las buenas máquinas de la edad mecánica, los valores, la estética corporativa y los propios edificios reclamaban solidez. Su agilidad se medía en tiempos de proceso y su eficiencia en la capacidad para focalizar, para centrase y especializarse. Y así como era en el conjunto, era para cada uno de sus trabajadores.

El mundo de las empresas de la vieja era mecánica era un mundo ordenado, con ámbitos bien definidos para cada uno y para la empresa en si. Las empresas eran, recordémoslo, nacionales.

Y cuando se internacionalizaron intentaron mantener la lógica tradicional. Pero la lógica tradicional era aditiva. El beneficio directo de la expansión era hacer lo mismo en más sitios. Si había un factor de crecimiento del valor generado era el derivado de aportar mejores técnicas de gestión sobre una máquina más y beneficiarse de un contexto de crecimiento tal vez mayor.

Pero los auténticos beneficios no podían estar ahí. Sobre todo cuando, al consolidarse organizativamente, los niveles de excelencia se igualaban entre las distintas filiales. Los beneficios se intuían en el mestizaje, en el injerto de experiencias en contextos nuevos. Pero las máquinas no tienen economías de red de conocimiento.

La reingeniería, la reorganización de procesos, que antes se vendía a las empresas como solución a las necesidades de adaptación, pasó a orientarse a la formación de comunidades de conocimiento interno, a la apropiación por la organización del conocimiento que vivía en sus propios rincones, lo cual, en teoría, debería nutrirse y alentar el paso de la internacionalización a la transnacionalización que ya hacía emerger las primeras formas neovenecianas1.

Pero cuando una tendencia se convierte eslogan, las palabras empiezan a nominar deseos y por lo general a maquillar más que describir. A partir de 2005 todo eran comunidades. Cualquiera con una base de datos, un listado de socios o una nómina de trabajadores decía tener una.

Empezamos a oir continuamente la queja mi comunidad no participa. Nadie parece darse cuente de que se trata de un oximoron. Si no hay interacción, simplemente es porque no hay comunidad… eso si, la máquina dió su propia solución burocrática, tan inutil como pomposa: la figura del Community Manager2.

  • El conjunto de usuarios de un servicio no forma una comunidad. Para que un grupo de personas formen una comunidad tiene que existir una identidad común, una definición clara de quien forma el demos y un conocimiento mutuo entre ellos (tienen que formar una red distribuida). Luego la comunidad podrá crecer, pero lo que es claro es que las comunidades humanas no se forman alrededor de servicios y aún menos alrededor de webs.
  • Las comunidades usan los servicios, no se definen por ellos. Del mismo modo que no hay una comunidad de usuarios de la seguridad social o del transporte público, no hay una comunidad de usuarios de feevy, flickr, blogger ni de nada que podamos crear, siquiera sea pensando en un perfil muy determinado.
  • Participar no es lo mismo que interactuar. La interactividad entre sus miembros puede ser una medida de la potencia de una comunidad o de lo adecuado de un servicio para una red concreta, pero no tiene nada que ver con participar. Se interactúa con los otros, se participa de las ofertas del anfitrión. Interactuar tiene lógica distribuida, participar tiene lógica centralizada. Al interactuar somos dueños, al participar somos seguidores. La cultura de la participación no tiene nada que ver con el modo de vida de la interacción. La obsesión por las votaciones no sólo puede suponer generación artificial de escasez, lo que queda lejos de la lógica comunitaria.
  • Votar sirve para resolver conflictos… y para nada más. Los mecanismos de votación son la esencia de lo participativo: participas de lo de otros, no lo haces tuyo, no interactúas con otros, no se genera una experiencia vital común que fortalezca los lazos con otros. Si votar es nuestra forma de relacionarnos con los otros, esos otros nunca tendrán cara y nombre propio para nosotros. Votar aliena de la relación humana interpersonal: no genera ni fortalece a la comunidad, al contrario, la representa frente a la persona como algo abstracto y ajeno.No olvidemos que en una comunidad lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.
  • Las plataformas triunfan o fracasan en relación a una comunidad, no en abstracto. Si tengo una comunidad como Exploradores, una pequeña red de iguales que se conocen e interactúan todos los días, discutiendo, cambiando mensajes y enlaces entre si y abro un servicio como marcaprensa para facilitarles lo que ya hacen, lo más probable es que triunfe. ¿Pero qué quiere decir triunfo en este contexto? Simplemente que les sea útil para interactuar entre ellos. La expectativa no es tener muchos usuarios, encuadrar gente, crear cercos poniendo un sello de ganadería… el objetivo es servir al desarrollo de una interacción que ya existía previamente. Si nuestro sitio de enlaces de repente gana muchos usuarios nuevos, gente que lo prueba y lo usa para si o para compartir con su red, pero no convence o no es usado por los miembros de Exploradores… el servicio habrá fracasado.
  • La gente no existe. Las cosas no se hacen para la gente, no existe un demos que sea la gente. Si abrimos un espacio para la gente o invitamos a votar o decidir un tema a la gente estaremos en realidad invitando a cualquier grupo o red previamente organizada a presentar sus intereses o sus miradas como las del conjunto social, cuando no a reventar los límites de una comunidad realmente existente. Es la trampa habitual del la generación de escasez. No definir el demos es la forma más típica de presentar como comunitario y democrático lo que en realidad es todo lo contrario. ¿Ejemplos? Abrir a la gente en general las votaciones sobre el futuro Monopoly o sobre el representante a enviar a Eurovisión produce resultados paradójicos porque lo que estamos es precisamente reventando los límites del demos de los jugadores de monopoly o los fans de Eurovisión.
  • Una comunidad no es un tema de interés. Ofrecer servicios o contenidos para un determinado perfil de intereses no genera una comunidad. Todo lo más atrae a una -o con suerte- varias comunidades ya existentes… aunque seguramente no las integre.
  • Las comunidades no nacen artificialmente simplemente porque se nos ocurrió hacerles una plataforma. Si queremos crear una comunidad no nos pongamos a crear servicios porque no funcionará. Los servicios sirven a una comunidad, no la generan. Crear una comunidad es construir una identidad. Tiene que ver con valores y experiencias compartidas. Algo que se desarrolla y crece con la interacción. Es entonces cuando los servicios son útiles, pero no antes. ¿Quieres crear una comunidad? Vuelve al off-line o encuentra una causa puntual tan potente que tras hacer una campaña virtual sus protagonistas se sientan emocional e intelectualmente tan ligados entre si como para querer seguir haciendo cosas juntos todos los días.
  • En La Residencia, un clásico de terror firmado por Narciso Ibañez Serrador en 1969, un asesino en serie descuartiza a sus víctimas buscando construir, con lo mejor de cada una, a la mujer que añora. Piensa que una vez estén juntas todas las piezas, el sanguinoliento rompecabezas tomará vida por si mismo. Hoy la película podría entenderse como una metáfora de muchas iniciativas corporativas.

    Igual que el asesino de Ibañez Serrador, ya no estamos ante una máquina social, sino ante un ser vivo social. Un grupo de personas conforma una red cuando hay flujos entre ellas. Si los flujos no existen, no hay red.

    Introducir la vida, la espontaneidad de la vida, en una máquina no es ni mucho menos evidente, no basta con juntar gente, no es suficiente con dotarse de herramientas tecnológicas. Para poder crear vida social, para alumbrar una comunidad, hace falta una ingeniería más compleja. Un bioquímico, no un forense.

    Por eso, aunque pueda ser catártico enfurruñarse y decir barbaridades para que las coreen los hooligans, no resulta lógico ni inteligente rechazar la innovación, en especial la innovación organizativa, sólo porque en nuestros intentos la hayamos hecho mal una y otra vez y no aportara nada salvo pérdidas. La innovación no va de grandes marcas y mensajes vacíos. Va de saber replantearse la organización en su contexto histórico, escucharla y respetarla como a un ser vivo… Para innovar no hay que temer a la transparencia, hay que saber desarrollarse en ella.

