Miércoles, 8 de Abril de 2009
Separación entre el demos y la comunidad, entre la comunidad y el mercado. Distinción entre aprendices, colaboradores y socios. Reapropiación del gusto por las ceremonias, por la separación de espacios de los viejos gremios, artes y cofradías… Tras haber partido del rechazo a las jerarquías ¿no estaremos reinventándolas?
La respuesta es fácil y compleja a un tiempo: no es lo mismo arriba que dentro, abajo que fuera. Definir los límites de la comunidad con claridad es el mejor antídoto contra su jerarquización. Separar y distinguir el entorno de decisión del de deliberación -que puede ser mucho más amplio- y establecer claramente los cauces que permiten transitar de uno a otro, es la única manera sensata de evitar los destrozos de un falso igualitarismo. No todo el mundo tiene por qué estar en el demos de la misma comunidad. Al contrario, la dispersión, el desarrollo de la diversidad en forma de múltiples comunidades y aún más demos, es la única garantía final de la existencia y pervivencia de un espacio de libertad sostenible en el tiempo.
Es curioso que esto ocurriera también en el choque del mundo de los gremios y el emergente universo intelectual de la burguesía. En la enseñanza básica nos enseñaron ya que los gremios eran odiosos por su jerarquización, un viejo discurso de la fábrica contra el el taller artesanal que hoy nos parece cuando menos, cínico.
Incluso cuando los valores de la Modernidad se reapropiaron de las formas gremiales a través de sociedades especulativas como la masonería o la carbonería, los interesados respondieron con naturalidad que:
Los Grados de Aprendiz, Compañero y Maestro representan el avance en el conocimiento y no una jerarquía de imposición de ordenes y autoridad como en un ejército.
De hecho, como hemos visto, es la confusión de los espacios de fraternidad e igualdad lo que convierte a la libertad en utopía en vez de en derecho garantizable. En el demos, donde la libertad es un derecho real y está garantizada sobre el principio de indiferencia, que es la definición tangible de la igualdad política y económica, no sólo la libertad sino la propia igualdad se profundiza.
Aparece la figura que Juan Urrutia1 ha llamado el pluriespecialista, un miembro típico del demos de una democracia económica en el mundo de las redes distribuidas. Un profesional que contaminado desde muchos lados, en comunicación con muchas fuentes, rechaza el desarrollo personal como especialización y entiende su propio itinerario vital como un aprender continuo no limitado a un campo. En la práctica como una sucesión de saberes, de aprendizajes en el seno de la comunidad. Porque siguiendo una vieja profecía utópica marxiana, la igualdad real del demos en realidad consiste en la asunción de que:
cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos
A los que sólo han conociddo la experiencia de las empresas tradicionales les seguirá sonando como pura lírica, sin materialidad. En cambio, a los que han podido experimentar la puesta en marcha de un grupo cooperativo o de una empresa tecnológica de base democrática les evocará situaciones cotidianas. De hecho, con las productividades y el grado de formación medio actual, es casi la tendencia espontánea… si no existieran las rigideces corporativas habituales. Juan Manuel Almodovar, un joven emprendedor y cabeza de una cooperativa tecnológica con sede en Alicante, comenta:
Cuando la empresa es de todos, cada uno se siente mejor cuando los demás le dejan de aplicar el corsé de “ingeniero”, “diseñador” o lo que toque. Parece que el desarrollo personal entonces es libre de “eso que se espera de ti”… y nos empezamos a permitir flirteos con otras disciplinas, entonces intuimos que tarde o temprano las habilidades en abanico del ingeniero-poeta y la diseñadora-programadora nos serán más útiles a la comunidad que las del que sabe cada vez más, de cada vez menos. ¡La especialización es para los insectos!
La clave está en pensar desde la abundancia, desde la diversidad: cualquier cosa que hoy parece un juego, un experimento, un hobby, mañana puede ser un producto rentable para la comunidad si la comunidad está acostumbrada a digerir la innovación como parte de su metabolismo.
Como Bruce Sterling relata en un inspirador diálogo de Islas en la red2:
-¿… una especie de directora de hotel?
-En Rizome no tenemos trabajos, doctor Razak. Sólo cosas que hacer y personas que las hacen.
-Mis estimados colegas del Partido de Innovación Popular podría llamar a esto ineficiente.
-Bueno, nuestra idea de la eficiencia tiene más que ver con la realización personal que con, hum, las posesiones materiales
-Tengo entendido que un amplio número de empleados de Rizome no trabajan en absoluto.
-Bueno, nos oocupamos de los nuestros. Por supuesto mucha parte de esta actividad se haya fuera de la economía del dinero. Una ecnomía invisible que no es cuantificable en dólares.
-En ecus, querrá decir
-Sí, lo siento. Como el trabajo del hogar: ustedes no pagan ningún dinero por hacerlo, pero así es como sobrevive la familia, ¿no? Sólo porque no sea un banco no quiere decir que no exista. Un inciso, no somos empleados de, sino asociados.
-En otras palabras, su línea de fondo es alegría lúdica antes que beneficio. Han reemplazado ustedes el trabajo, el humillante espectro de la producción forzada, por una serie de variados pasatiempos como juegos. Y reemplazado la motivación de la codicia con una red de lazos sociales, reforzados por una estructura electiva de poder.
-Sí, creo que sí…, si comprendo sus definiciones.
-¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que eliminen enteramente el trabajo?
Basta con tomarnos en serio a nosotros mismos, con aprovechar el poder de las redes sociales. Basta con parar por un minuto y preguntarse si viejos implícitos como la jerarquía o su reverso -la especialización- son de verdad indispensables hoy con el inmenso potencial, la sorprendente productividad, de la cooperación en en red.
Lunes, 6 de Abril de 2009
La e4pedia define comunidad como:
cualquier cluster o red social perfectamente distribuida, es decir donde todos los miembros se relacionan con todos los demás, en un ámbito no jerárquico, que comparta una interacción sostenida en el tiempo sobre la cual se desarrolla una identidad
Como comentábamos, aunque las comunidades puedan articularse en torno a un tema, una empresa o una persona, ni se crean artificialmente ni, en principio, han de tener una finalidad. Las comunidades son redes distribuidas y por tanto están definidas sobre la interacción, no sobre la participación (se participa en lo de otros se interactúa con otros).
Lo esencial para la existencia de una comunidad no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), que en las comunidades conversacionales implican generalmente o la ausencia de comunidad o la generación artificial de escasez, sino una interacción lo suficientemente potente como para que emerja espontánea y sostenidamente una identidad.
A partir de ahí, la comunidad se estratifica por si misma en dos niveles: los que participan de la identidad comunitaria en un ámbito de fraternidad y los que definen esa identidad desde una igualdad previa, el demos comunitario.
Es decir, toda comunidad se definirá en un espacio social (Internet en las comunidades conversacionales o el mercado en las empresas) que vendrá definido para cada uno de nosotros por el grado de libertad existente para saltar de un nodo a otro o para crear nuevos nodos.
La comunidad se sostiene sobre la fraternidad que distingue a los que estan juntos en una interacción social y comparten una identidad común, que parte de la idea de que somos compañeros porque participamos en la misma conversación.
Dentro de la comunidad, existe un subconjunto definido sobre la igualdad, el demos, que se basa en la idea de que no somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que formamos una asamblea específica porque nos reconocemos previamente como iguales
En la práctica de la democracia económica esta estratificación implica distinguir con claridad espacios y conceptos. Una empresa ha de estar en propiedad y ser gestionada por su demos, porque es el núcleo de la comunidad quién al consolidarse la interacción definirá los límites y el crecimiento de la identidad común.
Hacer crecer el número de miembros sin que los socios realmente se consideren iguales entre si, sin que se sientan indiferentes respecto a quién ejerce la gestión de entre ellos, no fortalece, sino que debilita.
Por eso no es que la democracia económica tienda al igualitarismo o muera, es que o parte de la asunción de una igualdad previa en su núcleo original o colapsará abriendo un ciclo de luchas internas por la definición identitaria. Son las bien conocidas guerras internas que sacuden a tantas iniciativas sociales, proyectos y cooperativas en su juventud y que acaban, por cierto, con la mayoría de ellas, bien por explosión y salida de sus miembros, bien por jerarquización artificial.
Tanto un caso como el otro son producto de una definición insuficiente del demos, normalmente producto del pudor que produce reconocer que no todos somos iguales para todo y menos aún en la gestión de la convivencia que supone una identidad compartida. Cuando una comunidad emerge, si esto no es clarificado, los resultados acaban indefectiblemente siendo dramáticos: el demos intentará separarse bajo la forma de una jerarquía -con lo que se matará a su entorno como comunidad- o diferentes demos intentarán imponerse como definitorios de la identidad colectiva deslegitimando al resto. En cambio, cuando el demos está bien establecido esa igualdad interna se proyectará como fraternidad en la vida y el entorno de participación de la comunidad.
