Jueves, 26 de Mayo de 2005
Sayidati me pone malo. Representa sobre todo esa voluntad de no ver, de negar la realidad tan propia y tan suicida de las élites arabófonas occidentalizantes. En las fotos de las ciudades no salen personas vayan a verse las chilabas y las gandoras (como en los documentales españoles sobre Ceuta y Melilla, por cierto). En la portada Rasan Majradi, la estrella de la MBC, teñida de rubio anaranjado, pintada y clareada como una puerta, los ojos artificialmente azulados
Algo más que un querríamos ser como Occidente, más bien un nos negamos a ver nuestra propia realidad que no nos gusta. Y como no la vemos, entre la gandora y el vestir occidental surge entre las universitarias un terreno intermedio de austeras casacas beige de tres cuartos que implicitamente postula represiones y dogmatismos viejos como alternativa moderna a la aculturación y la ceguera
Esperando para comer a mi maestro Juan Urrutia discutimos Nat y yo sobre cultura, relativismo y defensa cultural. En un momento se arman las ideas y apuro uno de los últimos rinconcitos de la Moleskine:
Cultura sería un conjunto de herramientas sociales e institucionales que ordenan los modos de relación social e institucional con el objetivo de maximizar la supervivencia del medio social para un entorno históricamente definido.
Dicho en otras palabras, cada cultura es una gran caja de herramientas sociales, de normas implícitas y explícitas de comportamiento que delimitan el modo en que las instituciones (familia, mercado, gobierno) y las personas se relacionan y ordenan entre si, de modo que garanticen la supervivencia colectiva.
¿Cómo se mide su éxito? Pues símplemente por la amplitud del abanico de opciones que permiten a los individuos que componen la comunidad. Si dado el medio, es decir, un conjunto de recursos no sólo económicos y tecnológicos sino también político y geográfico, una cultura ofrece más opciones (más libertad) a sus miembros que otra , estará favoreciendo más la diversidad y por tanto más cerca de un óptimo paretiano en la distribución de derechos que otra. La cultura que ofrece menos es simplemente derrochadora de oportunidades, ineficiente para sus miembros. Poco importa que estos no escogieran las opciones ofrecidas de más respecto a la otra: tienen menos oportunidades de desarrollo personal y colectivo (siquiera sean no desedas) porque su estructura de relaciones no les permite alcanzarlas.
¿Qué pasa cuando hay cambios tecnológicos? Pues que dados los recursos se amplia el marco de posibilidades. Normalmente este cambio no supone una crisis de las relaciones sociales de las que nace. Estas lo tratan como algo estupendo, como una demostración de su propia capacidad para la adaptación y el progreso. Pero de cuando en cuando los cambios tecnológicos no son sólamente de grado, no hacen referencia solamente a la productividad del sistema (que era lo que pensaban las starlets de las .com) sino que lo ponen en cuestión. Son tecnologías que generan nuevos paradigmas. [Ejemplo: Las bitácoras y la parabol y el nuevo paradigma comunicacional que viene]
Los que me conocen saben que siempre he sido un gran batallador frente a la aculturación que va pareja no a la globalización sino al carácter asimétrico de las nuevas hegemonías y lenguajes que surgen de ella. ¿Qué entiendo por aculturación? Pues ese complejo lamentable que lleva al deseo de fingir el medio. Ejemplo, en mi tierra la asunción de la piel clara y el pelo liso y rubio como patrón de belleza (ergo camomila a gogo), los niños pintando las casas con jardín verde y tejados con dos aguas cuando nuestras casas son blancas, de tejado plano y no crece la hierba ni patrás, sino la grama
ya sabéis.
Pero globalizarse no es aculturarse. Globalizarse es asumir culturalmente la modificación del marco histórico dada por los cambios tecnológicos en la comunicación y la ampliación del libre comercio para obtener una frontera de posibilidades más amplias. Aculturarse es posiblemente la forma más costosa de asumir globalización, la solución de esquina en la distribución de libertades. Además posiblemente contraproducente a medio plazo
los valores protestantes del Norte también arrastran constricciones innecesarias a la libertad individual y como dicen en mi tierra to se pega (como bien contaba María)
Pero si pensamos en una globalización con anticuerpos frente a la aculturación y según el marco anterior, la llamada defensa de las culturas no sería sino una renuncia al óptimo paretiano en la distribución de derechos y libertades. Pura reacción aunque se vista de buen rollito y defensa de la pluralidad
contra la que realmente atentaría puesto que es de suponer que al aumentar el rango de oportunidades de elección de las personas tendería por lo general a aumentar el rango de opciones elegidas.
Es decir, la defensa de la excepción cultural, de la diferencia nacional, de la integridad de las culturas
no sería sino una expresión del miedo a la pérdida del privilegio, de terror a la libertad de los demás. Ejemplo: los que defienden que el tratamiento de la mujer como ser inferior en determinados mundos religiosos y geográficos debe entenderse en su marco cultural
comprensión que en todo caso podría ser histórica, pero no presente porque hace mucho que están dados los medios para la igualdad de derechos civiles, es más, cuando hace mucho ya que descubrimos que el desarrollo de las oportunidades de la mujer es la clave del desarrollo socioeconómico colectivo y la ampliación de las fronteras de posibilidad de todos.
