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Viernes, 30 de Mayo de 2008

Comunidad e identidad

Me ha llamado mucho la atención cómo, el post sobre comunidades del otro día, ha destapado rechazos espontáneos al concepto mismo de identidad. Primero fue Manolo Pancorbo en comentarios:

Y volvemos a lo de la “identidad”. El hecho de que esa identidad no sea necesariamente nacional no suaviza el rechazo visceral que me produce.

Luego Aulo en el blog Entelequia quien comentaba:

Sin embargo, no sé si estoy de acuerdo en que sea necesario, crear una identidad para hacer una comunidad, supongo que según tengamos uno u otro concepto de identidad y de sujeto, supongo que no tendrán igual concepción de identidad determinados tipos de nacionalismo que un anarquismo o que el propio de Ugarte;

Por qué no hay comunidad sin identidad

Una comunidad es, ante todo, un demos, una identidad. Cada miembro sabe quién es parte y quién no. Sé quienes son mis amigos del pueblo y cada uno de mis amigos sabe quienes son sus amigos del pueblo. Por supuesto las listas no serán absolutamente idénticas. Pero serán equivalentes a efectos prácticos: si uno se ofrece a organizar una cena, sabemos con relativa certeza a quién nos vamos a encontrar cuando crucemos la puerta del restaurante. Y sobre todo sabemos que seremos tratados como un igual en identidad: si yo les considero mis amigos del pueblo, los que me encuentre me considerarán un amigo (igual) entre los demás.

¿Qué es identidad? No es una definición macro tipo “es amigo del pueblo todo aquel que…“. Esas son las identidades genéricas imaginarias (tipo “ser español”, “ser argentino” o ser “católico”). Son identidades que convienen a la gestión estatal y que en general derivan de ella. Identidades imaginarias que no se parecen en nada a las identidades de una comunidad real.

Identidad es la expectativa cierta de que aquello por lo que reconozco a los miembros de una red me reconocerá a mi frente a ellos. Si yo defino la red como “mis amigos”, puedo esperar que sus participantes me llamen amigo. Si defino la red como “los compañeros entre los que escribimos el libro X“, sé que ellos me reconocerán como autor. Si defino la comunidad como “la red de las Indias“, sus miembros me considerarán “indiano“.

Identidad, comunidad y sujeto

Siguiendo con lo que planteaba Aulo en el comentario de arriba deberíamos preguntarnos si una identidad/comunidad es un sujeto. Mi respuesta es que no.

Como decía en el post anterior, lo que define a la comunidad es la interacción. Una red, una comunidad, no existe para algo. No tiene un destino. Existe tan sólo para si, para su propia interacción. No hay un sujeto, hay muchos. Y eso es así aunque la red pueda ser reconocida desde fuera e incluso aunque los miembros de una red se den objetivos comunes más o menos permanentes.

Las personas somos complejas, vivimos en conversaciones donde las respuestas e intereses de otros influyen en nuestras propias elecciones. No somos individuos, no estamos aislados. Tenemos entornos, participamos de comunidades y por tanto tenemos múltiples identidades: somos parte de una familia, de distintas comunidades de amigos, de redes virtuales temáticas, de…

El sujeto, el que hace las cosas, el que se dota de objetivos, es la persona. Las personas interactúan en comunidades y en esa interacción generan sentido, dan significado a sus identidades compartidas. Y si este significado es compartido por los miembros de una comunidad puede llegar a hacer aparecer a esa red, a esa comunidad como sujeto frente a los otros. Pero aunque para muchos de vosotros pueda parecer que “las Indias hizo una máquina de fabbing“, yo, que estoy dentro de esa comunidad, sé que la máquina la hizo Alex, que le ayudaron Maki y Mercedes y que la idea misma de investigar el fabbing surgió de una serie de conversaciones a partir de libros que sugerí yo, encargó María, compró Nat y empezamos a discutir con Arnau.