    Este es el mensaje de una nueva generación de pequeñas consultoras que aparecen como setas por el mundo. Un ejemplo que ha tenido cierto eco en la red ha sido el de Worldblu, una empresa norteamericana dedicada a asesorar empresas sobre como incorporar a estas mecanismos y modos de democracia económica. Su mera existencia es significativa del nuevo tipo de demandas que las empresas comenzaron a hacer aún antes del estallido de la crisis financiera de 2008.

    El discurso de Worldblu es llamativo por cuanto afirma que democracia económica no es consenso para todo sino conversación. En esta afirmación hay una intuición de la separación de planos entre comunidad (que es red distribuida, deliberativa, donde opera la lógica de la abundancia y por tanto vive en plurarquía) y la actividad económica colectiva donde existe irremediablemente escasez y para la que por tanto la democracia económica es una alternativa práctica, útil y enriquecedora a la toma de decisiones de arriba a abajo.

    Esta separación entre el ámbito de la organización de la comunidad -plurarquía- y el de la gestión comunitaria de la escasez -democracia- aunque sea para decir que la segunda no es necesaria para que una empresa se llame democracia, no deja de reproducir la distinción de espacios en la que se basa la filé y que ya habíamos observado incluso entre los muridíes.

    En realidad la búsqueda de la comunidad por las empresas transnacionales, el llamado neovenecianismo1 y la construcción de empresas por comunidades neovenecianistas, son dos movimientos sólo aparentemente convergentes

    Ambos parten de la constatación de esa distinción de espacios y reglas sociales entre comunidad y empresa. Sin embargo mientras las empresas supeditan la comunidad a la cada vez más vacía generación de valor para el accionista, los neovenecianistas supeditan su tejido económico al espacio de mayor libertad personal: la vida comunitaria. Una exploración que exige replantearse y profundizar las categorías sobre las que se había entendido la interacción en las redes virtuales.



    1. Véase “De las naciones a las redes“.
    2. Crear títulos en inglés para tareas perfectamente nominables en español no deja de ser representativo de una mentalidad colonial que asume implicitamente lo internacional con anglófono, en completa sintonía con la llamada “secta del management” y el discurso de sus escuelas de negocios.

    Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 9:37 am | (1)

    Jueves, 2 de Abril de 2009

    Por qué los hackers no tienen los problemas de Mondragón

    Las viejas grandes cooperativas industriales como Mondragón triunfaron porque convirtieron la solidaridad entre cooperativas en una herramienta que proyectaba la solidez del compromiso con la propia comunidad democrática en la que se vivía y trabajaba.

    En un mundo industrial sin embargo, la gestión empresarial no es considerada una dimensión más de la ciudadanía, sino una actividad altamente cualificada y especializada. Los gestores se consideraban una especie de técnicos necesariamente externos y en el mundo cooperativo, en cierta medida, ajenos al proceso político-societario.

    Esta idea queda reflejada en la misma estructura de las cooperativas de Mondragón cuya democracia interna es indudable pero similar a un país que impusiera al parlamento elegir sólo primeros ministros extranjeros. Para compensarlo, desde sus orígenes, Mondragón ha pivotado sobre la formación y el empoderamiento de su gente. Los gerentes no serán cooperativistas, pero se les supone un cierto espíritu común impulsado desde la universidad y la escuela de negocios del grupo. El resultado ha sido basicamente exitoso, la lógica de los incentivos a la gestión basados en salario, opciones, etc. parece haber funcionado razonablemente sin estirar excesivamente las diferencias entre salarios. Si la relación entre el salario mayor y el menor en una cooperativa era de tres a uno en los 80, hoy llega en algunos casos de doce a uno, cuando en cualquier gran empresa durante el mismo tiempo, quinientos a uno se considera morigerado.

    Con todo las relaciones dentro del índice de ingresos siguen siendo un tema de debate reiterativo en el mundo cooperativo, sobre todo desde que algunas cooperativas han alcanzado liderazgos sectoriales lo suficientemente llamativos como para que sus directivos sean tentados por ofertas de la competencia.

    Las fricciones entre el mercado y el mundo cooperativo se dan, a partir de ciertos niveles de crecimiento, en el espacio donde este aceptaba la lógica de incentivos del primero con todo lo que conlleva: desde la enajenación de los gestores del espacio democrático a la mística implícita de la secta del management con sus escuelas de negocios, su método del caso, sus libritos de autoayuda y sus patéticos gurúes.

    Tenemos que volver a los hackers de Himanen, los bricoleurs de Urrutia o los netócratas de Bard para entender por qué precisamente esa zona de fricción desaparece ahora.

    En un mundo donde la mayor parte del valor de un producto cualquiera nace de la innovación y por tanto de la parte creativa del proceso de producción, los incentivos que generan valor no son ya los de los gerentes, sino los que alimentan la interacción y el reconocimiento comunitario.

    La fricción se traslada ahora al mundo de las empresas tradicionales, porque toda reestructuración del sistema de incentivos acaba modificando la estructura de propiedad. La empresa ha de ser valiosa para la vida de los que trabajan, conviven y comercian con ella. Y ese valor es ante todo valor derivado de un modo de vida y no tanto de bonuses e incentivos.

    Los netócratas, los neovenecianos, entienden la dirección empresarial como un deber más de su ciudadanía comunitaria. Igual que el tiempo no se separa ya entre tiempo de trabajo (castigo divino) y tiempo de vida (ocio), lo comunitario y lo gerencial no se alienan, sino que se funden en un espacio que sólo puede ser denominado como de fraternidad.

    El nunca suficientemente comprendido Juan Pablo II dijo una vez que si el siglo XIX fue el siglo de la libertad y el XX el de igualdad, el XXI sería el de la fraternidad. Y fue precisamente Juan Urrutia en El capitalismo que viene quién analizó por qué. La fraternidad, qué es la base, más allá de libertad e igualdad, de la democracia económica se basa precisamente aquello que las organizaciones empresariales precisan para sobrevivir en un mercado global en crisis y condenado además a vivir arrebatado por el cambio: identidad que permite alcanzar asignaciones inalcanzables en su ausencia y gusto por trabajar juntos que facilita existencia de equilibrio.

    Como veremos no se trata ya de una admonición moral, sino de algo por lo que las propias empresas están cada vez más dispuestas a pagar. Enseñar, preparar y organizar la democracia económica como camino y como experiencia, es ya un producto de éxito.

    La pelota, ahora, está en el tejado de enfrente.

    Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 9:06 am | (0)

    Miércoles, 1 de Abril de 2009

    Cooperar y producir

    No deja de resultar chocante cómo en el mundo anglosajón y en especial en norteamérica, las alternativas económicas son pensadas desde el consumo. En un cuasicontinente donde los radicales organizan sus campañas como boycots de compra y reparten sus folletos en las puertas de los supermercados y los cafés, la gran utopía política es una sociedad gestionada por los consumidores.

    Seguramente por eso la historia oficial del movimiento cooperativo comienza en 1844 con los Probos Pioneros de Rochdale, la primera cooperativa de consumo. Todavía hoy la National Cooperative Business Association de EEUU define cooperativa como una empresa:

    poseida y democraticamente gestionada por sus miembros -la gente que usa los servicios de la cooperativa o compra sus bienes- no por inversores externos; los miembros de la cooperativa eligen el consejo de administración de entre los miembros.

    La tradición latina en cambio se centra en la producción. Gerald Brenan sitúa el desarrollo del movimiento cooperativo en la península ibérica en el marco de una larga tradición de cultivo y pastoreo comunal de la tierra y organización de la pesca que tendría continuidad, en las tierras al Norte del Tajo, desde la Reconquista. La debilidad del capitalismo local que fue incapaz de aprovechar la desamortización para crear un capitalismo agrario reavivó el interés en el comunalismo, hasta convertirlo en una de las bases de la revolución cantonalista.

    La tradición comunalista, serviría de abono al movimiento cooperativista, en origen de orientación fourrierista fundado en 1860 por Fernando Garrido, que modernizó y dió marco legal a pueblos-cooperativa como Port de la Selva, calificados en su época como pequeñas repúblicas libertarias.

