Estoy viendo The lost, terror de serie B para sesión de tarde dominical. Rodada en Barcelona y el Vendrell me recuerda a Vicky Cristina Barcelona: una Cataluña indistinguible de Asturias donde todo el mundo, del taxista al poeta, habla un inglés rico y suelto y vive en casas de suburbio americano. Eso si, con jardines elaborados, sensibilidad europea y sin que el vino ni el tabaco sean pecado.
Nada distinto de Irlanda en realidad: peculiaridad local -siempre tan pintoresca y entretenida- pero con el inglés como única lengua política, cultural y social. ¿No era la lengua universal acaso? Las otras lenguas se retratan como de exclusivo uso familiar, para la intimidad y la confidencia.
Las miradas del cine son programáticas. Expresan deseo tanto como realidad. Se rueda y se consigue la financiación para rodar en la expectativa de una aprobación que hace más a contar lo que uno quiere ser que lo que uno es realmente.
Europa, Cataluña, España… tiemblan de placer si el capital cultural norteamericano les devuelve una mirada. A poco que pueden le cuentan que son una gran Irlanda soleada. Sólo que Irlanda es en realidad una excolonia británica en la que siglos de English rule destrozaron patrimonio histórico, desarrollo económico y acerbo lingüístico. Y esta España de las pelis sólo desearía llegar a serlo.