Identidades reales vs sujetos imaginarios

Como en los ejemplos de arriba, las identidades de una comunidad son identidades reales. Cada uno puede hacer una lista de nombres, apellidos o nicks, de la gente con la que comparte las identidades que enmarcan sus interacciones cotidianas. Puede describirlos uno a uno.

Puedo decir quienes son los miembros de mi familia, quienes son mis compañeros de trabajo, quienes son mis amigos y quienes están en mis comunidades virtuales. Y por lo general podré describirlos separadamente por mi experiencia de interacción con ellos.

Pero no puedo decir quienes forman el sexo masculino, quienes hablan español, quienes tienen una cultura mediterránea o quienes forman España. Esas identidades son imaginarias simplemente porque para definirme por ellas, tengo que imaginar un sujeto con el que no puedo hablar, con el que no puedo interactuar… un sujeto que no existe. En otras palabras: no existen como identidad real porque no hay una comunidad real que les de soporte.

No existen España, Argentina, Cataluña o Brasil como sujetos. Ni siquiera existe la Umah ni la Iglesia Universal (la Cristiandad). No existen la raza negra ni la etnia serbia como seres vivos. No existe swahili como sujeto ni sus hablantes forman, ni mucho menos, una comunidad. No existen las mujeres ni los varones como sujetos activos de nada. No existen los gays. No existen los madrileños ni ninguno de los colectivos anteriores más que como agregado estadístico.

No se les puede poner a ninguna de estos imaginarios un verbo después que suponga una sola gota de voluntad o deseo, sin hacer un ejercicio de disneyzación salvaje. Es símplemente estúpido decir frases como la lengua se muere, nuestra cultura sufre, las mujeres somos o los españoles pensamos. Sólo las personas mueren, sufren, disfrutan, piensan, son. Y si no existe una comunidad, una conversación real entre personas reales, toda descripción será una descripción desubjetivada, arbitraria y difusa como lo es cualquier estadística.

Alergia a la identidad e identidad humana genérica

Entiendo que Manolo o Aulo tengan alergia a sujetos imaginarios e identidades macro. Tras ellos, con más o menos pudor, se esconde siempre la voluntad de una comunidad, esa sí, bien real, de construir maquinarias sociales de poder. Tras la nación, el estado nacional y tras éste los que lo dirigen o aspiran a dirigirlo (una comunidad real). Tras la comunidad de fé, la estructura de la clerecía y sus jerarcas (también una comunidad real). Tras la clase, el partido obrero y sus dirigentes (otra bien real), tras la identidad de género las aspirantes a funcionarias de la igualdad (más)…

Todos esos imaginarios median entre nuestras identidades reales (que son múltiples) y la idea genérica de Humanidad o especie (otra que por cierto, tampoco es sujeto alguno). Usan la lógica de definición identitaria de las comunidades reales (quién es y quién no es), que es en realidad una lógica de diversidad definida por el con quienes hablo y quienes me consideran su igual, para, en un terreno donde previamente se ha definido una identidad como principal, excluir a otros, decirnos que no son en realidad, nuestros iguales…

Las identidades reales, pequeñas, las que definen a las comunidades y de las cuales cada uno de nosotros tiene unas pocas, nos unen en realidad a los otros seres humanos, precisamente porque sólo tienen sentido en la diversidad y la mezcla, porque son particulares, pequeñas.

Defender las identidades reales como base de la socialización, rechazar los imaginarios, es lo único que en la práctica nos libera de la dialéctica amigo-enemigo, precisamente porque muestra el carácter irreductible de la diversidad humana, porque para ser yo, tengo que ser y compartir con muchos.

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Miércoles, 28 de Mayo de 2008

La globalización según el anglomundo

El anglomundo y su autismo son increibles. Uno no sabe ya si enojarse o desesperarse. No es que lleguen tarde, mal y nunca a los debates relevantes de la red a base de ignorar lo que ocurre en el resto del mundo, como pasó con la Wikipedia ni siquiera que lleguen con diez años de retraso hasta a las reflexiones más tontas ¿sufre el idioma por los SMS? aparecía esta misma semana en The Economist).