Alrededor de ese demos se extiende el resto de la comunidad: aprendices, colaboradores externos e incluso aquellos que participan de su conversación desde una identidad común, ya sean inspiradores intelectuales o amigos que aportan capital e ideas al modo de los miembros colaboradores de una cooperativa.
Con ellos acaba la frontera de la comunidad que no es otra que la frontera del nosotros, todos aquellos que hablan desde una identidad común. Por eso, en la lógica de la intercooperación empresas o grupos cooperativos de valores similares podrían compartir comunidad y participar de un lenguaje, identidad e intereses comunes. Este es un espacio de fraternidad, articulado por lo que Juan Urrutia llamaba el gusto por estar juntos y cimentado sobre el reconocimiento mutuo, esto es, por la identidad.
Más allá, clientes y proveedores no forman parte de la comunidad, sino parte de un espacio social común, en principio el mercado. Ese espacio está definido para cada uno de los nodos por el grado de libertad que tiene a la hora de vender y comprar, pero también para cada persona por la libertad efectiva de la que disfruta a la hora de abandonar un nodo, sumarse a otro o crear uno nuevo.
Separar claramente los espacios de libertad, fraternidad e igualdad y quienes participan de cada uno de ellos es la clave del funcionamiento comunitario.
Demos: el espacio de la igualdad
Originalmente el demos era algo relativamente similar a lo que una parroquia es en la ordenación territorial gallega, pero con la reforma democrática de Clístenes el δῆμος, se convirtió en la división básica de la organización social, una micropolis formada por la comunidad real que rodeaba a cada persona.
El demos entregaba a sus miembros una Pinakia, una pieza de bronce con su nombre y el del demos. La Pinakia, una pequeña placa de bronce, era señal de pertenencia y garantizaba el reconocimiento del portador como ciudadano por el resto de los demos, es decir, por la polis como un todo.
Sin la Pinakia no se podía ser elegido para cargo alguno, por eso, el demos es utilizado hoy como sinónimo del grupo de personas que en una organización tienen ciudadanía plena. Pero lo realmente interesante es el cómo. El demos es algo mucho más profundo que una lista de elegibles.
El sistema democrático ateniense no estaba basado en la representación y la votación sino en la elección por azar: para poder desempeñar un cargo público un ciudadano debía introducir su Pinakia en la ranura que eligiera de una matriz llamada kleroterion. El kleroterion dejaba salir bolas blancas o negras en función de la casilla elegida. Si al introducir la tarjeta se obtenía una bola negra, el ciudadano recibía el cargo o la tarea como encomienda.
Pertenecer a un demos era pues sinónimo de alcanzar los derechos -y deberes- plenos de ciudadanía, pero lo que es más importante, al aceptar a alguien en nuestro demos, aceptábamos que en cualquier momento podía acceder a cualquier cargo por importante que fuera con independencia de que la mayoría de los miembros de la comunidad prefiriesen a otra persona para él.
Es decir, aceptar la incorporación de otro ciudadano al demos suponía aceptar su igualdad efectiva con nosotros, pues implicaba declarar que, con independencia de sus posiciones políticas concretas, a cualquier ciudadano le resultaba indiferente que ejerciera cualquier posición pública.
El demos implica un altro grado de identidad porque se basa en realidad en el principio de indiferencia: considerarme parte de un demos significa que soy indiferente sobre quién de los otros miembros realice cualquier tarea de representación o administración de la comunidad aunque afecte a mi seguridad o bienestar. Por eso originalmente democracia evocaba sorteo y no elección.
El demos por tanto implica no sólo identidad sino confianza, entendida como la expectativa de que, por haber unos contextos comunes, experiencias comunes generen conocimiento similar. Por ello no puede existir un auténtico demos fuera de la comunidad real. En la comunidad imaginada el conocimiento que tenemos de los otros es abstracto y realmente no aplica el principio de indiferencia, por eso la democracia en el estado nacional está basada en la elección y el proceso de determinación de mayorías.
¿Tiene sentido funcionar con la lógica y limitaciones de la comunidad imaginada en comunidades reales? Si lo pensamos, una empresa que funcione como democracia económica debería estar basada en el principio de indiferencia: todo irá bien si dentro del demos de los socios en principio soy indiferente respecto a quién se encargue de la representación o la administración de las cuentas de la comunidad.
(Continuará)
Viernes, 3 de Abril de 2009
Una empresa es una gran máquina social. No fueron diseñadas ni organizadas para adaptarse, sino para ejecutar eficazmente un programa. Un programa que nos convertía en banco o en consultora, en suministradora eléctrica u organizadora de sorteos.
En el límite el modelo de las franquicias: el conocimiento es externo, se licencia y cuanto queda a las personas es cumplir su papel tal cual es descrito en los manuales, instrucciones y protocolos enviados desde la central. Empresa-hardware, conocimiento-software, personas-energía.
Como en las buenas máquinas de la edad mecánica, los valores, la estética corporativa y los propios edificios reclamaban solidez. Su agilidad se medía en tiempos de proceso y su eficiencia en la capacidad para focalizar, para centrase y especializarse. Y así como era en el conjunto, era para cada uno de sus trabajadores.
El mundo de las empresas de la vieja era mecánica era un mundo ordenado, con ámbitos bien definidos para cada uno y para la empresa en si. Las empresas eran, recordémoslo, nacionales.
Y cuando se internacionalizaron intentaron mantener la lógica tradicional. Pero la lógica tradicional era aditiva. El beneficio directo de la expansión era hacer lo mismo en más sitios. Si había un factor de crecimiento del valor generado era el derivado de aportar mejores técnicas de gestión sobre una máquina más y beneficiarse de un contexto de crecimiento tal vez mayor.
Pero los auténticos beneficios no podían estar ahí. Sobre todo cuando, al consolidarse organizativamente, los niveles de excelencia se igualaban entre las distintas filiales. Los beneficios se intuían en el mestizaje, en el injerto de experiencias en contextos nuevos. Pero las máquinas no tienen economías de red de conocimiento.
La reingeniería, la reorganización de procesos, que antes se vendía a las empresas como solución a las necesidades de adaptación, pasó a orientarse a la formación de comunidades de conocimiento interno, a la apropiación por la organización del conocimiento que vivía en sus propios rincones, lo cual, en teoría, debería nutrirse y alentar el paso de la internacionalización a la transnacionalización que ya hacía emerger las primeras formas neovenecianas1.
Pero cuando una tendencia se convierte eslogan, las palabras empiezan a nominar deseos y por lo general a maquillar más que describir. A partir de 2005 todo eran comunidades. Cualquiera con una base de datos, un listado de socios o una nómina de trabajadores decía tener una.
Empezamos a oir continuamente la queja mi comunidad no participa. Nadie parece darse cuente de que se trata de un oximoron. Si no hay interacción, simplemente es porque no hay comunidad… eso si, la máquina dió su propia solución burocrática, tan inutil como pomposa: la figura del Community Manager2.
El conjunto de usuarios de un servicio no forma una comunidad. Para que un grupo de personas formen una comunidad tiene que existir una identidad común, una definición clara de quien forma el demos y un conocimiento mutuo entre ellos (tienen que formar una red distribuida). Luego la comunidad podrá crecer, pero lo que es claro es que las comunidades humanas no se forman alrededor de servicios y aún menos alrededor de webs.
Las comunidades usan los servicios, no se definen por ellos. Del mismo modo que no hay una comunidad de usuarios de la seguridad social o del transporte público, no hay una comunidad de usuarios de feevy, flickr, blogger ni de nada que podamos crear, siquiera sea pensando en un perfil muy determinado.
Participar no es lo mismo que interactuar. La interactividad entre sus miembros puede ser una medida de la potencia de una comunidad o de lo adecuado de un servicio para una red concreta, pero no tiene nada que ver con participar. Se interactúa con los otros, se participa de las ofertas del anfitrión. Interactuar tiene lógica distribuida, participar tiene lógica centralizada. Al interactuar somos dueños, al participar somos seguidores. La cultura de la participación no tiene nada que ver con el modo de vida de la interacción. La obsesión por las votaciones no sólo puede suponer generación artificial de escasez, lo que queda lejos de la lógica comunitaria.
Votar sirve para resolver conflictos
y para nada más. Los mecanismos de votación son la esencia de lo participativo: participas de lo de otros, no lo haces tuyo, no interactúas con otros, no se genera una experiencia vital común que fortalezca los lazos con otros. Si votar es nuestra forma de relacionarnos con los otros, esos otros nunca tendrán cara y nombre propio para nosotros. Votar aliena de la relación humana interpersonal: no genera ni fortalece a la comunidad, al contrario, la representa frente a la persona como algo abstracto y ajeno.No olvidemos que en una comunidad lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.