    Lo que es interesante es cuan naturalmente se adoptan estas cooperativas a la escena española, ya que Port de la Selva es una de las viejas comunidades pescadoras de Cataluña, que han existido desde tiempos inmemoriales. De Cadaqués, unos kilómetros más lejos, se sabe por documentos contemporáneos que había sido organizado de modo similar allá por el siglo XVI. Otros documentos guardados en la iglesia del lugar hablan de Port de la Selva con su industria pesquera comunal. Otra comunidad pesquera exactamente igual, en Tazones, cerca de Villaviciosa en Asturias, es descrita por el profesor Antonio Camacho en la Revista Nacional de Economía.

    Henos pues, ante una cooperativa productiva moderna encajada en una organización comunal antigua y funcionando perfectamente. Lo que ha sido hecho en Port de la Selva, rodeado de influencia anarquista, ha sido hecho también en Ansó, de ambiente carlista, mientras que la organización de cooperativas de Llánabes data del siglo XVII y precede así al menos en sesenta años al movimiento cooperativista europeo.1

    Es esta continuidad la que explica la fortaleza del cooperativismo en la mitad norte de la península ibérica y el paralelismo de las reivindicaciones cooperativistas en las regiones sureñas a ambos lados de la raya durante todo el siglo XX.

    Un sustrato y orientación similar podemos observar en el mundo francófono. Si los trabajos de Cabet y Saint-Simon y los fracasados intentos de Fourier de crear un falangsterio sirvieron para crear el imaginario de la producción entre iguales, fue en realidad la eclosión de ideas y sujetos sociales producto de la revolución de 1848 la que habría de impulsar y dar materialidad al cooperativismo en el francomundo, especialmente en Bélgica.

    Nicolas Coulon fundaría entonces en Bruselas, el 16 de abril de 1849 la “Asociación Fraterna de los Obreros Textiles” y Jean-Baptiste Godin, un discípulo de Fourier, la Familistère de Guise (Francia) en 1856 que en 1880 se transformaría formalmente en cooperativa y que perdudaría hasta 1968. En 1867 se autoriza la variabilidad del capital en Francia. Los cooperativistas podrán entrar y salir. En esa década se calcula la existencia de unas trescientas cooperativas en Francia entre consumo, crédito y producción.

    En el nuevo siglo y bajo la influencia de Charles Gide, el cooperativismo francés remarcará su autonomía del debate político reagrupándose formalmente en 1913. El crecimiento bajo la influencia del pensamiento de Gide haría crecer el moviento hasta los 800.000 miembros en vísperas de la Gran Guerra. Una tendencia que continuaría durante el periodo de entreguerras.

    Esta autonomía del movimiento cooperativo es otra constante en el mundo latino. En general, en la península ibérica el cooperativismo no fue absorvido ni por socialistas ni anarquistas, manteniendo una tradición y mensaje propios, aunque, especialmente en las épocas de represión, prestara locales y diera cobertura y fondos a las actividades sindicales libertarias y a los partidos de izquierda.

    El movimiento cooperativo al Sur de Bélgica, anterior y autónomo del movimiento obrero encuadrado en las Internacionales, aunque declarativamente compartieran una utopía común y la izquierda se esforzara durante décadas por explicar el cooperativismo como una suerte de demo de la sociedad socialista.

    Esta autonomía era percibida no sólo por los sindicatos y partidos, sino por la Iglesia, que bajo las dictaduras peninsulares se convertirá en la principal impulsora del renacimiento cooperativo. En 1956, de la mano del padre José María Arizmendiarrieta nace la primera semilla de lo que hoy es Mondragón Corporación Cooperativa, el mayor grupo cooperativo del mundo. papel del catolicismo se habría de reforzar y hacer más militante a partir de la encíclica Mater et Magistra (1961), cuya reivindicación explícita de las cooperativas servirá de inspiración a muchos jóvenes, alentados por la idea de que la cooperativas son creadoras de auténticos bienes.

    El sueño de la producción cooperativa, en parte por representar la continuidad de formas ancestrales de producción y organización comunal idealizadas por el catolicismo tradicional, en parte por su ligazón histórica con el ideal socialista y en parte por su caracter voluntario y abierto, aparentemente desideologizado, caló en todos los movimientos políticos de la época de las transiciones democráticas. Derechas e izquierdas ibéricas impulsaron que las nuevas constituciones incluyeran mandatos explícitos protegiendo e impulsando el cooperativismo.

    Bajo ese manto, el cooperativismo se desarrolla generando también una identidad diferenciada, incluso entre aquellos que conservan adscripciones ideológicas o partidarias.

    El problema de la gente de Mondragón, incluso los que son miembros del partido” -confiesa un exalto cargo del gobierno vasco- “es que piensan en Euskadi como si Euskadi sólo fuera Mondragón; en realidad la impresión que te queda es que son nacionalistas sí, pero de sus cooperativas“. Frases similares pueden escucharse con las lógicas variaciones en cualquier lugar donde existen cooperativas fuertes, desde Costa Rica a Andalucía.

    Aunque duras, estas apreciaciones no están exentas del todo de verdad. Existe una causa material para ello. La cooperativa es una comunidad política. Las hay más o menos asamblearias, pero en general la interacción y la participación en la gestión son altas.

    Mucha gente nos dice que antes queríamos cambiar el mundo pero que somos egoistas al tomar este camino porque ya no hacemos cosas hacia fuera. A diferencia de la inmensa mayoría de los que nos lo dicen, nosotros lo intentamos en su día de verdad y ahora… simplemente tenemos mucho que hacer y aprender como para andar metidos en barullos con el estado, los partidos y demás…

    No sólo se trata de que sea absorvente en tiempo, es que como toda comunidad real, lo político en una cooperativa es mucho más cotidiano y cercano, produciendo resultados tangibles en el marco de una fraternidad que no es meramente retórica, aunque la teoría del homo economicus no puede entenderla.

    Y es esa fraternidad junto con una legislación en general flexible y favorable, el legado más sólido del cooperativismo a la democracia económica en general.


    1. El laberinto español, Gerald Brenan, Ediciones el Cobre

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    Martes, 31 de Marzo de 2009

    Tejedores de contextos (segunda parte)

    A medio plazo los netócratas se sienten más cómodos con la idea de vivir en una comunidad con negocios y autonomía económica, que creando comunidades alrededor de empresas cuya estructura profunda seguirá atendiendo a la lógica industrial y jerárquica del viejo mundo.

    Esas comunidades empoderadas con negocios son las llamadas filés. En principio entre ellas sólo tienen en común la idea de la preminencia de la comunidad sobre sus empresas y su definición transnacional. La filé no es un subconjunto de la identidad nacional imaginada. Como espacio político si algo define sus fronteras son los idiomas en los que se desarrolla el debate interno. No hay filés españolas, camerunesas o chinas. Hay filés que trabajan en lenguas latinas, bantúes o en chino, pero las fronteras de la comunidad no vienen dadas por la pertenencia a una nacionalidad o estado.

    En principio, las filés no tienen por qué tener una economía democrática ni estar poco jerarquizadas. Sin embargo, incluso en las más vetustas, se observan durante la última década tensiones horizontalizantes, democratizantes, que esconden el mar de fondo de la lógica de la abundancia.

    Un ejemplo especialmente interesante es el de los muridíes, una comunidad transnacional de lengua wolof de más de dos millones de personas repartidas en una docena de países y sostenida por el pequeño comercio y el textil.

    Todos los que hemos veraneado en Europa en los últimos años nos hemos encontrado con ellos en alguna ocasión. Eran esos nuevos buhoneros que recorrían las playas europeas y abrieron bazares y pequeños comercios de telas, vestidos y productos típicos africanos.

    Originalmente la muridía era una hermandad sufí. Fue fundada por Ahmadou Bamba, un morabito que predicaba el pacifismo y la doctrina de la santificación por el trabajo en el Senegal de 1883. Frente a la tradición sufí de la modestia por la mendicidad, trabajar en las tierras propiedad de la comunidad jugará una parte central en el camino de perfecionamiento espiritual de los muradíes. De ahí que se les llamara moodú-moodú (maní-maní), pues tenían que trabajar en la recogida y proceso de los cacahuetes para la exportación.