Lo peor es cuando teorizan el autismo como fuente de beneficios económicos y políticos. El libro de moda en EEUU, ampliamente citado en el NYT por ejemplo, es Network Power de David Singh Grewal. Según Amazon:

David Singh Grewal’s remarkable and ambitious book draws on several centuries of political and social thought to show how globalization is best understood in terms of a power inherent in social relations, which he calls network power. Using this framework, he demonstrates how our standards of social coordination both gain in value the more they are used and undermine the viability of alternative forms of cooperation. A wide range of examples are discussed, from the spread of English and the gold standard to the success of Microsoft and the operation of the World Trade Organization, to illustrate how global standards arise and falter. The idea of network power supplies a coherent set of terms and concepts—applicable to individuals, businesses, and countries alike—through which we can describe the processes of globalization as both free and forced. The result is a sophisticated and novel account of how globalization, and politics, work.

Grewall, es J.D. en la Yale Law School, estudiante de doctorado en el Department of Government de Harvard, donde está asociado al Proyecto Justice, Welfare, and Economics

Lo curioso es que parece haber descubierto los efectos red, pero en vez de derivar de ellos una teoría de la abundancia, como hizo Juan Urrutia a finales de los 90, ha sacado una teoría que en realidad muestra -e invita a explotar- las posibilidades de “la red mayor” y centralizadora para imponerse al resto. Y es que ha teorizado como ejemplos positivos:

  • Cómo la lengua inglesa se está convirtiendo en beneficiaria de un efecto red precisamente por el autismo militante de su blogsfera y sus medios. Al no traducir ni hacerse eco de nada “exterior” al anglomundo pero haber partido en en la globalización de Internet siendo el idioma con mayor número de hablantes conectados, se presenta como un estándar frente a los minoritarios recien llegados (como el español o el portugués sin ir más lejos).
  • Cómo Microsoft supo aprovecharse de una situación ventajosa en el mercado para llevarla hasta un monopolio de hecho, forzando, a base de patentes, a la asunción de sus productos como un estándares. Todo ello, sin hacer lo que cualquier verdadero competidor por un estándar hace: abrir código y facilitar la interoperabilidad.
  • ¿Y tengo que hablar de como opera EEUU en la OMC, manteniéndose como único país con derecho de veto unilateral, obteniendo todavía rentas frente a la periferia de una posición ganada en Europa en los 40?

No me tome nadie por un antiamericano o anglófobo. Nada más lejos en alguien que como yo lee en inglés al menos durante 4 horas al día desde hace años y que puede citar a Jefferson y Franklin de memoria… Pero eso no me hace ciego frente a la evolución de la cultura del anglomundo y de sus discursos (estructuralmente idénticos a los del rankismo, por cierto).

No creo que debamos mantenernos ciegos ante el peligro cierto y grave de pagar rentas monopolistas o de posición en todos los campos y resignarse a la marginalidad.

La globalización hoy parece relatada por un afásico ególatra, lento y fanfarrón, que en medio del estrépito y la violencia, sólo es capaz de percibir sentido en su propia representación, mientras los demás actores, embobados, esperan pacientes a que el gran hombre -por lo demás, completamente ciego a su presencia- les de entrada a un diálogo que, en realidad, pertenecía a la escena anterior.

En esa globalización relatada por el anglomundo, nuestras reflexiones y debates -y por tanto nuestros intereses- son y serán excluidos. Porque si el anglomundo no intercomunica, sino que compartimenta para ganar posición e imponerse como estándar, que es lo que de hecho hace y Grewall modeliza, simplemente no podremos llegar a otras esferas lingüísticas y de mercado…

…a no ser que, de una vez dejemos de pretender que el anglomundo es nuestra conexión con la globalidad y el desarrollo y nos pongamos en serio a distribuir la red global, comunicándonos con otras esferas culturales directamente, creando enlaces comerciales que no pasen por la Europa anglificada ni por Estados Unidos, en una palabra… globalizándonos como exploradores para evitar ser globalizados como mero paisaje enmudecido.