Las plataformas triunfan o fracasan en relación a una comunidad, no en abstracto. Si tengo una comunidad como Exploradores, una pequeña red de iguales que se conocen e interactúan todos los días, discutiendo, cambiando mensajes y enlaces entre si y abro un servicio como marcaprensa para facilitarles lo que ya hacen, lo más probable es que triunfe. ¿Pero qué quiere decir triunfo en este contexto? Simplemente que les sea útil para interactuar entre ellos. La expectativa no es tener muchos usuarios, encuadrar gente, crear cercos poniendo un sello de ganadería
el objetivo es servir al desarrollo de una interacción que ya existía previamente. Si nuestro sitio de enlaces de repente gana muchos usuarios nuevos, gente que lo prueba y lo usa para si o para compartir con su red, pero no convence o no es usado por los miembros de Exploradores
el servicio habrá fracasado.
La gente no existe. Las cosas no se hacen para la gente, no existe un demos que sea la gente. Si abrimos un espacio para la gente o invitamos a votar o decidir un tema a la gente estaremos en realidad invitando a cualquier grupo o red previamente organizada a presentar sus intereses o sus miradas como las del conjunto social, cuando no a reventar los límites de una comunidad realmente existente. Es la trampa habitual del la generación de escasez. No definir el demos es la forma más típica de presentar como comunitario y democrático lo que en realidad es todo lo contrario. ¿Ejemplos? Abrir a la gente en general las votaciones sobre el futuro Monopoly o sobre el representante a enviar a Eurovisión produce resultados paradójicos porque lo que estamos es precisamente reventando los límites del demos de los jugadores de monopoly o los fans de Eurovisión.
Una comunidad no es un tema de interés. Ofrecer servicios o contenidos para un determinado perfil de intereses no genera una comunidad. Todo lo más atrae a una -o con suerte- varias comunidades ya existentes
aunque seguramente no las integre.
Las comunidades no nacen artificialmente simplemente porque se nos ocurrió hacerles una plataforma. Si queremos crear una comunidad no nos pongamos a crear servicios porque no funcionará. Los servicios sirven a una comunidad, no la generan. Crear una comunidad es construir una identidad. Tiene que ver con valores y experiencias compartidas. Algo que se desarrolla y crece con la interacción. Es entonces cuando los servicios son útiles, pero no antes. ¿Quieres crear una comunidad? Vuelve al off-line o encuentra una causa puntual tan potente que tras hacer una campaña virtual sus protagonistas se sientan emocional e intelectualmente tan ligados entre si como para querer seguir haciendo cosas juntos todos los días.
En La Residencia, un clásico de terror firmado por Narciso Ibañez Serrador en 1969, un asesino en serie descuartiza a sus víctimas buscando construir, con lo mejor de cada una, a la mujer que añora. Piensa que una vez estén juntas todas las piezas, el sanguinoliento rompecabezas tomará vida por si mismo. Hoy la película podría entenderse como una metáfora de muchas iniciativas corporativas.
Igual que el asesino de Ibañez Serrador, ya no estamos ante una máquina social, sino ante un ser vivo social. Un grupo de personas conforma una red cuando hay flujos entre ellas. Si los flujos no existen, no hay red.
Introducir la vida, la espontaneidad de la vida, en una máquina no es ni mucho menos evidente, no basta con juntar gente, no es suficiente con dotarse de herramientas tecnológicas. Para poder crear vida social, para alumbrar una comunidad, hace falta una ingeniería más compleja. Un bioquímico, no un forense.
Por eso, aunque pueda ser catártico enfurruñarse y decir barbaridades para que las coreen los hooligans, no resulta lógico ni inteligente rechazar la innovación, en especial la innovación organizativa, sólo porque en nuestros intentos la hayamos hecho mal una y otra vez y no aportara nada salvo pérdidas. La innovación no va de grandes marcas y mensajes vacíos. Va de saber replantearse la organización en su contexto histórico, escucharla y respetarla como a un ser vivo… Para innovar no hay que temer a la transparencia, hay que saber desarrollarse en ella.
Este es el mensaje de una nueva generación de pequeñas consultoras que aparecen como setas por el mundo. Un ejemplo que ha tenido cierto eco en la red ha sido el de Worldblu, una empresa norteamericana dedicada a asesorar empresas sobre como incorporar a estas mecanismos y modos de democracia económica. Su mera existencia es significativa del nuevo tipo de demandas que las empresas comenzaron a hacer aún antes del estallido de la crisis financiera de 2008.
El discurso de Worldblu es llamativo por cuanto afirma que democracia económica no es consenso para todo sino conversación. En esta afirmación hay una intuición de la separación de planos entre comunidad (que es red distribuida, deliberativa, donde opera la lógica de la abundancia y por tanto vive en plurarquía) y la actividad económica colectiva donde existe irremediablemente escasez y para la que por tanto la democracia económica es una alternativa práctica, útil y enriquecedora a la toma de decisiones de arriba a abajo.
Esta separación entre el ámbito de la organización de la comunidad -plurarquía- y el de la gestión comunitaria de la escasez -democracia- aunque sea para decir que la segunda no es necesaria para que una empresa se llame democracia, no deja de reproducir la distinción de espacios en la que se basa la filé y que ya habíamos observado incluso entre los muridíes.
En realidad la búsqueda de la comunidad por las empresas transnacionales, el llamado neovenecianismo1 y la construcción de empresas por comunidades neovenecianistas, son dos movimientos sólo aparentemente convergentes
Ambos parten de la constatación de esa distinción de espacios y reglas sociales entre comunidad y empresa. Sin embargo mientras las empresas supeditan la comunidad a la cada vez más vacía generación de valor para el accionista, los neovenecianistas supeditan su tejido económico al espacio de mayor libertad personal: la vida comunitaria. Una exploración que exige replantearse y profundizar las categorías sobre las que se había entendido la interacción en las redes virtuales.
1. Véase “De las naciones a las redes“.
2. Crear títulos en inglés para tareas perfectamente nominables en español no deja de ser representativo de una mentalidad colonial que asume implicitamente lo internacional con anglófono, en completa sintonía con la llamada “secta del management” y el discurso de sus escuelas de negocios.
Viernes, 27 de Marzo de 2009
La historia neoveneciana es un proceso abierto. No hay mes en el que no ampliemos nuestros contextos, en que no aprendamos una nueva distinción, en que a partir de las necesidades prácticas no elaboremos un nuevo concepto.
El último avance ha venido de la discusión del Estatuto del aprendiz. Queriamos cumplir el mandato de nuestra Constitución:
Las empresas de la red deben establecer normas claras y públicas que hagan efectivo el derecho a ser miembro pleno de cada una de ellas y por tanto el acceso de las personas que en ellas trabajen al pleno disfrute de los derechos explicitados en esta constitución y en la constitución de cada una de ellas.
En realidad no es tan fácil como pudiera parecer. ¿Dónde se pone la frontera? ¿Debe ser aceptado como socio cualquier colaborador que quiera integrarse de manera permanente al trabajo? ¿Basta con hacer el itinerario de formación? ¿Es una mera cuestión de tiempo? La clave está en la distinción entre ser parte de una comunidad y ser parte de su demos.
A partir de que existe una identidad mutua reconocida es obvio que alguien es parte de la comunidad. Eso es lo que en e4 simbolizamos cuando, tras acabar su itinerario formativo, entregamos al aprendiz una moneda de cobre: compartir contextos y voluntad de trabajar juntos, compartir espacio y proyecto, reconocernos como parte de lo mismo, nos confiere identidad y por tanto confianza mutua. La moneda de cobre simboliza ese crédito que te otorga el conocimiento y los contextos compartidos y por lo mismo permite asistir y participar en las asambleas de gestión cotidiana del Grupo Cooperativo de los Exploradores Electrónicos, asambleas que llamamos asambleas de metal precisamente por ello.
Pero el demos es otra cosa. Comienza precisamente allá donde hace falta mucho más que identidad. Donde la fraternidad se convierte en igualdad real. El demos es el subconjunto de la comunidad donde opera el principio de indiferencia, es decir, aquellos de nosotros que nos reconocemos en un grado tal que nos hace indiferentes a la hora de elegir quién hace qué o qué responsabilidad ocupa. En el demos los cargos y las responsabilidades bien podrían repartirse al azar, al modo de la democracia clásica.
Eso es lo que simbolizamos con la moneda de plata y materializamos con la aceptación de alguien como socio del Grupo Cooperativo de los Exploradores Electrónicos.