    En 1912 los muridíes organizan la colonización de tierras de pastoreo fuera del país wolof, en zonas peul apenas controladas por la colonización francesa. Los talibé, seguidores del morabito, recibían comida y alojamiento durante los meses de lluvia. Tras diez años tenían derecho a una parcela en propiedad, con lo que las comunidades muridíes se convirtieron en la base de la urbanización y la wolofización de Senegal.

    Cuando en los años 70 los precios internacionales del cacahuete caen y la producción baja el sustento económico de los muridíes se traslada hacia el sector comercial. En aquel momento la Muridía se había expandido ya a través de sus comerciantes a Costa de Marfil,Camerún, Gabón, Congo, Chad y hace sus primeras apariciones en el Magreb.

    Con la llegada a Europa en los 90 las redes de comerciantes muridíes llegan a Sudáfrica y Europa meridional. Con una parte significativa de la comunidad en transnacionalización, los muridíes mutan sus instituciones, y desarrollan nueva forma, contenido y estructura para las dairas, las tradicionales escuelas coránicas que constituyen el centro de la vida de las hermandades sufíes en el occidente africano.

    Las dairas se convierten en la emigración en comunidades que comparten casa, trabajo, ahorro y recursos, formando una unidad económica de acogida y empoderamiento. Las dairas acumulan y generan capital a través de sistemas de crédito sin interés en cuya fundamentación implican a emigrantes ya establecidos y con buena situación económica. Su arranque y funcionamiento no precisa planificación centralizada. Es deber de cada muridí recoger y dar trabajo y herramientas a cualquier hermano que aparezca. Entonces

    El recién llegado pasa a ocupar el escalafón más bajo de la estructura de la cofradía desde donde podrá prosperar gracias a su trabajo y dedicación a la cofradía. Existe una similitud entre el rito de iniciación de pasar de joven a adulto y el proceso migratorio; en la primera etapa el móodu-móodu es daxar (tamarindo en wolof), pasa por una serie de penalidades económicas, de clandestinidad, de explotación socioeconómica, de aprendizaje sobre cómo vivir fuera de la comunidad de origen en un medio desfavorable. Una vez ha superado estas pruebas adquiere el estatus de goulou, aquel migrante establecido, con conocimientos y capacidades para moverse y ser un referente para el resto de migrantes, en definitiva un hombre adulto (Fall,1998: 29). Es en este nivel donde se sitúan los empresarios murides, dedicados sobretodo al comercio internacional de importación –exportación entre sus lugares de residencia (España, Francia, Italia, Arabia Saudí o Estados Unidos) y Senegal. Algunos de ellos incluyen en el nombre de sus empresas la palabra Touba, ciudad sagrada donde está enterrado Amadou Bamba el fundador. 1

    El morabito se convierte entonces en un cuidador de la red entre cuyas funciones se incluye encargarse del movimiento de las remesas y generar flujos y oportunidades de negocio entre los distintos nodos muridís.

    La red muridí se transforma paulatinamente. Del riguroso modelo descentralizado y jerárquico original, con el califa en lo alto, pasamos a un modelo de relaciones distribuidas entre nodos que mantiene todavía un modelo interno piramidal. Es ese modelo jerárquico interno lo que al parecer genera más contestación entre los jóvenes.

    Estas transformaciones internas también se reflejan en lo identitario. El imaginario muridí ha ido transformandose del propio de los wolof (étnico), al senegalés (nacional) para finalmente, pivotar sobre su propia historia y características dentro de la visión universalista de la Umah musulmana.

    Las dairas europeas y americanas, completamente distintas de las de Senegal, cada vez se sienten menos identificadas con la realidad conservadora de las senegalesas… y sin embargo constituyen su principal fuente de ingresos, con lo que no son previsibles rupturas significativas. Los muridíes se transforman y se transformarán cada vez más desde la periferia al centro, es decir, de cofradía a filé2.

    Lo llamativo es que no estamos hablando de un grupo de hackers nacidos de Internet, sino de una vetusta cofradía sufí con más de un centenar de años de historia y millones de seguidores… y sin embargo los tiempos de evolución, casi año por año, son los mismos, y el resultado paralelo. Lo que ha de llevarnos a destacar aquello que tienen unos y otros en común: una potente ética del trabajo basada no en la acumulación sino en el reconocimiento comunitario.

    Si bien esa ética siempre estuvo presente en la tradición académica europea, también apareció -y de hecho sobrevivió hasta hoy- en partes destacadas de un movimiento social europeo tan tradicional y presente como insuficientemente reconocido: el cooperativismo.


    1. Los “móodu-móodu” y su impacto en la sociedad de origen, por Rafael Crespo en Empresariado étnico en España, CIDOB, Barcelona, 2007 .
    2. Algo que por cierto choca en Europa porque rompe el molde social de los muridíes como meros inmigrantes, en proceso de asimilacion nacionalizante y utiles para la llamada cooperacion al desarrollo por su estructura de beneficencia.

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    Lunes, 30 de Marzo de 2009

    Tejedores de contextos

    Nada ha cambiado tan radicalmente en los últimos veinte años como el proceso de generación social de conocimiento.

    Antes de la extensión social de Internet, incluso en cada red y entorno social, el conocimiento nuevo era el resultado de una conversación relativamente manejable entre agentes especializados articulada por instituciones bien establecidas encargadas de ordenar y filtrar la discusión social.

    El modelo general venía dado por el parlamento y la prensa: unos cuantos nodos representaban grandes orientaciones y que al tiempo las constreñían dándoles coherencia interna. Cada área de conocimiento reproducía fractalmente este modelo. En la academia, por ejemplo, mediante los journals y el debate entre escuelas más o menos confundidas con disciplinas.

    Pero la eclosión de Internet, ha erosionado tanto a la gran prensa como a los journals. Al interconectar directa y globalmente a millones de agentes que antes sólo aparecían en el espacio social tras ser filtrados institucionalmente, el sistema de generación social de conocimiento, en cada comunidad, se parece más a un sistema complejo, como la meteorología, que al ordenado mundo de los parlamentos y el ideal científico barroco. El estallido de diversidad consecuente ha hecho buena la profecía de Juan Urrutia en los ochenta: Internet es la postmodernidad.

    Y ha sido precisamente esa fractalización y solapamiento de conocimientos, cada vez más ligados a identidades, la que ha llevado a plantear con más fuerza que nunca qué es y cómo se forma eso que llamamos conocimiento.

    La definición canónica -significativamente originada en el mundo de la crítica del Arte y los objetos culturales- nos dice que conocer es dotar de significados, generar sentido, explicar un conjunto de hechos mediante un relato que cumple ciertas normas de coherencia interna y satisface ciertas condiciones epistemológicas.

    Los significados que atribuimos, el relato que hacemos a partir de una serie de hechos, no surge de la nada ni aparece como el resultado de aplicar una función determinada. Los significados no se generan como si aplicáramos un operador matemático a un conjunto de datos. La información se significa desde y a partir de un contexto que es anterior y más amplio.

    Estos contextos son en si mismos conjuntos de significados concatenados, enlazados entre si. Son matrices estructuradas de relatos con capacidad para generar otros relatos que se sostienen unos a otros conformando su propia estructura de legitimación. La teología católica, la teoría económica neoclásica y el psicoanálisis son por ejemplo otros tantos contextos capaces de generar conocimiento aunque sus productos no se reconozcan entre si como conocimientos válidos. Cada uno, aún en el caso de que invoquen principios comunes, opondrá su propia epistemología, su propio principio ordenador de verdad.

    Estos marcos interpretativos, generadores de significado, son a su vez otros tantos mundos, el resultado de una interacción sostenida en el tiempo en el seno de una comunidad autoidentificada por su propio sistema de conocimiento. Y es que de hecho, el conocimiento sólo existe en comunidad, al punto que suele ser la comunidad la que poner los adjetivos del saber: comunidad científica, conocimiento científico; comunidad de fe, conocimiento teológico…

    Y lo que vale para toda una serie de conocimientos pretendidamente universales vale también para conocimientos identitarios: desde el arte al particular conocimiento de las comunidades imaginadas de la nación, la ideología o el sexo, pasando por los relatos generadores de sentido de las comunidades reales, las empresas y las familias.