¿Exagero? Vean este vídeo. Es breve. Y díganme si los media, la blogsfera o incluso la prensa seria del anglomundo están por la labor de interconectar o por el contrario la expectativa es que fortalezcan su papel como filtro asimétrico:

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Lunes, 26 de Mayo de 2008

Mi comunidad no participa

¿Creamos una plataforma y hay poca participación? Antes dejemos claras unas cosas básicas que el dospuntocerismo siempre olvida:

  1. El conjunto de usuarios de un servicio no forma una comunidad. Para que un grupo de personas formen una comunidad tiene que existir una identidad común, una definición clara de quien forma el demos y un conocimiento mutuo entre ellos (tienen que formar una red distribuida). Luego la comunidad podrá crecer, pero lo que es claro es que las comunidades humanas no se forman alrededor de servicios y aún menos alrededor de webs.
  2. Las comunidades usan los servicios, no se definen por ellos. Del mismo modo que no hay una comunidad de usuarios de la seguridad social o del transporte público, no hay una comunidad de usuarios de feevy, flickr, blogger ni de nada que podamos crear, siquiera sea pensando en un perfil muy determinado.
  3. Participar no es lo mismo que interactuar. La interactividad entre sus miembros puede ser una medida de la potencia de una comunidad o de lo adecuado de un servicio para una red concreta, pero no tiene nada que ver con participar. Se interactúa con los otros, se participa de las ofertas del anfitrión. Interactuar tiene lógica distribuida, participar tiene lógica centralizada. Al interactuar somos dueños, al participar somos seguidores. La cultura de la participación no tiene nada que ver con el modo de vida de la interacción. La obsesión por las votaciones no sólo puede suponer generación artificial de escasez, lo que queda lejos de la lógica comunitaria.
  4. Votar sirve para resolver conflictos… y para nada más. Los mecanismos de votación son la esencia de lo participativo: participas de lo de otros, no lo haces tuyo, no interactúas con otros, no se genera una experiencia vital común que fortalezca los lazos con otros. Si votar es nuestra forma de relacionarnos con los otros, esos otros nunca tendrán cara y nombre propio para nosotros. Votar aliena de la relación humana interpersonal: no genera ni fortalece a la comunidad, al contrario, la representa frente a la persona como algo abstracto y ajeno.No olvidemos que en una comunidad lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.
  5. Las plataformas triunfan o fracasan en relación a una comunidad, no en abstracto. Si tengo una comunidad como Exploradores, una pequeña red de iguales que se conocen e interactúan todos los días, discutiendo, cambiando mensajes y enlaces entre si y abro un servicio como marcaprensa para facilitarles lo que ya hacen, lo más probable es que triunfe. ¿Pero qué quiere decir triunfo en este contexto? Simplemente que les sea útil para interactuar entre ellos. La expectativa no es tener muchos usuarios, encuadrar gente, crear cercos poniendo un sello de ganadería… el objetivo es servir al desarrollo de una interacción que ya existía previamente. Si nuestro sitio de enlaces de repente gana muchos usuarios nuevos, gente que lo prueba y lo usa para si o para compartir con su red, pero no convence o no es usado por los miembros de Exploradores… el servicio habrá fracasado.
  6. La gente no existe. Las cosas no se hacen para la gente, no existe un demos que sea la gente. Si abrimos un espacio para la gente o invitamos a votar o decidir un tema a la gente estaremos en realidad invitando a cualquier grupo o red previamente organizada a presentar sus intereses o sus miradas como las del conjunto social, cuando no a reventar los límites de una comunidad realmente existente. Es la trampa habitual del la generación de escasez. No definir el demos es la forma más típica de presentar como comunitario y democrático lo que en realidad es todo lo contrario. ¿Ejemplos? Abrir a la gente en general las votaciones sobre el futuro Monopoly o sobre el representante a enviar a Eurovisión produce resultados paradójicos porque lo que estamos es precisamente reventando los límites del demos de los jugadores de monopoly o los fans de Eurovisión.
  7. Una comunidad no es un tema de interés. Ofrecer servicios o contenidos para un determinado perfil de intereses no genera una comunidad. Todo lo más atrae a una -o con suerte- varias comunidades ya existentes… aunque seguramente no las integre.
  8. Las comunidades no nacen artificialmente simplemente porque se nos ocurrió hacerles una plataforma. Si queremos crear una comunidad no nos pongamos a crear servicios porque no funcionará. Los servicios sirven a una comunidad, no la generan. Crear una comunidad es construir una identidad. Tiene que ver con valores y experiencias compartidas. Algo que se desarrolla y crece con la interacción. Es entonces cuando los servicios son útiles, pero no antes. ¿Quieres crear una comunidad? Vuelve al off-line o encuentra una causa puntual tan potente que tras hacer una campaña virtual sus protagonistas se sientan emocional e intelectualmente tan ligados entre si como para querer seguir haciendo cosas juntos todos los días.
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Viernes, 23 de Mayo de 2008