Hacer la distinción entre miembros/partícipes de la comunidad y su demos, es decir, entre la mera identidad de la fraternidad y la igualdad democrática plena, nos ha permitido entender el empoderamiento de los aprendices como un proceso cuyo reverso es el empoderamiento de la comunidad misma. Algo por cierto, muy similar a los procesos de integración de los viejos estatutos gremiales medievales… un tema que merece ser estudiado con un poco más de atención.
Miércoles, 11 de Marzo de 2009
- Conocer es dotar de significados, generar sentido. Conocer es explicar un conjunto de hechos mediante un relato que cumple ciertas normas de coherencia interna y satisface ciertas condiciones epistemológicas.
- Los significados que atribuimos, el relato que hacemos a partir de una serie de hechos, no surge de la nada ni aparece como el resultado de aplicar una función determinada, los significados no se generan como si aplicáramos un operador matemático a un conjunto de datos. La información se significa desde y a partir de un contexto que es mucho más amplio y anterior al propio objeto informativo analizado.
- Los contextos son en si mismos conjuntos de significados concatenados, enlazados entre si. Son matrices estructuradas de relatos con capacidad para generar otros relatos que se sostienen unos a otros conformando su propia estructura de legitimación. Todo contexto crece parejo a su propia epistemología y en la práctica es en si mismo un contraste epistemológico.
- Los contextos son el resultado de un sistema complejo, el producto de una interacción sostenida en el tiempo. El conocimiento final al que se acceda desde un determinado contexto dependerá de la forma de interacción en la que se genera esa matriz interpretativa.
- Y si aceptamos que es una interacción la que explica cómo se genera el conocimiento, tenemos que dar un quién. Ese quién es la comunidad. El conocimiento sólo existe en comunidad. De hecho suele ser la comunidad la que pone adjetivos al conocimiento que son el reflejo de su propia identidad: comunidad científica, conocimiento científico; comunidad de fe, conocimiento teológico…
- Contextos dinámicos, con una gran capacidad adaptativa, nacen de comunidades de topología muy distribuida y con una alta interacción entre sus miembros. Los auges científicos y las explosiones de los grandes movimientos culturales atestiguan una y otra vez esta relación directa entre las topologías distribuidas de las comunidades y su capacidad para generar significados nuevos ante hechos cambiantes.
- Modificar la topología de la red que sustenta una comunidad haciendola más distribuida acelera la evolución de sus contextos y con estos, la velocidad a la que la comunidad es capaz de significar los cambios en el entorno. Distribuir la topología de relaciones de una comunidad es hacerla más innovadora.
Estas tesis serán las que defenderé este próximo viernes en Valencia en el Congreso del capítulo español de ISKO (Sociedad Internacional de Organización del Conocimiento).
Sábado, 21 de Febrero de 2009
Los relatos del conocer
Entendemos que conocemos algo cuando somos capaces de elaborar un relato, un cuento sobre él. Pero igual que no se cose sin tela ni hilo, no se puede relatar sin un contexto de relatos previos (historia) ni un contexto de reglas que hagan aceptable el relato para quién lo elaboramos. Este contexto de reglas es en si mismo un relato ontológico: un sobreentendido sobre cómo se origina la realidad relatada. Puede ser el conjunto de relaciones causa-efecto que se dan en una cosmogonía mítica, el de un sistema filosófico o el de un modelo económico.
Conocer es dotar de sentido, siguiendo las reglas preaceptadas, a esa sucesión o superposición de hechos que tratan de ser explicados.
¿Qué es conocimiento social?
Es decir, conocer es generar sentido, dotar de significado a un contexto previamente delimitado. Por eso el conocimiento sólo emerge en comunidad. Los contextos son siempre contextos comunitarios… lo importante es como quíen conocemos. Ni siquiera para qué conocemos, porque la finalidad surge de forma espontánea de la identidad, del patrón de contextos común a la comunidad, en función del momento.
¿Existe un conocimiento genérico, desubjetivado?
La Modernidad planteaba el conocimiento social como un conocer para, el conocimiento como acción instrumental. Pero esta elusión del sujeto no lo hacía desaparecer. Una y otra vez el estado, a través de fantasmagorías -las comunidades que nos daba a imaginar (la nación, la clase, la comunidad científica, etc.)- daba por hecha que toda identidad era una identidad suya. Una cara de Jano, una identidad del estado, sustituto, patrón y molde de toda posible comunidad humana.
Se trata en realidad de una verdadera profilaxis de toda alteridad. Profilaxis que inmediatamente deriva en la pretensión de que todo conocimiento que se desarrollado su seno sería universal… por desubjetivado.
Pero el estado no es la afirmación hegeliana de la universalidad, sino su negación, sustitución de la vida social real por la máquina social, de la comunidad real por la comunidad imaginada. No sólo no hay conocimiento desubjetivado, es que cualquier acercamiento a la universalidad sólo es posible desde una ontología que comience por clarificar el quíen: Quién conoce, junto a quién se conoce, o lo que es lo mismo, en qué contexto, desde que lenguaje, se elabora el relato -más o menos causal- que llamamos conocimiento de algo.
Identidad y crisis
La provisión pública de identidades, sea a través del mercado o directamente por el estado, es en las sociedades complejas, el verdadero centro del sistema inmunológico del status quo. Una vez provisto de una identidad ilusoria, la potencia del conocimiento generado será simplemente potencia reproductora de las fantasmagorías de las que partió.
Lo interesante de la situación actual es que asistimos a una verdadera leucemia del sistema. Sus propios relatos son los que se han vuelto tóxicos para sus fines. El conocimiento establecido, los contextos incuestionados hasta ahora, no le sirven ya para su reproducción, al contrario, alimentan su envenenamiento en círculo vicioso.
La alteridad, que en situaciones así pasaría de anómica a funcional, está tan definida en los marcos identitarios que colapsan que a penas puede llegar a elevarse como gesto escénico. El incendio del escenario se integra en el final wagneriano de la representación una y otra vez, función tras función y teatro tras teatro. Pero no plantea nada más allá porque desde los quienes de los que parte no puede generar ningún tipo de conocimiento útil fuera de la función. Menos aún una nueva obra. Recuerden: Francia, Grecia, Islandia y Guadalupe. Mucha walkiria para no salir del cuento.
Para tener un qué alternativo, antes hay que construir quienes alternativos.
Sábado, 22 de Noviembre de 2008
En episodios anteriores…
- El conocimiento se crea y genera en comunidad
- Comunidad implica red distribuida, interacción, relación en el mismo plano… y por tanto una cierta forma de fraternidad que se encuentra ya, aunque limitada en las comunidades virtuales conversacionales
- El modelo de comunidad de conocimiento estable en el tiempo es por eso más profundo: monasterio, Universidad, think tank o consultora tienen en común que desarrollan una conversación comunitaria en paralelo a la generación económica de su propia existencia. El Ora et labora de San Benito no sólo es reza y trabaja también y sobre todo, es trabaja, estudia, comparte… y celebra1
¿Qué es conocimiento realmente?
La cuestión es preguntarse qué existe en la comunidad real que no puede ser alcanzado individualmente. Qué tiene la interacción que no puede producirse en la participación dentro de un imaginario social y con una buena biblioteca con conexión a Internet.
La respuesta tiene mucho más que ver con el entender, con el comprender, que con el saber, incluso que con el saber práctico, ese que es capaz de intrumentalizar la información convirtiéndola en acción o propuesta. El conocimiento se produce en el vivir, un paso más allá de los ámbitos separados, alienados, del estudio o el trabajo entendidos como actividades contingentadas y distintas. Y se produce en el marco de una conversación real, de una interacción motivada por la exploración particular de cada uno en el mapa común de la producción colectiva.
San Benito encuentra a la princesa Nell
Es ahí donde se produce esta magia que hace tan difícil el cambio generacional en las empresas e incluso en los movimientos políticos. Los llegados a una sociedad, a una comunidad madura, podrán estudiar su Historia, pero nunca la vivirán por si misma, su asunción de valores será cultural, no experiencial. Este es el drama que sirve de motor al patriarca neovictoriano de La Era del Diamante.
Si recordamos la trama principal de la novela, el Manual ilustrado para señoritas es un libro interactivo cuyo objetivo es, como aparecía en la crítica del archivo de Nessus:
proveer a las nuevas generaciones de las herramientas críticas y la valentía (el camino entre la conformidad y la rebelión) que les evite perpetuar por mero mimetismo los esquemas aprendidos por las generaciones precedentes.
Lo importante del Manual Ilustrado es que, alimentado por una inteligencia artificial, interactúa de modo personal y distinto con cada niña que lo utiliza, contándole diferentes cuentos, sometiéndole a distintos problemas que relacionan su experiencia presente, sus necesidades de supervivencia, con los hitos y las leyendas de la vida de la comunidad en la que fue creado. El Manual Ilustrado es en realidad la representación como objeto de la lógica de un camino iniciático… al estilo del de la francmasonería, que le es tan querida a Neal Stephenson.