    Lo que ha hecho Internet ha sido multiplicar la visibilidad y facilitar la generación de espacios de conocimiento, identidades y comunidades nuevas, haciendo cada vez más difícil representar homogéneamente el mapa del conocimiento social. Donde antes teníamos un rompecabezas de madera de cuatro piezas, ahora tenemos un puzzle de millones de piezas minúsculas, el mar de flores. La diversidad nos hace complejos al enfrentarnos al espejo de la propia diversidad de nuestros entornos.

    Los llamados netócratas, son en realidad jardineros de contextos, procesadores de información, comunicadores, hackers, bricoleurs, que los desarrollan, los transmiten o los ponen en valor; que los solapan o los rompen en la danza orgánica de la gran digestión social de la información.

    Han nacido y crecido profesionalmente en un mundo en el que el carácter irreductible de la diversidad se hace evidente, en el que todo es colaborativo e identitario al mismo tiempo. Pero en el que, a fin de cuentas, su propio valor viene dado por la coherencia de la comunidad de la que forman parte y el reconocimiento que obtengan de ella.

    El reconocimiento y la jerarquía no se llevan bien. La cohesión forzosa tiende a disolverse en un mundo donde nada es más fácil que saltar de una red a otra, que identificarse y sumergirse en un contexto alternativo. Las empresas de los netócratas tienden a la horizontalidad y la ausencia casi total de jerarquías porque estas son contraproducentes para alcanzar el tipo de incentivos que les motivan. Por eso Juan Urrutia nos propone:

    diferenciarlos de los empresarios y mirarles como miramos a los científicos. Pretenden ganarse la vida, pero no es ese ningún objetivo final. Desean realmente reconocimiento y la posibilidad de seguir aprendiendo.


    En la siguiente entrega veremos como de la transnacionalización pareja a la vida en las redes distribuidas surge la filé como expresión de la netocracia y lo contrastaremos con otras filés, surgidas de la presión del mundo distribuido sobre viejas instituciones comunitarias.

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    Domingo, 29 de Marzo de 2009

    Zapateros, barberos y otros libertarios

    Los zapateros junto con los impresores fueron el más politizado entre los gremios europeos del convulso siglo XIX. Entre los partidarios de Baubeuf, de Proudhon, de Bakunin, pero también entre los movimientos demócraticos, del cantonalismo ibérico al radicalismo británico, los zapateros representan una minoría llamativa. En un famoso artículo1 Hobsbawm y Scott se preguntaban por esta coincidencia:

    Quizá la explicación más plausible del intelectualismo del oficio se derive de este factor: el trabajo del zapatero era al mismo tiempo sedentario y exigía poca fuerza física. (…)

    Puede que ello proporcionase un incentivo para adquirir otros tipos de prestigio. Y puede que aquí la naturaleza semirrutinaria de gran parte de su trabajo, que podía combinarse fácilmente con el pensamiento, la observación, y la conversación, sugiriese alternativas intelectuales.1

    En la historia del anarquismo español anterior a la guerra civil existe un gremio parecido en su protagonismo político: los barberos. Como los zapateros y a diferencia de los obreros industriales, el trabajo en grupo no era para ellos un proceso colectivo y el entorno era dado al comentario y la conversación. En ambos casos además, sus herramientas de trabajo eran portátiles, lo que les convertía, en cada oleada de represión política, en una tribu nómada.

    El mundo de los zapateros radicales del siglo XIX y de los barberos anarquistas del XX es un mundo de cotidianidad laboral poco o nada jerárquica, motivaciones no únicamente monetarias y migraciones periódicas. Rodeados por un mundo que experimentaba la producción en masa y la descentralización de las comunicaciones con todo lo que esta abría2, iban verdaderamente contracorriente de la estratificación social y el implacable desarrollo de la división del trabajo de su época. Su democratismo horizontalizante era tan coherente con su modo de vida como ajeno a un mundo donde el propio movimiento obrero se representaba a través de alambicadas jerarquías de primeros, segundos y hasta terceros secretarios, comisarios y enlaces.

    Lo interesante desde la mirada de hoy, inseparable de la emergencia social de la comunicación en redes distribuidas2, es que los nuevos modos de vida y trabajo nos acercan más a aquellos gremios libertarios que a sus contemporáneos radicales.

    En 2003, en Como una enredadera y no como un árbol adelantábamos que

    El mundo tiende a organizarse cada vez más al modo de una comunidad de software libre y existe una razón económica profunda para ello: al tener cada día más valor en la producción global los componentes científicos y creativos, la organización de esa producción tiende hacia las formas propias del trabajo académico y artístico, la Academia y la República de las letras

    Pero seguramente deberíamos haber dicho que nos acercaba más al mundo de los últimos gremios itinerantes de trabajadores que no requerían gran fuerza física.

    Esa fue al menos la impresión que sacó Luis Pérez, director de la empresa de software Szena, del primer Encuentro de emprendedores y empresas sobre Democracia Económica que realizamos, de forma practicamente espontánea, 38 personas de una veintena de empresas tecnológicas el 20 de marzo de 2009.

    - La cuestión no estuvo en los pros y los contras de la democracia económica sino en descubrir formas jurídicas y estrategias que se prestaban mejor a lo que la mayoría de nosotros cuando menos trata de experimentar- comenta mientras apura el café en la mesa del comedor de los Exploradores Electrónicos frente a casi una decena de indianos.

    - La pregunta a reponder es por qué ya no son percibidas como necesarias las jerarquías -respondía Juan Urrutia

    Para el autor de El capitalismo que viene, la crisis económica actual debería servir para ampliar el espacio social de organizaciones más horizontales, abiertas y aunque pueda parecer paradójico también más comunitarias y por tanto identitarias.

    La conversación se anima. Sonia Carbajal, que realiza su fase de aprendizaje en e4, apunta que el uso cotidiano en los modos de trabajo de tecnologías de comunicación distribuida, como Internet, produce de manera casi automática la inculturación de la lógica de la abundancia.

    - Las jerarquías son necesarias para gestionar la escasez, para racionalizar los cuellos de botella en el acceso a la información, pero cuando el trabajo se organiza, por necesidad, de manera casi obvia, de forma distribuida, todo te lleva a pensar en términos cuando menos, democráticos, con jerarquías mínimas y estructuras muy horizontales.

    La lógica de la abundancia es un concepto seminal que Juan Urrutia propuso en 20023 como base para comprender la entonces llamada nueva economía.

    El ejemplo clásico es la comparación entre los periódicos y la blogsfera. En un periódico, con su superficie de papel limitada, publicar una línea más de un artículo implica reducirlo en otro como en un juego de suma cero. En cambio en la blogsfera, un espacio donde el coste social de un post extra es cero, que cualquier blogger publique su información no merma las posibilidades de publicación de otro. El coste marginal es cero.

    Desaparece simplemente por tanto la necesidad de dirimir colectivamente qué se publica y qué no. Frente a la lógica de la escasez que genera la necesidad de la decisión democrática, la lógica de la abundancia abre la oportunidad de la pluriarquía2.

    En un universo así toda decisión colectiva o jerárquica sobre qué se publica o qué no sólo puede ser concebida como generación artificial de escasez, merma de la diversidad y empobrecimiento de todos.

    Para una generación y un ámbito profesional cuyas herramientas de trabajo funcionan bajo una lógica así, incluso la democracia económica ha de ser vista como un mal menor, como un pacto con la realidad en aquellos espacios sociales -como la empresa- donde aún hay que lidiar con la escasez. Por eso los innovadores que emprenden en el ámbito de las redes sociales o diseñando productos sobre Internet, redescubren con ojos nuevos tradiciones tan antiguas como las cooperativas.

    Han sido llamados trabajadores del conocimiento, la nueva clase de internet o simplemente netócratas4, pero en realidad pocas son las asunciones sobre ellos basadas en la esencia misma de su trabajo. Son, en muchos aspectos los nuevos barberos o zapateros del mundo de las redes distribuidas, pero como veremos, tal vez sería más correcto definirles como tejedores y elaboradores de contextos.