Comunidad, igualdad y demos

A partir de una serie de posts de Carlos Boyle, que me invitó esta semana a trabajar el tema, he comenzado a estudiar la historia de los swarming.

Recordaba el impacto que en su día me causaron Las guerras campesinas en Alemania de Engels y Los comuneros de Joseph Pérez y volví a este.

La revolución comunera de 1520 -la primera revolución plenamente moderna en Europa- es la que inaugura también el uso de la palabra comunidad misma. Y aunque de hecho la comunidad castellana es una asamblea y su plural no representa otra cosa que la coordinación de das distintas asambleas urbanas, al español pasa a significar pura y simplemente revolución política. Quijote, aconsejando a Sancho sobre el gobierno de la ínsula barataria, dice:

Te han de quitar el gobierno tus vasallos o ha de haber entre ellos comunidades

Quevedo, la mayor gloria del reaccionarismo ibérico de todos los tiempos, usaba comunero como sinónimo de sedicioso y en la misma línea el primer Diccionario de autoridades de la RAE recogía esta acepción:

Comunidades: Levantamiento y sublevaciones de los pueblos contra su Señor

¿Pero de dónde venía esta asociación tan marcada? El debate sobre los comuneros, con sus interpretaciones ha estado marcado sucesivamente por los programas del absolutismo, el liberalismo decimonónico y el regeneracionismo. Teñido todo él de nacionalismo primero español y más recientemente castellanista. Pero los comuneros simplemente no podían tener un significado nacional o nacionalista. Su concepción del mundo es más entendible hoy desde la teoría de lo local que desde la lógica política de las naciones-queriendo-ser-estados.

Pero si la historiografía contemporánea (Azaña, Pérez, Maravall) se orienta hacia el significado global, constituyente y moderno, de las pretensiones de la Junta, creo que lo más interesante hoy, con la inflación del término comunidad que vivimos, es detenerse en la lógica de funcionamiento de lo que aquellos urbanitas revolucionarios llamaron comunidad.

La comunidad no es otra cosa que una asamblea, es entendida como una comunidad de iguales, donde todos son dignos de cualquier función con independencia de su origen (fueran cristianos nuevos o viejos) y posición social.

Lo esencial no es el mecanismo de resolución de conflictos (las eventuales votaciones), sino la definición del demos. No somos iguales porque participemos en la misma asamblea, sino que participamos de la misma asamblea porque nos reconocemos previamente como iguales.