La importancia y el por qué de la ritualización
Sin ese revivir, sin esa reapropiación, puede haber transmisión de información o de saberes, pero no hay transmisión del conocimiento.
No se trata de que en comunidad descubramos una historia, un relato. Se trata de que ese relato sirva al descubrimiento de nuestras propias capacidades, que nos convierta en hacedores -y por tanto transformadores- de la propia historia comunitaria. La sociedad que crea la princesa Nell no será la misma ni se ordenará igual que la de los creadores del Manual, precisamente porque representará esos valores en un nuevo contexto y para una nueva generación. No se trataba de replicar, sino de revivir porque sólo de la experiencia personal -que no individual- surge el conocimiento. Algo que sabían tanto San Benito como Nell o el Mercer de PK Dick.
Una vez más lógica de la abundancia del conocimiento (caminos de propia elección para cada uno con generación de significado personal para cada uno) frente a generación artificial de escasez de la enseñanza como adiestramiento funcional.
¿Cómo hago un Manual como el de la princesa Nell para mi organización?
Por desgracia todavía no tenemos la inteligencia y el conocimiento para crear un objeto que sustituya y represente a la comunidad en una interacción directa como el Manual ilustrado para señoritas. Pero en el mundo latoc tenemos una larga tradición a la hora de ritualizar nuestra historia, de San Benito a nuestros días pasando incluso, un poco de refilón, por Ramsay y sus compañeros franceses.
Aún dando por hechos unos valores y comunes y más allá de lo que uno ha aprendido, hay una mirada, una forma particular de enfrentar las cosas que hace que la integración en una comunidad, nuestra capacidad de aportar al conocimiento que en ella se genera, funcione o no. Tiene que ver con cosas que uno ha sentido o descubierto en la interacción sin que nadie le orientara.
Nuestros ejemplos
Por ejemplo, uno puede leer a Juan Urrutia sobre la lógica de la abundancia, puede estudiar y hasta desarrollar modelos económicos o hacer críticas más o menos agudas. Pero hay un momento en el que realmente la descubre, en que hace propia esa lógica y su lectura de ella comienza a informar la mirada propia en los debates cotidianos sobre los objetivos y la organización del trabajo. Ese es el momento en el que nos fijamos en él y le invitamos a unirse a los indianos en el trabajo de alguno de nuestros nodos o en el desarrollo de su propio proyecto.
Ahí comienza la conversación y ese alguien aparece por nuestra oficina. Nadie le da trabajo. Y normalmente se siente extraño. Todos le dirán que el trabajo lo inventa él, que estudie, que se una a lo que esté haciendo otro, que navegue y lea por ahí. Por mucho que estudie la relación entre la diversidad y la abundancia, sentirá que no entiende nada. Pero de un modo espontáneo, a base de conversaciones, de interactuar, de tener ganas de aportar, realmente descubrirá que no necesita que nadie le diga lo que tiene que hacer, que nadie ordene su día. Que su agenda surgirá de su propia reflexión, de sus exploraciones y de la conversación en la mesa de trabajo, donde otros, en su propio camino, irán pidiendo una manita para poder ofrecer o responder a lo que los clientes y nuestros propios proyectos piden.
Aunque suena muy bonito es una fase durísima de la sionización, nada más difícil y menos transmisible que la consciencia del propio valor, de la propia capacidad creativa, nada más personal y difícil que ganar la seguridad de que nunca un aporte dejará de tener significado y ser útil al conjunto por ello. Cuando se produce, y es la fase realmente clave de la vida indiana, todo aparece de una forma distinta, nos convertimos en exploradores y de repente disfrutamos del trabajo, los compañeros nos recuerdan que paremos en el fin de semana que hay que guardar ciertos equilibrios. Porque una vez la persona comprende que la diversidad también iba por él, su productividad estalla. No hace falta ser especialmente bueno en nada, sólo hay que entender que podemos aprender de todo, no refugiarnos bajo el cobijo de la especialización del yo estudié esto o yo soy aquello y tener la seguridad íntima de que podemos jugar a todo sin que nadie nos mire mal mientras somos novatos en cada cosa.
Entonces es cuando, por lo general, tiene lugar la sionización propiamente dicha: determinadas cosas -desde la wikipedia a viejos tópicos políticos o localistas- empiezan a parecerte innecesarios, incluso mezquinos. Empiezas a escribir sobre ello, a publicar un blog… y a descubrir que no se trata de convencer a nadie, de propagar ninguna buena nueva, sino de disfrutar de la apertura mental y del conocimiento generado de forma que las cosas concretas que hagas a partir de ellas (desde una web al diseño de un curso, pasando por el diseño de una prenda) sirva a todos: clientes, compañeros, lectores de tu blog, gente en general…
¿Pero será siempre así?
Mucha gente nos pregunta hasta dónde podemos crecer con un modelo como este, tan pluriárquico, tan abierto y que es percibido como tan generoso. Nosotros nos lo hemos empezado a preguntar también.
El proceso en el que alguien se hace indiano es en realidad un fractal de nuestra propia historia, por eso funciona. Por eso, nuestros modestos rituales (nuestros días de fiesta, las pequeñas ceremonias de creación de empresas o asunción de cargos) tratan de simbolizar la dimensión colectiva de ese proceso.
Y la palabra clave ahí es símbolo. Porque los símbolos, como el Manual Ilustrado para señoritas, son objetivamente iguales para todos, pero generan significados distintos para cada uno.
Conclusiones
El paso de empresas a comunidades transnacionales, el neovenecianismo no es sólo una cuestión organizativa. Es ante todo una cuestión de valores. No se trata ya del clásico alineamiento de objetivos. Se trata de construir espacios sociales donde sean los valores de cada uno los que se desarrollen en comunidad y generen, juntos, un mapa de valores para la organización. No una línea, sino un mapa. No una regla, sino una diversidad de ellos. Valores que construirán sólo si interactúan desde la base, bien a tierra, de la construcción colectiva del bienestar material de cada uno. Un espacio así, común y diverso, sólo puede ser un espacio simbólico.
Bien estaría pues, construir símbolos conscientemente antes que logotipos. Esto no va ya de imagen corporativa, sino de entender la empresa como una construcción social cuyo objetivo y base es el desarrollo personal de los miembros de su comunidad. En estos días que San Benito encuentra a la princesa Nell, los Mad Men y sus empresas son aquello que nadie querría ser y atraerán a la gente con la que nadie querría trabajar.
1. Por eso, por el componente de gozo y celbración permanente de la vida monástica original, fue tan criticada en sus orígenes la regla de San Benito, por carecer de ascetismo… pero eso es otra historia y merece ser profundizada en otra ocasión.
Miércoles, 5 de Noviembre de 2008
Una empresa es una gran máquina social. No fueron diseñadas ni organizadas para adaptarse, sino para ejecutar eficazmente un programa. Un programa que nos convertía en banco o en consultora, en suministradora eléctrica u organizadora de sorteos.
En el límite el modelo de las franquicias: el conocimiento es externo, se licencia y cuanto queda a las personas es cumplir su papel tal cual es descrito en los manuales, instrucciones y protocolos enviados desde la central. Empresa-hardware, conocimiento-software, personas-energía.
Como en las buenas máquinas de la edad mecánica, los valores, la estética corporativa y los propios edificios reclamaban solidez. Su agilidad se medía en tiempos de proceso y su eficiencia en la capacidad para focalizar, para centrase y especializarse. Y así como era en el conjunto, era para cada uno de sus trabajadores.
El mundo de las empresas de la vieja era mecánica era un mundo ordenado, con ámbitos bien definidos para cada uno y para la empresa en si. Las empresas eran, recordémoslo, nacionales.
Y cuando se internacionalizaron intentaron mantener la lógica tradicional. Pero la lógica tradicional era aditiva. El beneficio directo de la expansión era hacer lo mismo en más sitios. Si había un factor de crecimiento del valor generado era el derivado de aportar mejores técnicas de gestión sobre una máquina más y beneficiarse de un contexto de crecimiento tal vez mayor.
Pero los auténticos beneficios no podían estar ahí. Sobre todo cuando, al consolidarse organizativamente, los niveles de excelencia se igualaban entre las distintas filiales. Los beneficios se intuían en el mestizaje, en el injerto de experiencias en contextos nuevos. Pero las máquinas no tienen economías de red de conocimiento
La reingeniería, la reorganización de procesos, que antes se vendía a las empresas como solución a las necesidades de adaptación, pasó a orientarse a la formación de comunidades de conocimiento interno, a la apropiación por la organización del conocimiento que vivía en sus propios rincones.