    1. Political shoemakers, Hobsbawm y Scott-, Past and Present. 1980; 89: 86-114. Las negritas son mías.
    2. Véase El poder de las redes, 2007.
    3. Redes de personas, Internet y la lógica de la abundancia: un paseo por la nueva economía, Juan Urrutia, Ekonomiaz: Revista vasca de economía, ISSN 0213-3865, Nº. 46, 2001, pags. 182-201
    4. Véase De las naciones a las redes, 2009.

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    Viernes, 27 de Marzo de 2009

    De la comunidad al demos

    La historia neoveneciana es un proceso abierto. No hay mes en el que no ampliemos nuestros contextos, en que no aprendamos una nueva distinción, en que a partir de las necesidades prácticas no elaboremos un nuevo concepto.

    El último avance ha venido de la discusión del Estatuto del aprendiz. Queriamos cumplir el mandato de nuestra Constitución:

    Las empresas de la red deben establecer normas claras y públicas que hagan efectivo el derecho a ser miembro pleno de cada una de ellas y por tanto el acceso de las personas que en ellas trabajen al pleno disfrute de los derechos explicitados en esta constitución y en la constitución de cada una de ellas.

    En realidad no es tan fácil como pudiera parecer. ¿Dónde se pone la frontera? ¿Debe ser aceptado como socio cualquier colaborador que quiera integrarse de manera permanente al trabajo? ¿Basta con hacer el itinerario de formación? ¿Es una mera cuestión de tiempo? La clave está en la distinción entre ser parte de una comunidad y ser parte de su demos.

    A partir de que existe una identidad mutua reconocida es obvio que alguien es parte de la comunidad. Eso es lo que en e4 simbolizamos cuando, tras acabar su itinerario formativo, entregamos al aprendiz una moneda de cobre: compartir contextos y voluntad de trabajar juntos, compartir espacio y proyecto, reconocernos como parte de lo mismo, nos confiere identidad y por tanto confianza mutua. La moneda de cobre simboliza ese crédito que te otorga el conocimiento y los contextos compartidos y por lo mismo permite asistir y participar en las asambleas de gestión cotidiana del Grupo Cooperativo de los Exploradores Electrónicos, asambleas que llamamos asambleas de metal precisamente por ello.

    Pero el demos es otra cosa. Comienza precisamente allá donde hace falta mucho más que identidad. Donde la fraternidad se convierte en igualdad real. El demos es el subconjunto de la comunidad donde opera el principio de indiferencia, es decir, aquellos de nosotros que nos reconocemos en un grado tal que nos hace indiferentes a la hora de elegir quién hace qué o qué responsabilidad ocupa. En el demos los cargos y las responsabilidades bien podrían repartirse al azar, al modo de la democracia clásica.

    Eso es lo que simbolizamos con la moneda de plata y materializamos con la aceptación de alguien como socio del Grupo Cooperativo de los Exploradores Electrónicos.

    Hacer la distinción entre miembros/partícipes de la comunidad y su demos, es decir, entre la mera identidad de la fraternidad y la igualdad democrática plena, nos ha permitido entender el empoderamiento de los aprendices como un proceso cuyo reverso es el empoderamiento de la comunidad misma. Algo por cierto, muy similar a los procesos de integración de los viejos estatutos gremiales medievales… un tema que merece ser estudiado con un poco más de atención.

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    Domingo, 22 de Marzo de 2009

    Encuentro sobre Democracia Económica: balance personal

    El viernes celebramos el Encuentro de emprendedores y empresas sobre Democracia Económica. Fue muy emocionante ver aparecer puntualmente a 38 personas cargadas de ganas e ideas nuevas, de experiencias innovadoras desde los spimes de SomosEne y Gorka al software especializado de Luis Pérez y los proyectos de cooperativa de software libre de Ramón Ramón pasando por el nuevo periódico barrial de los Intrópicos.

    Aunque tuvimos que acabar antes de lo previsto en la sala porque el dueño del restaurante hizo un overbooking que no venía al caso, la conversación prosiguió con una inauguración espontánea de la nueva sede indiana en Madrid y disfrutando luego de la primavera en las terrazas (y hubo quienes prosiguieron hasta la mañana).

    Los ponentes -Vicente, Julen y Andrés- fueron todo un lujo y personalmente puedo decir que sólo lo aprendido con ellos ya mereció de sobra todo el esfuerzo organizativo.

    Y lo mejor: la interacción, los comentarios en las ch,arlas de tantos de los asistentes, las conversaciones en la mesa y en el paseo, el café, las cañas… realmente enriquecedor, de sobra para levantar el ánimo a cualquiera. A todos: gracias.

    Todo está grabado en vídeo gracias a Malena y lo colgaremos en la Bitácora de las Indias, pero me gustaria, hoy, como cierre a este balance personal, compartir con vosotros el discurso de Nat que abrió el acto:

    El 1 de octubre de 2008 aquellos que habíamos fundado la Sociedad de las Indias Electrónicas en 2002 -Juan, David y yo- firmamos la Carta de las Indias.

    Para poder respetar la legislación de sociedades, tenía la forma una Carta otorgada, al estilo de las cartas de derechos que los reyes dieron en su día a los comunes.

    El sabor que personalmente me quedó al firmarla fue agridulce.

    Nadie puede sentirse bien otorgando a sus iguales sus propios derechos como si estos emanaran de uno mismo.

    Haber llegado antes, haber aportado un euro ante el notario, ser formalmente accionista, puede otorgar derechos legales, pero no puede cambiar aquello en lo que creo.

    No puede doblar una convicción fundamental: mis compañeros, aquellos con los que aprendo, discuto y trabajo, aquellos con los que llevo años construyendo un denso contexto de ideas, argumentos y valores, son mis iguales.

    Casi un mes después de firmar la Carta de Indias, en el día de la Enredadera, firmamos todos, simultáneamente desde Montevideo y Madrid, la Constitución de los Exploradores Electrónicos.

    Exploradores Electrónicos es nuestra comunidad, el grupo real de personas que continúa lo que desde 1989 había sido Ciberpunk. No tiene acciones, no tiene participaciones, no ha declarado un patrimonio ni ha ido jamás al notario o a los registros del estado. Jamás se ha votado o elegido nada en su seno. Jamás ha tenido un representante, un portavoz o un cargo.

    Tiene un contexto, ha generado significados, creado conocimiento, abierto conversaciones y si me apuran hasta desarrollado una cultura propia. Pero no está formado por empresas. Es aquello a lo que las empresas sirven.

    Es importante esta distinción: Exploradores es la comunidad, Las Indias y El Arte de las Cosas son empresas, herramientas que sirven y están supeditadas a los objetivos de esa comunidad y a las necesidades de sus miembros.

    Esa comunidad, heredera de casi veinte años de acción y reflexión, está fundada sobre los sencillos principios que abren la Constitución:

    “Una persona solamente es libre si es dueña de las bases de su propia subsistencia, cuando no tiene obligación alguna de rendir pleitesía a nadie y puede abandonar su red de un modo efectivo si entiende que ya no atiende a las necesidades de su propia felicidad, felicidad que sólo ella misma puede juzgar.

    La posibilidad del acceso a la propiedad por cada uno y el desarrollo general del comercio, son pues las bases económicas de cualquier ciudadanía que no consista en una mera representación. Es a esta sencilla verdad a la que llamamos neovenecianismo.”

    Así que la Constitución de nuestra comunidad nos comprometía a ir más lejos: nos emplazaba a organizar empresas que aseguraran nuestra independencia, tanto personal como de grupo.

    La Constitución no creaba Exploradores Electrónicos sólo como comunidad. Ya habíamos sido comunidad durante casi 20 años. Nos constituía como filé. Es decir, como una comunidad con un sustento económico propio.

    Pero no decía nada de cómo organizarlo, mucho menos de como encajarlo en las formas jurídicas de cada uno de los países en los que trabajamos.

    Nosotros somos pluriarquistas: creemos que donde reina la abundancia, como en las comunidades virtuales o los grupos dedicados a generar conocimiento a través del debate o los movimientos de derechos civiles -y todas esas cosas habíamos sido durante veinte años- no cabe votar nada, elegir nada o tener dirigentes de nada. Pueden ser, han de ser, una red distribuida de personas sin más estructura que su interacción: exactamente lo que es Exploradores Electrónicos como comunidad.