Por eso, la elección de portavoces en las comunidades, como cuenta Carlos en las recientes movilizaciones argentinas, no es producto de una votación entre alternativas, sino de un consenso. En la Atenas de Pericles se resolvía con un sorteo e igual podría hacerse en cualquier asamblea (quintaesencia red distribuida) convocada desde un principio de identidad.

La elección de alternativas o representantes sólo es conflictiva -y por tanto hace falta votar- cuando

  • se trata de una red no distribuida donde lo que se elige son nodos centralizadores que podrán cambiar la naturaleza de la red (es decir, no existe comunidad) o
  • cuando la asamblea está escindida en identidades estables que tienen visiones coherentes y opuestas sobre los temas en discusión

En el primer caso el uso de la palabra comunidad es cuando menos aventurado, la imagen que nos viene a la cabeza sería la de los congresos a la búlgara: unanimidades forzadas por la potencia cohercitiva de la dependencia a una red clientelar. En el segundo caso uno se pregunta qué sentido tiene mantener una definición de demos en el que unos ven como peligro a los otros en vez de segregarse. En ambos, la respuesta general es que se está creando escasez artificialmente.

Así que, lo que define a las comunidades dignas de ese nombre no es la participación como ejercicio del voto, las comunidades no surgen para jugar a las votaciones. Las comunidades surgen porque hay una identidad común tan potente como marcar un demos, una frontera, una manera de vivir. Vivir juntos.

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Lunes, 19 de Mayo de 2008

La Gran Negra reescribe Europa

Otro tiempo, otro paísLeif GW Persson y Giancarlo de Cataldo conocen las tripas del estado. El lugar, no siempre oscuro, donde sus élites viven en regresión peremne hacia sus orígenes como banda. Factotum ministerial y juez, narran ahora la intrahistoria de los estados europeos de estos últimos 30 años.

La trilogía de Persson El declive del estado del bienestar y su sillar, Entre la promesa del verano y el frío del invierno, tiene mucho en común con Una novela criminal de Cataldo.

Una novela criminalEn ambos, paso a paso, descubrimos los itinerarios de incompetencia y criminalidad que conducen a la muerte de Palme por un lado y a la de Aldo Moro por otro. El ascenso del paraestado de los servicios y su concepción descarnada de la máquina social como mero territorio, como espacio de conflicto y alianza entre bandas sostenidas sobre redes clientelares, estructuralmente idénticas más allá de su representación pública como agentes políticos.

Toca releer los años 70 y 80, no sólo incorporando la perspectiva de los servicios y el amigo americano, sino sobre todo la lógica de descomposición, la pulsión suicida de unos estados clientelares incapaces de sostener un cuerpo político definido desde lo nacional y articulado democráticamente.

Toca -y es lo que está haciendo la gran novela negra europea en estos días- hacer una relectura radical de cuanto conduce a la refundación de los estados europeos tras la caída del muro. Dramática y sobrerepresentada en el caso italiano, sutil y vestida con aires de reforma catárquica en los demás.

Hasta nunca, mi amorPorque al final, el viento del Este llegó a Europa Occidental en los 90 no como un vendaval democrático, sino como la brisa de un nuevo pacto social, de una nueva lógica de bloques de poder.

Con aires camusianos, brutal y seco, Massimo Carlotto podría ser el epílogo de Cataldo, la continuación meridional del Otro tiempo, otra vida de Persson, el puente hacia la Europa berlusconiana, autoritaria e cinicamente neopuritana que vivimos.

Esos estados de brindis sobre socavones, xenofobia y grandes negocios audiovisuales. Pero no contada desde arriba, desde el relato del poder, sino desde abajo, desde esa promiscuidad de baretos cool, de tascas redecoradas a lo Kubrick con muchas pretensiones y vinos a 4 euros. La Europa descarnadamente utilitarista, post-democrática y definitivamente neomafiosa, de un poder privado y no demasiado amable que sonríe cínico, confortable y sobrado frente a los últimos creyentes en la democratización, siempre pendiente, de un sueño europeo que cada día parece más una pesadilla sin sobresaltos.