La cuestión es pues, como defiende Fátima Mernissi, globalizarse sin aculturarse. ¿Cómo se hace? Pues símplemente no negándose a ver. No vaciando las fotos de la gente real. No exacerbando la propia extranjeridad en el país de uno como si fuera un signo de distinción. Una respuesta hermosa puede verse en los cibercafés de cualquier país del Tercer Mundo. Y un consejo para lectores y sobre todo para lectoras morenitas y rizosas, aborreced de camomila y alisados, black is beautiful .
Domingo, 8 de Mayo de 2005
Celebramos el fin del segundo fin de semana del curso de análisis de redes en el Kaishii (Alegría). Es el cumpleaños de Cris y viene al café. Pienso que es imperdonable lo mío. Cris merecería un mundo, ¿por qué soy tan desastre que no enteré hasta ayer? Mañana habrá que celebrar de verdad, descansado y bien, con ideas nuevas tras el sueño. Con una mañana de sol para buscar un regalo alegre y luminoso como ella que tanta luz y calor me dió en los peores momentos de estos años.
De vuelta a la ofi voy pensando en un trozo de conversación que salió en la comida. María comentó que en Ikea usan linux. Yo bromeé que era coherente con que los usuarios andaran montándolo todo. “¿Te imaginas que regalaran una llave allen con las distros?“. Y la lucecita se encendió.
De repente recordé:
Estaba febril de agitación. Había arrancado su vida del programa por fin. Todo era diferente. Veía todo desde un angulo fresco y nuevo: con ojos de bricoleur. Su vida entera había estado esperando esta retroalimentación. El conocimiento no era el poder. Pero el don es real. Esa es la razón para programar, para crear, No por dinero, hay más dinero en recoger cartones. No por el poder, eso está en el management. Por el propio don. Pero es un todavía un buen trabajo. Un hombre no se convierte en un ludita por trabajar para las personas en vez de por abstracciones. Las tecnologías verdes requieren más inteligencia, más sensatez, más del verdadero don de un ingeniero.
Porque son una revuelta contra el momento ciego de un siglo muerto con todos sus monumentos oxidados de arrogancia y asco
Eso es
Linux, la devolución, ubuntu
son las llaves allen de una nueva forma bricoleur de ver el mundo, verde en el sentido que usa Sterling, esto es hacker o chapuzas como decía mi maestro Juan Urrutia. Se trata de entender que lo que se trata no es tanto de avanzar como de abrir mientras se avanza. De lo que se trata no es de atraer riqueza, inversiones, velocidad
Porque, como bien cuenta Juan explicando por qué no invertimos en Africa, jugar hoy las esperanzas del desarrollo en las capacidades espontáneas del capitalismo para generar riqueza es poco menos que ilusorio si limitamos el capitalismo a sus formas de propiedad pública y privada clásicas. Simplemente porque a lo mejor los incentivos no van en el sentido que querríamos y las viejas políticas y herramientas del estado nacional no pueden cambiarlos.
La alternativa verde que esboza Sterling, la chapuza que elogia Juan Urrutia no es otra cosa que reinventar y crear nuevas tecnologías con los desechos que nos legó el siglo muerto.
Lo decía hoy en clase Miguel Querol, un interesante alumno del curso de redes: los microcréditos, las radios de cuerda, el permanente reciclaje de conocimiento colectivo y abierto que es Linux
todo eso son las nuevas tecnologías que están revolucionando el mundo. Tecnologías como el software libre que llevan asociado un nuevo concepto de propiedad en el que la cooperación y la competencia no son antagónicas y en el que por tanto el avance económico y técnico no ponen en jaque la cohesión en y entre las sociedades sino que la fomentan. Tecnologías que nacen de la lógica del bricoleur y que hacen que las viejas dicotomías crecimiento/reparto que alimentaban la lógica política tengan cada vez menos realidad.
Pero la ética y la épica del bricoleur van mucho más allá. Hasta la vida cotidiana, al disfrute, el trabajo y los afectos. Vivimos en un tiempo de construir. Un tiempo que nos ha dado una llave allen a cada uno. Usémosla.
“Triunfo de lo pequeño“, ese es el I-ching del siglo.
Miércoles, 4 de Mayo de 2005
Era la primera vez que me prohibían una palabra. Era un sábado, creo, e íbamos a Tetuán a cenar a casa de unos amigos de mis padres. Recuerdo que era una cena -algo raro en casa- porque me quedé dormido en el coche de vuelta.
Yo nunca se la había oído a mis padres, pero supongo que ellos temían que fuera de curso común en el colegio. Recuerdo que me puse colorado, me dió vergüenza que mis padres, pensaran que yo podría ser de esos. Esos eran los de los agustinos, el cole dónde había ido a parbulario. Yo era de las anejas del instituto, el cole público de Ceuta, al lado de las Puertas del Campo. La diferencia creo que me marcó toda la vida y para bien.