    Pero una estructura económica, una empresa, es algo distinto. Es el territorio de la escasez: en muchas ocasiones, aunque en menos de las que se piensa, hay que tomar unas decisiones a costa de otras. Hay que elegir y decidir.

    Y para elegir y decidir colectivamente sin fabricar artificialmente aún más escasez hay que tener una organización extremadamente, radicalmente democrática.

    Teníamos que ir más allá de repartir acciones, más allá incluso de los controles y restricciones a los administradores y socios que imponía la Carta de las Indias.

    ¿Por qué democracia económica?

    Porque nuestras empresas están para servirnos a nosotros y ser útiles a nuestro entorno. No al revés.

    ¿Por qué dar el salto y convertir nuestras empresas en cooperativas agrupadas en un grupo cooperativo?

    Porque es la forma legal que nos permite ser maś democráticos, más transparentes frente a nuestra propia comunidad y más abiertos, porosos y útiles a nuestro entorno, en España, en Uruguay o en Cabo Verde.

    ¿Por qué plantearnos estas cosas?

    Porque si creamos empresas, si alentamos una pequeña economía es para ser más libres nosotros y poder compartir mejor las herramientas y los frutos de la libertad con los demás.
    Porque si construimos relaciones sociales y de trabajo que generen significado para todos estaremos construyendo una hermosa comunidad y sobre todo, cada uno, podrá apoyar en su trabajo y en los demás, la construcción de una hermosa vida.

    Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 10:29 am | (14)

    Martes, 10 de Marzo de 2009

    7 claves para hacer filé

    El otro día discutía por mail con un amigo que está poniendo en marcha su primera empresa. Compábamos modelos y prácticas e inevitablemente surgió, estilizado, lo que la experiencia de las Indias nos ha enseñado. Cuando trato de resumirlo me doy cuenta de que en realidad ya no estoy hablando de hacer empresa, sino de hacer filé. Quedan 7 ideas fuertes sobre cómo un pequeño grupo de emprendedores puede dar lugar a una filé y no sólo a una empresa.

    1. No creemos en la empresa basada en “rondas de financiación. Nunca sale bien a no ser que el objetivo sea especular con nuestras propias ideas: el modelo basado en la escisión entre capital y trabajo puede acabar solidificando un negocio, pero no una comunidad cuyo trabajo genere sentido a sus miembros
    2. Creemos que el trabajo y la vida no son dos planos distintos, así que realmente una empresa sale adelante gracias a un núcleo de gente que la vive. En principio no tiene sentido recurrir a asalariados. Por eso creemos también que los únicos accionistas/miembros de una empresa tienen que ser los que trabajan en ella .
    3. Eso quiere decir que si no formas parte ya de la estructura económica de una filé cuyos excedentes puedan financiarte, el capital será escaso y por tanto ya durante el primer año el mes a mes tendrá que llegar a ser rentable. Eso normalmente significa estrecheces en los primeros dos o tres años… pero merece la pena si el trabajo te llena lo suficiente.
    4. Si realmente vida y trabajo se viven en pack, el debate en ese núcleo generará un conocimiento propio y más amplio que el estricto rango de actividad de la empresa. Un conocimiento que unido a las formas propias en que evolucione la relación acabarán dando lugar a una identidad y una cierta cultura política interna. El núcleo fundador acabará fructificando en comunidad.
    5. El momento crítico va ligado al crecimiento: hemos de entender que es la comunidad y no la empresa la que crece. Aunque sean la cartera de proyectos y el ritmo de crecimiento de los ingresos lo que marque el ritmo del crecimiento de los miembros y colaboradores, los recienllegados han de tener claro que se integran a una comunidad y una cultura, precisamente porque en la filé la empresa está supeditada a la comunidad
    6. Por eso la filé necesita transparencia desde el primer día. El blogueo, las contextopedias, los actos públicos no son marketing, sino formas de compartir y transparentar nuestra forma de pensar, trabajar y organizarnos. Eso es fundamental no sólo para compartir contextos en el interior de la comunidad, sino también para que nadie se llame a engaño y llegue atraido por un puesto de trabajo con participación en la gestión y derecho de segregación sin asumir el quién, la lógica de comunidad subyacente bajo cada decisión.
    7. Porque a la hora de la verdad, en la filé las decisiones se toman en función del crecimiento de la comunidad y de las personas que la forman y no en estricta racionalidad económica. Por eso, la figura del aprendiz renace y es tan importante. El aprendiz es alguien que dedica unos meses de su vida a aprehender los contextos que ha desarrollado la comunidad y descubrir en la práctica su lógica interna, su jerarquía de valores a la hora de encarar proyectos o tomar decisiones. La integración definitiva no tiene que ver tanto con su cualificación o su competencia profesional, sino con que realmente comparta el modo de vida y los valores particulares de la filé en la que se integra.

    Hacer filé es mucho más difícil que hacer empresa. Hacer empresa es construir una estructura sostenible que sea funcional a un tipo de negocio. Hacer filé es primar y desarrollar la comunidad de las personas sobre la lógica del beneficio sin que la sostenibilidad económica sufra.

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    Miércoles, 25 de Febrero de 2009

    Identidad, comunidad y empleo

    Una de las ideas más potentes de El capitalismo que viene es que el homo posteconomicus piensa desde una racionalidad social en la que la identidad y la pertenencia distorsionan sustancialmente lo que la racionalidad maximizadora de los modelos económicos clásicos predice.

    Hoy aparecía la noticia de que las cooperativas de trabajo en Madrid habían aumentado el número de personas empleadas en pleno chaparrón de despidos. Vicente Pérez, de UCTMA comentaba que:

    Los números, una vez más, vienen a dar la razón al mundo cooperativo y de la economía social. No es sólo una frase, sino que es una realidad: las empresas cooperativas representan una fórmula eficaz de creación de empleo, al tiempo que significan otra forma de abordar la actividad económica, centrada antes en las personas que en el capital.

    ¿Por qué? La respuesta obvia es que en un régimen autoritario y burocrático como es la empresa tradicional, es relativamente fácil ajustar en empleo, mientras que en una comunidad democrática es la última opción. Es más fácil reinventarse, innovar, echar más horas, mejorar el desempeño, que condenar a alguien al ostracismo.

    Claro que eso explicaría una menor destrucción de empleo, pero no el claro anómalo de una creación neta de puestos de trabajo.

    El que las cooperativas madrileñas creen trabajo neto tiene que ver con la relación principal-agente y con los incentivos de los gestores. Ya sabemos lo que pasa en la empresa tradicional. En la empresa democrática en cambio, como en toda democracia, el objetivo a maximizar por los administradores tiene más que ver con el sentido de seguridad que la comunidad tenga respecto a su futuro que con el retorno inmediato del capital o sus propias posiciones como gestor.

    Los gestores electos y sus electores trabajan en las empresas democráticas para un nosotros concreto, para una comunidad real que como cualquier demos, piensa en términos de bienestar, libertades y seguridad. Un demos que, gracias a serlo y compartir una identidad, será capaz de aceptar sacrificios temporales para crecer, relocalizando recursos humanos de forma efectiva y rápida.

    La empresa democrática concurre en el mercado como una guerrilla dirigida por el viejo maestro Sun Tsu: ampliando el campo de batalla continuamente, poniendo las irregularidades del terreno a su favor. La empresa burocrática se nos presenta como Clausewitz, organizando sobre el papel grandiosos y pesados planes de batalla. Pero a la hora de la verdad actúa como Lee o como Zhukov, como si el número de las propias bajas no importara en absoluto y el valor humano destruido no puntuara en los balances.

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    Lunes, 23 de Febrero de 2009

    La democracia ecómica es el camino

    Nat me envía a el País Negocios de ayer. Dos artículos realmente llamaban la atención: la fuerza de las cooperativas, que explica como el sector agrario capea la crisis gracias a su estructura cooperativa evitando el paro masivo y una entrevista con Juan Somavia, Director General de la OIT, completamente en línea con las 7 tesis que publicaba ayer: Hay que reinventar la empresa y la democracia económica es el camino.