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Domingo, 11 de Mayo de 2008

Libertad para separarse

A raiz de un comentario de Carlos Boyle y de un documental de Curtis que recomendaba, pasé este fin de semana repasando a Isaiah Berlin.

Curtis hace una crítica de Dos conceptos de libertad que llega justito justito hasta las puertas de la crítica a la concepción protestante del individuo… pero se queda ahí sin entender demasiado y tras haber liado demasiadas cosas.

Según Curtis la libertad negativa -es decir, la que se vive cuando no te es impuesta coherción ilegal- es la vivida por los individios en el mercado… pero en realidad no basta para organizar la idea de una sociedad democrática o inclusiva, puesto que los individuos, en política no actúan sólo como tales, sino movidos por una cierta idea positiva de libertad, por un objetivo social, un deseo de cambio que daría sentido a la sociedad y fundamento a lo político. Si a la democracia se le trata de despojar de esto, concluye Curtis, el resultado sería el caos iraquí, afgano o el autoritarismo ruso.

Sinceramente creo que el surgimiento de los paraestados y las sociedades de bandas se explica mejor desde la teoría de las sombras del estado que sobre las categorías de Berlin… pero en cualquier caso y volviendo al espíritu del post que abría el debate creo que tanto Curtis como Carlos caen en la trampa protestante: admitir al individuo como sujeto de esas categorías.

En realidad tanto en el mercado como en el espacio público el sujeto es la persona. Persona que a veces (normalmente frente a redes identitarias y casi siempre frente al estado) actúa como individuo, pero que otras (cuando lo identitario es relevante, ya sea en el ágora o en el mercado) actúa en tanto que miembro de una red o grupo.

Así, en general, podemos decir que ni los individuos ni los grupos son los sujetos de lo político, sino las personas actuando según una lógica individual o una lógica de pertenencia. La persona no es el individuo, porque en la persona también define y limita el comportamiento la red, las redes en las que se incluye y que define, redes que olvidamos cuando hablamos de individuo.

Al individualizar a la persona los conceptos berlinianos se hacen estrechos. La libertad negativa de Berlin (hoy remozada y vuelta al debate social a través de Petitt) no es en realidad y solamente un compromiso de que la persona no será obligada -ilegalmente- a realizar algo que no quiera.

Se trata de algo más profundo: la libertad de segregación. No se trata de que el estado o las redes no puedan fijar normas positivas que nos obliguen, por ejemplo, a pagar impuestos, cumplir cuotas, ir a la guerra o asistir a un mínimo de reuniones asociativas o ceremonias religiosas. Se trata de que en cualquier momento podamos hacer efectivo nuestro derecho a abandonar el espacio político cuyas normas no nos resultan aceptables. En pocas palabras, se trata de que seamos libres de borrar nuestra firma al pie del contrato social de tal o cual comunidad política (sea nuestra Iglesia, nuestro partido, nuestra red de amigos o el estado que nos considera sus ciudadanos).

Por eso las tiranías comienzan siempre poniendo impedimentos a la salida del territorio estatal, controlando pasaportes, impidiendo que la gente lleve a sus hijos consigo, saque su dinero del país cuando viaja o simplemente pueda volver, si cambia de país de residencia.

Por eso asociamos las sectas a la coherción y el chantaje de aquellos que quieren abandonarlas.

Por eso las políticas restrictivas de visados, controles aeroportuarios, etc. refuerzan no sólo las tendencias autoritarias en los países de origen de quienes las sufren en Barajas, sino también las tendencias disciplinarias y antidemocráticas en el cuerpo mismo del estado que las anima.