Pero cuando una tendencia se convierte eslogan, las palabras empiezan a nominar deseos y por lo general a maquillar más que describir. A partir de 2005 todo eran comunidades. Cualquiera con una base de datos, un listado de socios o una nómina de trabajadores decía tener una.
Empezamos a oir continuamente el reclamo mi comunidad no participa. Nadie parece darse cuente de que se trata de un oximoron. Si no hay interacción, simplemente es porque no hay comunidad.
En La Residencia, un clásico de terror firmado por Narciso Ibañez Serrador en 1969, un asesino en serie descuartiza a sus víctimas buscando construir, con lo mejor de cada una, a la mujer que añora. Piensa que una vez estén juntas todas las piezas, el sanguinoliento rompecabezas tomará vida por si mismo. Hoy la película podría entenderse como una metáfora de muchas iniciativas corporativas.
Igual que el asesino de Ibañez Serrador, ya no estamos ante una máquina social, sino ante un ser vivo social. Un grupo de personas conforma una red cuando hay flujos entre ellas. Si los flujos no existen, no hay red.
Introducir la vida, la espontaneidad de la vida, en una máquina no es ni mucho menos evidente, no basta con juntar gente, no es suficiente con dotarse de herramientas tecnológicas. Para poder crear vida social, para alumbrar una comunidad, hace falta una ingeniería más compleja. Un bioquímico, no un forense.
Por eso, aunque pueda ser catártico enfurruñarse y decir barbaridades para que las coreen los hooligans, no resulta lógico ni inteligente rechazar la innovación, en especial la innovación organizativa, sólo porque en nuestros intentos la hayamos hecho mal una y otra vez y no aportara nada salvo pérdidas. La innovación no va de grandes marcas y mensajes vacíos. Va de saber replantearse la organización en su contexto histórico, escucharla y respetarla como a un ser vivo… Para innovar no hay que temer a la transparencia, hay que saber desarrollarse en ella.
Domingo, 21 de Septiembre de 2008
El pasado día 12, en el College des Bernardins de París dio un discurso hermoso. El lugar no estaba elegido al azar. Como escribía Rafael Aguirre en el Correo:
Ratzinger empezó con una referencia, cuya relevancia actual supo poner de manifiesto: ¿Qué pretendían los monjes que construyeron aquel monasterio en el siglo XIII? «Quaerere Deum», buscar a Dios, y para ello colocaron en sitio preferente una biblioteca. Es decir, la búsqueda de Dios implicaba emplear a fondo las fuerzas de la razón, conocer toda la sabiduría disponible, escudriñar la Biblia dominando sus viejos idiomas, dialogar con toda clase de filosofía.
En palabras del Papa:
Le désir de Dieu comprend lamour des lettres, lamour de la parole, son exploration dans toutes ses dimensions. Puisque dans la parole biblique Dieu est en chemin vers nous et nous vers Lui, ils devaient apprendre à pénétrer le secret de la langue, à la comprendre dans sa structure et dans ses usages. Ainsi, en raison même de la recherche de Dieu, les sciences profanes, qui nous indiquent les chemins vers la langue, devenaient importantes. La bibliothèque faisait, à ce titre, partie intégrante du monastère tout comme lécole.
Pero lo importante no es la biblioteca, ni siquiera el móvil que llevó a construirla (la búsqueda de Dios), sino que a partir de la unión de palabra (ora), trabajo (et labora) y experiencia, emerge una aportación de sentido en la diversidad desde la que se forja una verdadera comunidad que es por un lado de los monjes, pero también de los saberes:
Nous pouvons exprimer tout cela dune manière plus simple : lÉcriture a besoin de linterprétation, et elle a besoin de la communauté où elle sest formée et où elle est vécue. En elle seulement, elle a son unité et, en elle, se révèle le sens qui unifie le tout. Dit sous une autre forme : il existe des dimensions du sens de la Parole et des paroles qui se découvrent uniquement dans la communion vécue de cette Parole qui crée lhistoire. À travers la perception croissante de la pluralité de ses sens, la Parole nest pas dévalorisée, mais elle apparaît, au contraire, dans toute sa grandeur et sa dignité.
En otras palabras: conocer es crear contextos, conjuntos de sentido, de significado, sobre conjuntos de palabras y conceptos. Pero entonces
conocer es algo cuyo sujeto es colectivo y concreto (una comunidad).
Generar conocimiento es hacer comunidad, es hacer red y por tanto se da en tiempo histórico, no absoluto.
En contrapartida, toda apuesta por una verdad social implica la identidad con una comunidad concreta. Y si es así -y con matices hasta aquí el Papa estaría de acuerdo- no hay en realidad conocimiento absoluto ni abstracto, el conocimiento es la interpretación de un contexto en un contexto. No hay verdad social o filosófica que no sea histórica ni limitada a un grupo humano concreto (una idea que, por cierto, se dibuja en los textos de algunos teólogos otrora cercanos al Papa como Hans Khun).
Si le damos una vuelta, lejos de unificar el sentido, el desarrollo del conocimiento no es sino el descubrimiento de su diversidad irreductible y creciente: cuanto más conocemos mayor es nuestro (re)conocimiento de otros principios ordenadores, de otras identidades distintas a la nuestra. Por eso, conocer no es sólo construir un contexto, un camino propio (y por tanto una comunidad con su identidad), conocer más es también reconocerse cada vez más en la legitimidad del otro para idenficarse desde su diferencia1.
Y entonces, ¿este Papa es postmoderno? ¿Politeista? No. Por supuesto que para el Papa, no hay tal diversidad última, sino pluralidad dentro de una única Creación
y por tanto hay una fuente última (y cognoscible) de legitimidad y verdadero conocimiento. Si dijera lo contrario no sería católico, ni cristiano.
Volviendo a la parábola favorita de los Exploradores Electrónicos, el Papa cree que hay una variedad de salsas de spaghetti que representan distintos estadios, distintas manifestaciones de la búsqueda de la salsa perfecta y una receta platónica que aunque no podamos todavía tener, puede llegar a ser conocida mediante la razón en el contexto (y la comunidad) de la fe. Salsa que representaría no una, sino la salsa de spaghetti perfecta, aquello a lo que todos, en realidad nos referimos o desearíamos o intuimos cuando escuchamos su nombre. Esa es la diferencia entre diversidad y pluraridad. Se es plural en Uno, en cambio la diversidad existe porque hay muchos unos, muchos principios de verdad que no son reducibles a uno único sino que tienen existencia en si mismos.
Pero en cualquier caso, es desde el reconocimiento de esa diversidad/pluralidad de los conocimientos (y por tanto de las identidades), que los que no somos católicos en un sentido religioso, aunque si cultural, podemos entender en toda su profundidad el llamado de este Papa a escuchar a Dios. Porque su escuchar, el sentido de su diálogo con lo divino, es abrirnos a la maravilla de una razón que no preexiste, sino que se construye.
Evidentemente postmodernos y politeistas, preferiremos antes que hablar de pluralidad, sustentarnos en la diversidad y la calificaremos de hecho, como irreductible. No veremos a Dios como límite último de ese saber, como origen y destino de esa Razón unificadora. Diremos E unus pluribum en vez de E pluribus unum.
Pero aunque como imagen invertida del espejo de la fe, nos reconoceremos en la capacidad para la maravilla y la profundidad del mensaje de este Papa. Y sabremos que ese diálogo con la existencia que postula, es compartido porque a todos nos pertenece, desde esa duda común que subyace al reconocimiento de la búsqueda, de la incompletitud, del amor más íntimo por lo humano que, como recordaba el Papa no puede ser otra cosa que amor por el trabajo y la palabra, camino de conocimiento y exploración, renuncia de toda imposición o conquista al tiempo que construcción identitaria, generación de sujeto, acción e identidad que nos hacen pasar del ser a la existencia, de lo abstracto a lo histórico.
Notas
1. Para evitar la eterna discusión sobre el relativismo y el eterno ejemplo de la ablación. Descubrir la legitimidad del otro para construir sus valores (en otras palabras, para conservar su comunidad u orden social) no significa ni aceptarlos para la propia, ni considerar que todos las jerarquías de valores y sus consecuencias son iguales. Reconocer que existen otras comunidades y que son legítimas, es decir, que tienen derecho a organizarse y regularse por si mismas, no quiere decir ser neutral frente a cualquier situación que se de en un contexto diferente al propio. La defensa de la diversidad no es cosa de beatos, es la aceptación, entre otras cosas de que siempre existirá conflicto.
Lunes, 23 de Junio de 2008
- No hay que construir organización, no es necesario -ni positivo- fijar estructuras para alentar el debate social o hacer ciberactivismo en una red distribuida. Es justo el modelo contrario al del activismo de los siglos XIX y XX, la organización preexiste y es la propia red social en el sentido amplio, red que es, además, una red distribuida.