En mi memoria los agustinos es un sitio oscuro y estrecho con figuras incomprensibles y torturadas. Llueve en la puerta. El instituto es grande, soleado y con fascinantes vitrinas de museo. Los de los agustinos, con su equipo de balonmano, sus curas, sus jerseys azules y su patio carcelario bien podrían llamar moro a mi amigo Mustafá. Mustafá y mis primos Susana y Oscar eran como yo: siempre salen comiendo en las fotos de los cumples. En fin, evidentemente, éramos los buenos. ¿Cómo iba a llamar moro a nadie?
Los romanos llamaban maurus a los habitantes del Sur del Mar del Alborán, más o menos la zona que hoy ocuparía norte del Magreb. Los bereberes de entonces eran una cultura que contaba con un alfabeto propio desde al menos el siglo V aec, que tenía en ciertas zonas una fuerte influencia fenicio-cartaginesa y que fue tanto romanizada como cristianizada después en una parte de su territorio original, el correspondiente a las provincias romanas.
Es de imaginar que el gaditano de la época visigoda no tuviera una idea muy clara sobre dónde empezaban los mauros. ¿Se aplicaría a los tangerinos o a los ceutíes con los que compartía lengua y religión?. Es posible que en todo caso limitara el término a aquellos que conservaban la lengua bereber (amazig y tamazig).
Tras la invasión árabe y la islamización casi simultánea tanto del Magreb como de la mayor parte de la Península Ibérica, el moro aparece como distinto y ajeno. Ya no señala una denominación geográfica, sino al musulmán. Y no es inocente. En el cambio de significado late toda la ideología de Reconquista según la cual el no cristiano sería en realidad extranjero, invasor, independientemente de su origen o nacimiento.
Y moro al fin coaguló como sinómimo de musulman. ¿No lo apredimos así casi todos los niños españoles al menos desde el siglo XV?
Tres morillas me enamoran en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Tres morillas tan lozanas
iban a coger manzanas
y hallábanlas tomadas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Díjeles: ¿Quién sois, señoras,
de mi vida robadoras?
Cristianas que éramos moras en Jaén:
Aisha y Fátima y Marién.
Y la canción no deja de tener, como toda la literatura popular, su cosa. Porque en ella aparece lo distinto, lo musulmán como fuente de atracción. Claro que al fin, se presentan como cristianas, que eran moras en Jaen
La sinonimia llegó a ser tan clara que cuando España fue asentando su dominio de Filipinas en el siglo XVI y los colonizadores se encontraron con una serie de grupos como los maranaos o los taosugs que habían sido islamizados, les llamaron Moros. Y hoy moro, en Mindanao, es el nombre común orgullosomente usado por todos los musulmanes originarios de la isla y muchas de sus organizaciones políticas.
Hasta aquí la historia casi puede reconstruirse siguiendo las definiciones del diccionario de la Real Academia Española, aunque tal vez habría que investigar como el término recuperó asociación con Africa con motivo de la campaña de invasión de Prim primero (de la que surgió el protectorado español en Marruecos) y la guerra de las cabilas después (algún día por cierto escribiré sobre Abdel Krim, el mayor genio militar a mi juicio con Sanmartín de la Historia española, más que nada por lo llamativo que es que nuestros genios militares lucharan siempre por la independencia ).
Volviendo a mi madre y a aquella escena de coche, creo recordar que me dijo algo así como, se dice, marroquí o musulmán
vale que yo tendría seis años, pero al fin la esquizofrenia del término sigue. Y su retintín despectivo también.
Hoy soy parte de un país distinto de aquel en el que me hablaba mi madre. Un país en el que viven y han nacido muchos que podrían ser bisnietos de aquellos moros que salen en las fotos de los años veinte que hacía mi tíoabuelo Bartolomé y con las que he ilustrado este post. Musulmanes españoles con familia marroquí o argelina que han ido en su mayoría a coles e institutos públicos españoles, que comparten las mismas identidades básicas que yo y la mayoría de la gente que conozco. Sus recuerdos, sus vivencias cotidianas, sus referencias, tienen tanto que ver con las de los que salen en estas fotos como los míos con los que pudo tener mi abuelo. Su mapa de referencias tanto que ver con el Marruecos del protectorado como el mío con la Castilla de El Quijote.
Vivo en un país, en un mundo, donde las referencias geográficas, religiosas y culturales se cruzan en cada vez más en cada uno de nosotros y cada vez menos en los puestos de aduanas. Identificarse o identificar a otro como moro debería dejar de sonar políticamente incorrecto para ser símplemente ridículo. ¿Quién es quién para dejar a nadie fuera de la casa común del bienestar y la libertad heredadas y construídas por todos? ¿Quién querría ser tan tonto de hacerlo? Porque a fin de cuentas, en nuestro mundo, y a diferencia del caballero trienamorado del romance, yo no quiero ni necesito que mi mora deje de serlo para enamorarme de ella. Y éso es lo que realmente merece la pena de este tiempo y, mientras eso dure, de este lugar.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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