Por eso la idea de un único cuerpo político mundial, de unos Estados Unidos de la Tierra, es profundamente totalitaria, por democráticos que se pinten. Un mundo bajo una única ley, bajo un único gobierno, sin posibilidad de exilio, refugio o huida es un mundo terrorífico, una golosina para la arbitrariedad estatal que por definición se vería libre de crítica, oposición exterior o juicio independiente.

La primera libertad es la liberad de segregarse, de abandonar la comunidad política a la que llegamos por azares del nacimiento o por elección. Aún cuando no la ejerzamos, aún cuando sigamos perteneciendo a las mismas redes y pagando impuestos al mismo estado toda nuestra vida, esa será la libertad que realmente nos haga más libres, al ser la única garantía del resto de libertades que podamos defender.

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Viernes, 9 de Mayo de 2008

La libertad en tiempos del capitalismo autoritario

A finales de los 80 la relación entre libertad económica y libertades políticas parecía incuestionable. ¿Quién podía negar que en la perspectiva del Este europeo democracia, desarrollo y capitalismo iban de la mano?

La masacre de Tiananmen lejos de negar el marco general parecía confirmarlo, los aires reformistas y las demandas democráticas, se decía, emergían de la naciente prosperidad que se palpaba ya en los polos experimentales de libre mercado.

Fuera del mundo comunista, las transiciones taiwanesa y coreana parecían reafirmar la idea: las libertades económicas y el libre comercio eran la puerta al desarrollo y la matriz de fuertes movimientos de reforma democrática que a su vez generaban marcos institucionales favorecedores de más capitalismo y más desarrollo.

Democracia, desarrollo y capitalismo parecían tan inseparables como evidentes. Fukuyama lanzaba su libro El fin de la Historia.

Pero miremos hoy lo que quedó de los dragones. Singapur, la empresa-estado autoritario y no la Chequia de Havel, parece el nuevo faro del mundo en desarrollo. Un faro muy al gusto de los totalitarismos en reforma económica. Lee Kuan Yew, que fuera eterno primer ministro de la ciudad, comentaba a Time:

Asesoré a Deng Xiaoping cuando visitó Singapur en noviembre de 1978. Este hombre pequeño de tamaño, pero gigante como líder, me dijo que me felicitaba por haber hecho un buen trabajo, ya que desde la primera vez que vino a Singapur y aquella visita notó que ya no era el mismo lugar, encontrándola mucho mejor. Entonces le di las gracias y le dije: “Lo que aquí podemos hacer, usted puede hacerlo mejor. Somos los descendientes de los campesinos sin tierra del sur de China. En cambio usted tiene a los mandarines, los escritores, los intelectuales y a todo un grupo de gente brillante, por lo que puede hacerlo mejor”. Y él me miró, pero no dijo nada.

Años después, en noviembre de 1992, durante su viaje de las provincias meridionales, él señaló, “aprendan de Singapur” y “háganlo mejor que ellos.” Y me di cuenta que nunca olvidó lo que le dije en aquella ocasión.

Hoy Vietnam y China lideran las tasas de crecimiento mientras el mundo mima a una China que se prepara para albergar unos Juegos Olímpicos que cada día recuerdan más a los del 36.

El modelo ruso encaja en este mapa con naturalidad y se expande por el otrora segundo mundo como una plaga: pluralismo limitado, populismo plebiscitario, culto al liderazgo providencial, lenguage bélico, desarrollo autoritario y clientelar de un estado cada vez más autónomo…

Paralelamente en los países anteriormente conocidos como libres, la tendencia, alentada desde EEUU y la UE parece orientarse al establecimiento de sociedades de control alimentadas por el miedo a las consecuencias de la globalización, articuladas por un estado cada vez más disciplinario y reidentificadas sobre una cultura política del neopuritanismo.

¿Son de extrañar en este marco las reacciones segregacionistas? ¿Los intentos de crear marcos identitarios para una polis de nuevo tipo? Tal vez los caminos de la libertad sigan la senda que lleva de las naciones a las redes…

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 10:51 am | (0)

Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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