- Cuando la comunidad emerge, no existe para ningún fin distinto del de la propia interacción de sus miembros. No tiene sentido por ejemplo hablar de lo que debería hacer u ofrecer la Escola de redes. Como dice nuestro amigo Augusto de Franco, la escuela es la red: no hay una institución que ofrezca o haga nada, no hay un sujeto colectivo, aunque se comparta una identidad, el proceso de aprendizaje emerge de la propia interacción, no de la participación en proyectos lanzados de arriba a abajo. Así que si queremos aprender o investigar sobre, pongo por caso, bibliotecas en red, lo mejor que podemos hacer es documentar por nuestra cuenta y abrir un debate en la red sobre ello.
- Las algaradas francesas del 2005 nos enseñaron que una red distribuida puede crecer extendiendo el conocimiento que ya ha alcanzado, sin tener que repetir una y otra vez su debate interno y el proceso de aprendizaje original. Para ello tan sólo es necesario que el crecimiento no sea una mera interconexión entre nodos sueltos o representantes de subredes por muy distribuidas que sean cada una de estas. Si la red crece de forma distruida, no conectando líderes, sino un número amplio de nodos entre si, las experiencias de cada red pasan a formar parte del conjunto de experiencias de cada una de ellas
- En ningún caso este conocimiento es único, tiene una única posición. La plurarquía que mueve la capacidad adaptativa, innovadora, de las redes, se basa en la diversidad. Esa diversidad, esa divergencia de pareceres, es fundamental para la sostenibilidad de la red. ¿Por qué? Porque cuantas más alternativas sean exploradas más aumentarán las probabilidades de supervivencia ante cambios en el medio
- Las redes que no celebran, no merecen tener nada que celebrar. La celebración, la fiesta, lo lúdico y lo lírico es fundamental para la generación de confianza
y la confianza es el capital de las redes sociales, la base del capital social de una red.
Nota importante: todo lo que hace al trabajo en una red conversacional no necesariamente hace a una red de trabajo igualmente pluriárquica pero que define una comunidad de trabajo o de ciberactivistas.
Viernes, 30 de Mayo de 2008
Me ha llamado mucho la atención cómo, el post sobre comunidades del otro día, ha destapado rechazos espontáneos al concepto mismo de identidad. Primero fue Manolo Pancorbo en comentarios:
Y volvemos a lo de la identidad. El hecho de que esa identidad no sea necesariamente nacional no suaviza el rechazo visceral que me produce.
Luego Aulo en el blog Entelequia quien comentaba:
Sin embargo, no sé si estoy de acuerdo en que sea necesario, crear una identidad para hacer una comunidad, supongo que según tengamos uno u otro concepto de identidad y de sujeto, supongo que no tendrán igual concepción de identidad determinados tipos de nacionalismo que un anarquismo o que el propio de Ugarte;
Por qué no hay comunidad sin identidad
Una comunidad es, ante todo, un demos, una identidad. Cada miembro sabe quién es parte y quién no. Sé quienes son mis amigos del pueblo y cada uno de mis amigos sabe quienes son sus amigos del pueblo. Por supuesto las listas no serán absolutamente idénticas. Pero serán equivalentes a efectos prácticos: si uno se ofrece a organizar una cena, sabemos con relativa certeza a quién nos vamos a encontrar cuando crucemos la puerta del restaurante. Y sobre todo sabemos que seremos tratados como un igual en identidad: si yo les considero mis amigos del pueblo, los que me encuentre me considerarán un amigo (igual) entre los demás.
¿Qué es identidad? No es una definición macro tipo es amigo del pueblo todo aquel que
. Esas son las identidades genéricas imaginarias (tipo ser español, ser argentino o ser católico). Son identidades que convienen a la gestión estatal y que en general derivan de ella. Identidades imaginarias que no se parecen en nada a las identidades de una comunidad real.
Identidad es la expectativa cierta de que aquello por lo que reconozco a los miembros de una red me reconocerá a mi frente a ellos. Si yo defino la red como mis amigos, puedo esperar que sus participantes me llamen amigo. Si defino la red como los compañeros entre los que escribimos el libro X, sé que ellos me reconocerán como autor. Si defino la comunidad como la red de las Indias, sus miembros me considerarán indiano.
Identidad, comunidad y sujeto
Siguiendo con lo que planteaba Aulo en el comentario de arriba deberíamos preguntarnos si una identidad/comunidad es un sujeto. Mi respuesta es que no.
Como decía en el post anterior, lo que define a la comunidad es la interacción. Una red, una comunidad, no existe para algo. No tiene un destino. Existe tan sólo para si, para su propia interacción. No hay un sujeto, hay muchos. Y eso es así aunque la red pueda ser reconocida desde fuera e incluso aunque los miembros de una red se den objetivos comunes más o menos permanentes.
Las personas somos complejas, vivimos en conversaciones donde las respuestas e intereses de otros influyen en nuestras propias elecciones. No somos individuos, no estamos aislados. Tenemos entornos, participamos de comunidades y por tanto tenemos múltiples identidades: somos parte de una familia, de distintas comunidades de amigos, de redes virtuales temáticas, de
El sujeto, el que hace las cosas, el que se dota de objetivos, es la persona. Las personas interactúan en comunidades y en esa interacción generan sentido, dan significado a sus identidades compartidas. Y si este significado es compartido por los miembros de una comunidad puede llegar a hacer aparecer a esa red, a esa comunidad como sujeto frente a los otros. Pero aunque para muchos de vosotros pueda parecer que las Indias hizo una máquina de fabbing, yo, que estoy dentro de esa comunidad, sé que la máquina la hizo Alex, que le ayudaron Maki y Mercedes y que la idea misma de investigar el fabbing surgió de una serie de conversaciones a partir de libros que sugerí yo, encargó María, compró Nat y empezamos a discutir con Arnau.
Identidades reales vs sujetos imaginarios
Como en los ejemplos de arriba, las identidades de una comunidad son identidades reales. Cada uno puede hacer una lista de nombres, apellidos o nicks, de la gente con la que comparte las identidades que enmarcan sus interacciones cotidianas. Puede describirlos uno a uno.
Puedo decir quienes son los miembros de mi familia, quienes son mis compañeros de trabajo, quienes son mis amigos y quienes están en mis comunidades virtuales. Y por lo general podré describirlos separadamente por mi experiencia de interacción con ellos.
Pero no puedo decir quienes forman el sexo masculino, quienes hablan español, quienes tienen una cultura mediterránea o quienes forman España. Esas identidades son imaginarias simplemente porque para definirme por ellas, tengo que imaginar un sujeto con el que no puedo hablar, con el que no puedo interactuar
un sujeto que no existe. En otras palabras: no existen como identidad real porque no hay una comunidad real que les de soporte.
No existen España, Argentina, Cataluña o Brasil como sujetos. Ni siquiera existe la Umah ni la Iglesia Universal (la Cristiandad). No existen la raza negra ni la etnia serbia como seres vivos. No existe swahili como sujeto ni sus hablantes forman, ni mucho menos, una comunidad. No existen las mujeres ni los varones como sujetos activos de nada. No existen los gays. No existen los madrileños ni ninguno de los colectivos anteriores más que como agregado estadístico.
No se les puede poner a ninguna de estos imaginarios un verbo después que suponga una sola gota de voluntad o deseo, sin hacer un ejercicio de disneyzación salvaje. Es símplemente estúpido decir frases como la lengua se muere, nuestra cultura sufre, las mujeres somos o los españoles pensamos. Sólo las personas mueren, sufren, disfrutan, piensan, son. Y si no existe una comunidad, una conversación real entre personas reales, toda descripción será una descripción desubjetivada, arbitraria y difusa como lo es cualquier estadística.
Alergia a la identidad e identidad humana genérica
Entiendo que Manolo o Aulo tengan alergia a sujetos imaginarios e identidades macro. Tras ellos, con más o menos pudor, se esconde siempre la voluntad de una comunidad, esa sí, bien real, de construir maquinarias sociales de poder. Tras la nación, el estado nacional y tras éste los que lo dirigen o aspiran a dirigirlo (una comunidad real). Tras la comunidad de fé, la estructura de la clerecía y sus jerarcas (también una comunidad real). Tras la clase, el partido obrero y sus dirigentes (otra bien real), tras la identidad de género las aspirantes a funcionarias de la igualdad (más)
Todos esos imaginarios median entre nuestras identidades reales (que son múltiples) y la idea genérica de Humanidad o especie (otra que por cierto, tampoco es sujeto alguno). Usan la lógica de definición identitaria de las comunidades reales (quién es y quién no es), que es en realidad una lógica de diversidad definida por el con quienes hablo y quienes me consideran su igual, para, en un terreno donde previamente se ha definido una identidad como principal, excluir a otros, decirnos que no son en realidad, nuestros iguales
Las identidades reales, pequeñas, las que definen a las comunidades y de las cuales cada uno de nosotros tiene unas pocas, nos unen en realidad a los otros seres humanos, precisamente porque sólo tienen sentido en la diversidad y la mezcla, porque son particulares, pequeñas.