    Guardado por David de Ugarte en RMD a las 8:22 am | (0)

    Viernes, 20 de Febrero de 2009

    El primer grupo cooperativo

    Hoy estuvimos en UCTMA y finalmente aclaramos nuestro destino con Vicente. Exploradores Electrónicos será un grupo cooperativo. Seguramente el primero al amparo de la Ley de 1999… lo que de paso implicará una cierta conversación con el registro de cooperativas, etc. No será inmediato, puede que no sea fácil, pero nunca lo es para el que abre un camino nuevo. Innovar requiere esfuerzo, requiere asumir incertidumbres, pero genera externalidades positivas para todos.

    En el próximo Encuentro de emprendedores y empresas sobre Democracia Económica os contaremos con detalle. Hoy, por fin, aclaramos nuestro futuro. Y estamos celebrando…

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    Sábado, 14 de Febrero de 2009

    El derecho a segregarse en e4

    Uno de los valores centrales de la Declaración de Montevideo es el derecho de segregación. Nace de una paradoja. Nuestra crítica central al Sionismo Digital residía en que las comunidades conversacionales, por definición, no podían generar identidades que explicaran la relación entre las personas y el espacio económico que sustentaba su vida. Las comunidades conversacionales tendrían por tanto siempre, identidades delegadas, subsumidas en el viejo mundo y serían desgarradas por sus conflictos.

    Por otro lado, cualquier relación de dependencia económica esteriliza el debate y la conversación. Si salir o separarnos de una comunidad nos lleva nuestro bienestar por delante, ¿cabe el debate libre?

    Se trataba de tirar el agua sucia de la bañera, salvando al niño. Se trataba de imaginar cómo nuestra comunidad podía generar una economía sin que esa misma economía la sometiera. Y así llegamos al derecho a segregación como eslabón fundamental entre los dos planos (comunidad pluriárquica y economía democrática) que definen a nuestra filé.

    El derecho de segregación tiene dos significados concretos distintos:

    • En nuestra Constitución se garantiza a las personas frente a los nodos, el derecho de todo indiano a separarse del nodo en el que trabaje para formar otro nodo dentro de e4
    • En los estatutos y cartas de los nodos se ha de garantizar además el derecho de los miembros a abandonar e4, buscándose modos que hagan posible que se constituyan en empresa independiente

    El sistema cooperativo

    El debate sobre la democracia económica nos ha abierto una forma de materializar y regular estos derechos de un modo efectivo, pues como intuía Dronte en su post del otro día, tal cual está en la Constitución de los Exploradores Electrónicos podría dar lugar a todo tipo de interpretaciones.

    • Por un lado, la evolución de nuestros nodos para formar un grupo cooperativo nos permite instituir un fondo anual, alimentado por los nodos y destinado a generar nuevos nodos. Si no sientes que lo que haces como trabajo te hace aprender cosas nuevas o simplemente sientes la presión homogeneizadora de tu entorno directo -tu nodo- siempre puedes emprender la formación de un nuevo nodo acorde con tus necesidades (eso sí, tienes que encontrar al menos a dos personas más que quieran emprender contigo porque si no la ley no te deja formar cooperativa). De este modo, la segregación hacia dentro estaría garantizada -e incluso fomentada- por el conjunto de comunidad, consciente de que cuanto mayor sea la diversidad de nuestras actividades económicas mayores serán las posibilidades de la red en su conjunto En otras palabras: el conjunto de nodos ahorra en el grupo cooperativo para garantizar la libertad de segregación que dará lugar a nuevas iniciativas.
    • Por otro lado, la conversión de cada nodo en cooperativa, nos permite fijar una aportación individual suficiente como para que cuando alguien quiera marchar de la red en su conjunto, dejar e4, se vaya con un pequeño capital suficiente como para establecerse. El derecho de llevarte tu participación original cuando abandonas una coperativa es un derecho legal reconocido en practicamente todo el mundo. En España además, esta aportación no tiene por qué ser hecha de una vez, el cooperativista puede ir pagándola a lo largo del tiempo con lo que cobra de la propia cooperativa. Es decir, los miembros ahorran en sus nodos como forma de asegurar de forma efectiva su derecho a la segregación hacia fuera de la red.

    ¿Qué hemos conseguido?

    La segregación hacia dentro, la formación de nuevos nodos, se convierte en el hecho articulador de nuestros nodos, y por tanto del conjunto de nuestra vida económica. Segregarse para formar otra empresa del grupo no sólo no está mal visto, sino que está incentivado y es visto como un aporte. Segregarse es una forma de construir y aumentar la diversidad.

    Pero sobre todo, salvamos al niño. Nadie tiene miedo a cuestionar nada en e4 (y de hecho puedo asegurar que nuestras sobremesas y asambleas son de lo más entretenido). Nuestra vida comunitaria, conversacional, sigue siendo una plurarquía, entre otras cosas porque los modos de vida de cada cual y la libertad de elección personal para mantenerlos, están garantizados.

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    Sábado, 7 de Febrero de 2009

    Cooperativas, democracia económica y filés

    Investigando sobre la historia del cooperativismo emerge inevitablemente la idea de que el sistema cooperativo crece hasta convertirse en un referente económico-social allá donde se identifica como la base de democracia económica de un proyecto de concepción más amplia.

    Así cabe entender al menos el auge y decadencia del cooperativismo en Bélgica y Alemania. Mientras, la socialdemocracia se constituía como un poder social alternativo, las cooperativas de todo tipo fueron el esqueleto de su autonomía política. Cuando, tras la gran guerra, la socialdemocracia y los socialcristianos se convirtieron en los pilares refundacionales del estado, las cooperativas en ambos países entraron en decadencia. Incluso en Francia, donde Gide había aportado al movimiento cooperativo una perspectiva política propia, la segunda postguerra marco una tendencia a la baja que sólo se invirtió con el auge del discurso autogestionario en los sindicatos de finales de los 60 y principios de los 70 (cuando se forman cooperativas sindicales tan potentes como FNAC). Otro ejemplo que refuerza esta asociación son los kibutz israelíes a pesar de que han sabido reorientarse desde la comunidad campesina a los servicios, la industria y la tecnología. Y en la América de lengua latoc las diferencias nacionales y los ciclos de auge y decadencia también parecen estar a cierto punto correlacionados con los de grandes causas como la reforma agraria o movimientos políticos (como la socialdemocracia costaricense).

    Pero una vez más MCC, el mayor grupo cooperativo del mundo, representa un anómalo. Algunos amigos que han trabajado con ellos me comentan que es porque hasta cierto punto han desarrollado una cierta conciencia de filé, una identidad colectiva que orienta un sentido de causa común. E inevitablemente hago el link con el neovenecianismo y la construcción de nuevas identidades transnacionales.

    Durante las últimas dos décadas hemos vivido los primeros síntomas del paso de una sociedad de redes descentralizadas a una sociedad de redes distribuidas cuyos arietes eran las TIC y la globalización. Hemos descubierto el poder de las redes y visto emerger las primeras señales del paso de las naciones a las redes.

    Todo parece indicar que la crisis actual, con los casi inevitables rebrotes de proteccionismo, estatalismo y nacionalismo económico frenará y retrasará el horizonte de una movilidad total de personas y mercancias por el mundo. Las grandes crisis son centralizadoras y sin duda el neovenecianismo, incluso el de los desheredados se resentirá. Pero sobre una base de redes sociales ya muy distribuidas, los mecanismos de solidaridad y cohesión social cobrarán mayor espontaneidad e importancia. Se abre un tiempo para la democracia económica que sin negar las tendencias históricas de fondo, seguramente tome protagonismo. Pero igual que en el cooperativismo obrero del XIX la corriente de fondo era el socialismo y en el kibbutz el sionismo, en esta etapa la clave sigue y seguirá estando en la transnacionalización de la identidad. Si no construyen filés, los nuevos cooperativismos y los discursos demócrata-económicos sufrirán a medio plazo un destino similar al del viejo cooperativismo social-democrata-cristiano o sionista. La democracia económica es un medio, una herramienta democrática, no una identidad y es desde la identidad, desde el quién y el para quién que se construyen cosas sólidas.

    Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 10:39 am | (1)

    Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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