Defender las identidades reales como base de la socialización, rechazar los imaginarios, es lo único que en la práctica nos libera de la dialéctica amigo-enemigo, precisamente porque muestra el carácter irreductible de la diversidad humana, porque para ser yo, tengo que ser y compartir con muchos.
Lunes, 26 de Mayo de 2008
¿Creamos una plataforma y hay poca participación? Antes dejemos claras unas cosas básicas que el dospuntocerismo siempre olvida:
- El conjunto de usuarios de un servicio no forma una comunidad. Para que un grupo de personas formen una comunidad tiene que existir una identidad común, una definición clara de quien forma el demos y un conocimiento mutuo entre ellos (tienen que formar una red distribuida). Luego la comunidad podrá crecer, pero lo que es claro es que las comunidades humanas no se forman alrededor de servicios y aún menos alrededor de webs.
- Las comunidades usan los servicios, no se definen por ellos. Del mismo modo que no hay una comunidad de usuarios de la seguridad social o del transporte público, no hay una comunidad de usuarios de feevy, flickr, blogger ni de nada que podamos crear, siquiera sea pensando en un perfil muy determinado.
- Participar no es lo mismo que interactuar. La interactividad entre sus miembros puede ser una medida de la potencia de una comunidad o de lo adecuado de un servicio para una red concreta, pero no tiene nada que ver con participar. Se interactúa con los otros, se participa de las ofertas del anfitrión. Interactuar tiene lógica distribuida, participar tiene lógica centralizada. Al interactuar somos dueños, al participar somos seguidores. La cultura de la participación no tiene nada que ver con el modo de vida de la interacción. La obsesión por las votaciones no sólo puede suponer generación artificial de escasez, lo que queda lejos de la lógica comunitaria.
- Votar sirve para resolver conflictos
y para nada más. Los mecanismos de votación son la esencia de lo participativo: participas de lo de otros, no lo haces tuyo, no interactúas con otros, no se genera una experiencia vital común que fortalezca los lazos con otros. Si votar es nuestra forma de relacionarnos con los otros, esos otros nunca tendrán cara y nombre propio para nosotros. Votar aliena de la relación humana interpersonal: no genera ni fortalece a la comunidad, al contrario, la representa frente a la persona como algo abstracto y ajeno.No olvidemos que en una comunidad lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.
- Las plataformas triunfan o fracasan en relación a una comunidad, no en abstracto. Si tengo una comunidad como Exploradores, una pequeña red de iguales que se conocen e interactúan todos los días, discutiendo, cambiando mensajes y enlaces entre si y abro un servicio como marcaprensa para facilitarles lo que ya hacen, lo más probable es que triunfe. ¿Pero qué quiere decir triunfo en este contexto? Simplemente que les sea útil para interactuar entre ellos. La expectativa no es tener muchos usuarios, encuadrar gente, crear cercos poniendo un sello de ganadería
el objetivo es servir al desarrollo de una interacción que ya existía previamente. Si nuestro sitio de enlaces de repente gana muchos usuarios nuevos, gente que lo prueba y lo usa para si o para compartir con su red, pero no convence o no es usado por los miembros de Exploradores
el servicio habrá fracasado.
- La gente no existe. Las cosas no se hacen para la gente, no existe un demos que sea la gente. Si abrimos un espacio para la gente o invitamos a votar o decidir un tema a la gente estaremos en realidad invitando a cualquier grupo o red previamente organizada a presentar sus intereses o sus miradas como las del conjunto social, cuando no a reventar los límites de una comunidad realmente existente. Es la trampa habitual del la generación de escasez. No definir el demos es la forma más típica de presentar como comunitario y democrático lo que en realidad es todo lo contrario. ¿Ejemplos? Abrir a la gente en general las votaciones sobre el futuro Monopoly o sobre el representante a enviar a Eurovisión produce resultados paradójicos porque lo que estamos es precisamente reventando los límites del demos de los jugadores de monopoly o los fans de Eurovisión.
- Una comunidad no es un tema de interés. Ofrecer servicios o contenidos para un determinado perfil de intereses no genera una comunidad. Todo lo más atrae a una -o con suerte- varias comunidades ya existentes
aunque seguramente no las integre.
- Las comunidades no nacen artificialmente simplemente porque se nos ocurrió hacerles una plataforma. Si queremos crear una comunidad no nos pongamos a crear servicios porque no funcionará. Los servicios sirven a una comunidad, no la generan. Crear una comunidad es construir una identidad. Tiene que ver con valores y experiencias compartidas. Algo que se desarrolla y crece con la interacción. Es entonces cuando los servicios son útiles, pero no antes. ¿Quieres crear una comunidad? Vuelve al off-line o encuentra una causa puntual tan potente que tras hacer una campaña virtual sus protagonistas se sientan emocional e intelectualmente tan ligados entre si como para querer seguir haciendo cosas juntos todos los días.
Viernes, 23 de Mayo de 2008
A partir de una serie de posts de Carlos Boyle, que me invitó esta semana a trabajar el tema, he comenzado a estudiar la historia de los swarming.
Recordaba el impacto que en su día me causaron Las guerras campesinas en Alemania de Engels y Los comuneros de Joseph Pérez y volví a este.
La revolución comunera de 1520 -la primera revolución plenamente moderna en Europa- es la que inaugura también el uso de la palabra comunidad misma. Y aunque de hecho la comunidad castellana es una asamblea y su plural no representa otra cosa que la coordinación de das distintas asambleas urbanas, al español pasa a significar pura y simplemente revolución política. Quijote, aconsejando a Sancho sobre el gobierno de la ínsula barataria, dice:
Te han de quitar el gobierno tus vasallos o ha de haber entre ellos comunidades
Quevedo, la mayor gloria del reaccionarismo ibérico de todos los tiempos, usaba comunero como sinónimo de sedicioso y en la misma línea el primer Diccionario de autoridades de la RAE recogía esta acepción:
Comunidades: Levantamiento y sublevaciones de los pueblos contra su Señor
¿Pero de dónde venía esta asociación tan marcada? El debate sobre los comuneros, con sus interpretaciones ha estado marcado sucesivamente por los programas del absolutismo, el liberalismo decimonónico y el regeneracionismo. Teñido todo él de nacionalismo primero español y más recientemente castellanista. Pero los comuneros simplemente no podían tener un significado nacional o nacionalista. Su concepción del mundo es más entendible hoy desde la teoría de lo local que desde la lógica política de las naciones-queriendo-ser-estados.
Pero si la historiografía contemporánea (Azaña, Pérez, Maravall) se orienta hacia el significado global, constituyente y moderno, de las pretensiones de la Junta, creo que lo más interesante hoy, con la inflación del término comunidad que vivimos, es detenerse en la lógica de funcionamiento de lo que aquellos urbanitas revolucionarios llamaron comunidad.
La comunidad no es otra cosa que una asamblea, es entendida como una comunidad de iguales, donde todos son dignos de cualquier función con independencia de su origen (fueran cristianos nuevos o viejos) y posición social.
Lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.
Por eso, la elección de portavoces en las comunidades, como cuenta Carlos en las recientes movilizaciones argentinas, no es producto de una votación entre alternativas, sino de un consenso. En la Atenas de Pericles se resolvía con un sorteo e igual podría hacerse en cualquier asamblea (quintaesencia red distribuida) convocada desde un principio de identidad.
La elección de alternativas o representantes sólo es conflictiva -y por tanto hace falta votar- cuando
- se trata de una red no distribuida donde lo que se elige son nodos centralizadores que podrán cambiar la naturaleza de la red (es decir, no existe comunidad) o
- cuando la asamblea está escindida en identidades estables que tienen visiones coherentes y opuestas sobre los temas en discusión
En el primer caso el uso de la palabra comunidad es cuando menos aventurado, la imagen que nos viene a la cabeza sería la de los congresos a la búlgara: unanimidades forzadas por la potencia cohercitiva de la dependencia a una red clientelar. En el segundo caso uno se pregunta qué sentido tiene mantener una definición de demos en el que unos ven como peligro a los otros en vez de segregarse. En ambos, la respuesta general es que se está creando escasez artificialmente.
Así que, lo que define a las comunidades dignas de ese nombre no es la participación como ejercicio del voto, las comunidades no surgen para jugar a las votaciones. Las comunidades surgen porque hay una identidad común tan potente como marcar un demos, una frontera, una manera de vivir. Vivir juntos.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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